ARTÍCULO

Observarse por dentro

Anagrama, Barcelona, 1997
Prólogos de Julieta Campos, Adolfo Castañón, Carlos Monsiváis, Octavio Paz y Juan Villoro
Anagrama, Barcelona, 1997
135 págs.
 

Como elección personal, Alejandro Rossi dice preferir los actos inadvertidos, los apetitos, las querencias, las manías y esos innumerables trabajos –encender el cigarrillo, ponerse unos determinados calcetines, rascarse una rodilla o aflojarse el nudo de la corbata– que se cumplen en cada uno sin nuestra cabal intervención. Rossi los considera «momentos ciegos, brevísimas interrupciones, parpadeos», los gestos que son suyos y que sin embargo él, «monarca de un mundo diminuto en plena fuga», no ha sentido. Son la demostración de otra existencia que discurre paralela, un poderoso vivir insospechado, miles de acciones sin sujeto y sin dueño, algo que me pasa sin mí.

A Rossi le aburre, en cambio, lo supuestamente esencial y engolado, lo relevante y decisivo, lo ampuloso, el misterio teatral aunque tétrico, la Obra absoluta y definitiva. Rechaza la plena conciencia y las historias oficiales –los cuentos reunidos en La fábula de las regiones no son sino un intento de narrar los hechos de otra manera, al margen de las versiones consagrada o de las verdades instituidas–. Reniega de los adjetivos grandiosos y los decorados incomparables, la mezcla ya canónica de trópico y maravilla. Su estilo es seco, sus maneras imposibles. Huye de los dictámentes amplios, de las ideas de anchura y ambición, de las panorámicas que pretenden definirnos, «como una foto de nuestro planeta tomada desde una nave espacial». Le repugnan las grandes figuras, los héroes culturales. Le convienen más y le apetecen el terreno lateral, la provincia, los callejones sin salida y las conclusiones sin ningún futuro. Él es un intelectual –señala-pero «de corto alcance»: un racionalista, pero con una racionalidad «laboriosa y modesta, sin éxtasis solares o nocturnas hipotecas del alma». Con esa misma pasión sencillista, impugna los signos hieráticos, las formas que parecen encerrar más formas, las teologías y las correspondencias. Un árbol es un árbol, no un ramillete de símbolos y Rossi es un hombre de primeros sentidos: quiere acariciar su tronco sin más, sin que genere consecuencias, «sin responsabilidades ulteriores, con inocencia semántica y ontológica». Para llegar ahí, hasta esa simplicidad tendrá que distraerse. El resultado, más que una nueva fenomenología de lo mínimo o un franciscanismo de segunda, se cifrará en un libro, un Manual del distraído, recetario contra toda receta o arte de desatar la atención del lugar donde las jerarquías determinan debería hallarse, un texto inasible y escéptico que, a casi veinte años de su primera aparición en México, todavía sigue siendo ambas cosas.

De él se ha dicho ya mucho. Se ha celebrado la prosa civilizada en que consiste y que no ignora la autocrítica. Se le ha calificado de enciclopedia irónica o de épica de lo cotidiano en la que se declara «la imposibilidad de la épica»; volumen paradójico que se niega desde el título y une la fijeza dogmática de los manuales con la pasión inconstante de los distraídos. Es, ante todo, un libro que debe leerse tal y como se escribió –así lo reclama el propio Rossi–, «sin planes, sin pretensiones cósmicas, con amor al detalle», con igual inteligencia vagabunda a aquella que lo ha diseñado. Después de esto, frente a nosotros y sobre las páginas quedan un autor nómada, un lector nómada y un libro que se evade; es decir, un valor distinto de la propiedad literaria, un modo nuevo de leer y una especie de ceremonia total de la fuga.

Al fin y al cabo, la distracción es generalizada o no es: es una distracción incluso de sí misma. No puede convertirse, sin traicionarla, en una forma alternativa de atención. Tampoco puede practicarse deliberadamente. Uno se distrae hasta de lo que le distrae y divierte. El texto de Rossi no pretende otra cosa. No intenta instituir la rebeldía, ni hacer de la pérdida, del pasatiempo y de la evasión otro gobierno, otra pauta. No ordena estar distraído. Busca como un roedor ese momento en que masticamos sin percibir. Ése es su cometido, pero admite que no puede forzarlo ni puede transformarlo en misión, a falta de las clásicas. Su libro se reconoce escritura, no distinta cosa, no más simbolismo, no escondida enseñanza: una escritura neta que a veces claudica incluso de escribir.

Rossi, de hecho, más que contar, fabula mucho sobre el cuento todavía no redactado. Construye relato con los prolegómenos del relato. Narra acerca de que no narra. Hay amplios espacios en su Manual dedicados a la zozobra de la creación, ese esfuerzo tan consciente y tan poco distraído. Es mejor plegarse ante las citas ajenas y «poder expresarse a través de otro», con un discurso delegado –«él hizo el esfuerzo», nosotros asentimos–. Es mejor el placer de descubrir que esto ya se dijo antes y que esa literatura previa obra en ti sin que tú lo notes, como latido imperceptible de la sangre. Somos plagiarios. Distraer significa además apropiarse de algo sin que se detecte. Igual que su maestro Borges, igual que la literatura entera, Rossi confiesa robar, aunque sea robo involuntario –su Manual es una colección de palabras que nos vuelven– en una actitud modesta, convención de este género sin género y producto coherente de esas propuestas suyas sin postulado último ni determinante.

A una literatura y una inteligencia distraídas no les es posible ni detenerse ni apalancarse, no les es posible no desviarse hasta de sí mismas, perderse y evadirse hasta de lo que fue su primer motivo. Las frases que generen no tendrán un sitio ni una fijeza claras, ni un mensaje incorruptible, ni siquiera un autor único y en su único juicio. Vienen y se pierden, se desdicen ellas solas. Son de una «fragilidad y de una volubilidad indignantes», como la propia calavera. El Manual se parece a observarse por dentro, a mirarnos en radiografía: «puros huesos», pura cosa personal, intransferible y genérica, puro interior hasta entonces desatento, imperceptible, inadvertido.

01/08/1997

 
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