ARTÍCULO

Un esfuerzo más...para desmontar el catafalco

Alianza Editorial, Madrid, 1997 Azaña. «ABC»-1933. Premio Nadal Destino, Barcelona, 1997
 

A uno que le hizo un comentario sobre su política, Azaña le contestó, con esa soberbia que tantos éxitos le había proporcionado en las tertulias madrileñas: «Soy de izquierdas, y todo lo de derechas me repugna».

La frase, que es una de las muchas boutades de este moralista obsesionado con su imagen, ha pesado desde entonces como una losa sobre el destino de su obra. No se trata de negarle la adscripción izquierdista. El voluntarismo reformista, la querencia por los socialistas, el republicanismo ideológico y no sólo formal, el proyecto de fundar de cero la nación española e incluso el designio fabuloso de hacer de sí mismo el ejemplo de ese nuevo individuo español, en ruptura con el liberalismo templado de sus mayores..., todo eso son opciones de izquierdas.

La izquierda no se mostró tan generosa. Los socialistas desconfiaron siempre de aquel intelectual burgués que, más que uno de esos liberales institucionistas, siempre dispuestos a echarse en brazos de los llamados trabajadores, parecía un conservador con ambiciones de hombre fuerte. Los republicanos en el exilio soportaron mal la dura crítica de La velada en Benicarló y las Memorias, que condenaron a su autor a quedarse aislado en terreno de nadie.

La izquierda tenía con Azaña una deuda que empezó a saldar en torno a 1980. Se recordará una memorable función dirigida por José Luis Gómez. Siguieron otros muchos trabajos que Enrique de Rivas, fino prologuista de este volumen, prefiere ignorar. Será porque, partiendo de posiciones próximas a las del propio Azaña, muchos de quienes participamos en ellos hemos acabado en otras muy distintas, impulsados por la propia lectura de don Manuel.

Este volumen colectivo parece situarse, al menos en la intención, allí donde algunos estábamos hace más de diez años. Dibuja un Azaña racional, bastante equilibrado y bienpensante, como el que nos ofrecen los textos de las tres recopiladoras. Santos Juliá, por su parte, sigue elaborando su Azaña olímpico y clarividente. (¿Para cuándo la segunda parte de su estudio de la vida política de don Manuel?) Por debajo de este Azaña un poco flojo corre otro, más atormentado, más inquietante y, por supuesto, bastante más ajustado a la realidad. Es el que aparece en la revisión crítica de su sueño iberista, tan propio de cierto progresismo español, a cargo de Hipólito de la Torre, o el que apunta M.ª Gloria Núñez en su jugoso ensayo, un poco ingenuo, sobre Azaña y las mujeres, o el que se deduce del ensayo de Alfonso Botti sobre su política religiosa: un hombre con tendencias jacobinas, más próximo a los años liberales de fin de siglo que a esa política de masas sobre la que quiso esculpir su retrato. Algunas aportaciones renuevan críticas muy antiguas, como la excelente de Juan Avilés Farré sobre el fracaso del radicalismo azañista en el bienio reformista. Andrés de Blas, por su parte, describe la trayectoria que va de aquel Azaña en el gobierno, tan crítico con la tradición histórica de la nación española, hasta la rectificación posterior. Recuérdese que el «amigo de Cataluña» acabó diciendo que «lo mejor de los políticos catalanes es no tratarlos».

Entre tanta aportación interesante, hay una inadmisible, la de Alberto Reig Tapia, salida de la más rancia caverna estalinista, y que se suma tardíamente a la crítica que suscitó La última salida de Manuel Azaña, el gran libro de Federico Jiménez Losantos. La virulencia de este ataque le hace poco digno de figurar en volumen tan ponderado y académico como éste. Claro que el propio Azaña sabía muy bien cuál habría sido su suerte de haber ganado la guerra algunos de sus amigos...

En resumen, lo más interesante de este libro es lo que nos sugiere de ese otro Azaña, del que se empieza a hablar sin miedo, el mismo que su estilo revela con una intensidad a la que es difícil resistirse y que tan peligrosa resulta para quienes siguen empeñados en salvar, ya que no los muebles –de la casa no queda ni rastro–, al menos las apariencias. Manuel Azaña: pensamiento y acción indica que se está en el buen camino. Con mucho trabajo, eso sí, vamos desmontando el catafalco (es frase de don Manuel). Hay que felicitarse y recordar las palabras del divino marqués: «Un esfuerzo más (compañeros) para ser... republicanos».

01/06/1997

 
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