ARTÍCULO

Manuales de mitología clásica con explicación alegórica I

Biblioteca Castro, Madrid, 1996,
Edición y prólogo de C. Baranda
Cátedra. Letras Hispánicas, Madrid, 1996
Edición e introducción de Carlos Clavería
Ediciones Clásicas, Madrid, 1995
Edición de Pilar Saquero y Tomás González Rolán
 

Aparecida en Madrid, 1585, la Philosophía secreta fue la última y la más conocida obra de J. Pérez de Moya (1513-1596). Y, como señala C. Baranda, «la única que se ha llegado a reeditar en este siglo (1928 y 1977). Se trata del primer manual renacentista de mitología redactado en castellano y enlaza con una tradición desarrollada en todos los países europeos a lo largo del siglo XVI». Tuvo en un siglo cinco ediciones: a la de 1585 siguieron las de 1589 (Zaragoza), 1611 (Alcalá), 1628 y 1673 (Madrid). Es decir, se reeditó «incluso después de la publicación del Teatro de los dioses de la gentilidad de Baltasar de Vitoria en 1620», que es el otro repertorio mitológico de nuestro Siglo de Oro, con el que competiría.

Pero conviene, sin embargo, recordar que el tratado del Tostado Sobre los dioses de los gentiles –un texto más breve que Pérez de Moya conoce bien y plagia a menudo– había conocido ya dos ediciones, ambas póstumas, en 1507 (Salamanca) y 1545 (Burgos). Es muy interesante que, por fin, tengamos ahora una buena versión de esta obra de nuestro temprano y prolífico humanista, con una documentada y erudita introducción, cuidada por Pilar Saquero y T. González Rolán.

La tradición mitográfica antes aludida podemos resumirla aquí en dos tratados muy difundidos en la época: La genealogía de los dioses paganos de G. Boccaccio (concluida hacia 1375) y la Mitología de N. Conti (Venecia, 1551). (Disponemos hoy de buenas traducciones de ambos textos latinos gracias a los beneméritos trabajos de M. C. Álvarez y R. M.ª Iglesias. Advirtamos que, como señalan bien P. Saquero y T. González Rolán, ya el marqués de Santillana se hizo traducir el espléndido tratado de Boccaccio.) El tardío J. Pérez de Moya saquea a uno y otro sin ningún recato. Como indican Álvarez e Iglesias, «si bien se remite a Conti, es Boccaccio quien más influye en él, no acudiendo más que en raras ocasiones al manejo de las fuentes clásicas, y cuando lo hace se ve que no tiene soltura para manejar estos textos».

Sobre este trasfondo hay que situar el extenso repertorio de mitos griegos explicados alegóricamente y sometidos al peculiar orden con que el escritor barroco castellano los va encajando al servicio de su interpretación «filosófica». Esa hermenéutica tiene raíces muy antiguas –Evémero, los estoicos, san Isidoro, Ovidio moralizado, etc.– y pervive en el Renacimiento. Abruma y divierte tanto afán exegético en «racionalizar» y moralizar los mitos griegos, y en ese sentido éste es un texto que recoge una larga tradición.

La intención científico-moralizadora de Pérez de Moya le hace alejarse del entusiasmo renacentista por los textos clásicos y los dioses paganos para volver a los moldes moralizantes de una exégesis escolástica de siglos atrás. Como señala bien C. Baranda, «es difícil encontrar nada más alejado del espíritu que anima la Genealogía Deorum de Boccaccio y su emocionada defensa de la poesía en sus últimos libros «que la prosa apelmazada y el «alegorismo» de este dómine castellano. En tal sentido, su exégesis no es más moderna de la que ya ensayó, con mejor pluma, don Enrique de Villena en Los doze trabajos de Hércules (1417), si bien sí más recargada por una erudición de aluvión.

Pero su libro tenía una intención práctica, como bien recuerda su título completo: Philosophía secreta donde debaxo de historias fabulosas se contiene mucha doctrina provechosa a todos estudios con el origen de los ídolos o dioses de la gentilidad. Es materia muy necessaria para entender poetas y historiadores. Del mismo modo que en su obra anterior Comparaciones o símiles para los vicios y virtudes: muy útil y necessario para predicadores y otras personas curiosas (1584) aportaba un repertorio amplio de imágenes para predicadores y retóricos de medio pelo –un surtido manual para los usos del Barroco–, aquí ofrecía su mamotreto de materia mítica explicada «filosóficamente» para entender las citas de los poetas de moda y manejarse entre tantos dioses paganos.

No deja de ser un tipo curioso este buen bachiller andaluz, matemático, y cura longevo que, si vio bastante reeditada su Aritmética práctica y especulativa tardó en lograr una canongía en Granada, que tuvo muy viejo, en 1590. Parece curiosa también esa derivación suya desde el estudio de las ciencias matemáticas hacia esta mitológica «Filosofía secreta» (¡Notable título para esa compilación!). Pero, sin menospreciar los méritos del mismo, me parece un grave error considerarlo una especie de humanista menospreciado, como hace C. Clavería en su introducción, o pensar que silencia expresamente a Erasmo por un par de coincidencias, o presentar para su anotación una pintoresca y apresurada lista de autores antiguos. Como indica C. Baranda, Pérez de Moya recelaba de la poesía y de la literatura en general. Cuenta bastante mal los mitos, amontona explicaciones, plagia a diestro y siniestro, y carece de una perspectiva humanista, porque le preocupaban sobre todo sus comentarios explicativos de segunda mano.

En fin, se empeñó en dar un extenso y práctico repertorio de mitos antiguos –mezclando citas clásicas y bíblicas–, a imitación de otros que conocía y que copiaba a retazos en un diccionario mitológico útil por sus explicaciones alegóricas (físicas y morales). Mucho más medieval que moderno, aclaraba desde un comienzo que todos los mitos eran errores de fe y elucubraciones de los paganos, bajo los que se podía encontrar, con esta brújula del alegorismo, un sentido filosófico secreto. Y logró cierto éxito. Muchos lo leyeron y lo utilizaron, como nuestros dramaturgos del Barroco, que se servían más de centones alegóricos que de lecturas clásicas de primera mano. El recurso a la alegoría para dar un sentido aceptable para la mentalidad católica a los mitos antiguos se ve bien en las comedias mitológicas de Lope y Calderón, donde los dioses paganos son sólo máscaras y alegorías.

Queda aquí, pues, una invitación para meditar sobre la desastrada tradición de nuestro Humanismo. La edición de Consolación Baranda me parece muy clara y su introducción breve y precisa. La de Clavería tiene el mérito de sus notas textuales minuciosas, en un bienintencionado pero dudoso intento de reivindicar esa erudición de pacotilla. Resulta instructivo cotejarla con la de Alonso del Madrigal, un erudito auténtico, si bien prolijo, y tal vez demasiado olvidado, ahora a nuestro alcance en este texto recobrado gracias a la edición de dos buenos estudiosos del Humanismo castellano del siglo XV.

 

01/12/1996

 
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