ARTÍCULO

Orientalia

 

Afirmaba Keynes que casi todo lo que es realmente importante y que el mundo poseía al comienzo de la edad moderna ya lo conocía el hombre en los albores de la historia. Como se ha invocado con frecuencia, es en Oriente Próximo, no sólo el asiático sino también el africano, donde hay que buscar las raíces últimas de nuestro mundo occidental (el «mundo» de Keynes).

Por ello es siempre una dicha la publicación de un nuevo manual de historia del Próximo Oriente antiguo, más aún si es obra de especialistas de habla española, todavía muy escasos en nuestras universidades. El volumen contiene dos narrativas separadas y distintas. Joaquín Sanmartín, profesor titular de Filología Semítica de la Universidad de Barcelona, es autor del primer libro, «El Próximo Oriente asiático. Mesopotamia y sus áreas de influencia»; el segundo, «El Egipto faraónico», es obra de José Miguel Serrano, profesor titular de Historia Antigua en la Universidad de Sevilla.

Tanto Sanmartín como Serrano han sabido presentar una narración o, mejor dicho, un informe sinóptico completo y claro, en menos de doscientas páginas cada uno, de una panorámica tan amplia, plural y compleja como la de la antigua Mesopotamia y el antiguo Egipto. Uno y otro autor utilizan estilos expositivos distintos (tan distintos como los dos mundos que describen), pero ambos comparten un objetivo común: ofrecer al público hispano una información actualizada a la que tiene poco acceso. El saber de los asiriólogos o egiptólogos apenas habla castellano y las fuentes, ya sean cuneiformes o jeroglíficas, requieren largos años de estudio (en el extranjero, hasta hace bien poco), como muy bien saben Sanmartín y Serrano, que han ilustrado magistralmente sus capítulos con textos traducidos por primera vez a nuestra lengua. Pero si cabe hablar de los méritos de la obra, el mayor es su perspectiva, que no se reduce (como era tradicional) a la cronología y los acontecimientos políticos, sino que ahonda también en la religión, la familia y el estado, o en aspectos más puntuales como la escritura, inventada en el seno de estas civilizaciones.

Asimismo podemos encontrar en la obra ideas innovadoras. Quizás la más llamativa, por más arriesgada, sea la periodización propuesta por Sanmartín para la historia del Próximo Oriente asiático (más ortodoxo, Serrano adopta el sistema convencional de dinastías, que instauró ya Manetón en el siglo III a.C. a imagen de la costumbre faraónica, y las consiguientes épocas imperiales y períodos «intermedios»). Digo arriesgada no sólo por el hecho de desmarcarse del esquema tradicionalmente aceptado por la comunidad asiriológica sino, más importante, porque quizás el lector menos experto pueda llevarse una impresión incompleta. En efecto, que un «Neoclasicismo» («babilónico», o Fase II) abarque cerca de dos mil años o que la Fase III corresponda a unos «Epílogos», a saber, la época helenística y el período parto-sasánida, es decir hasta la conquista árabe, no deja de ser desconcertante (claro que menos desconcertante para el que está acostumbrado a leer que la llegada de Alejandro a Oriente marca el punto final de la historia antigua de Mesopotamia, así como la de Egipto). También pueden desorientar las denominaciones «paleosemítica» y «semítica media» para las etapas que constituyen dicho «Neoclasicismo babilónico»: no ya porque sean denominaciones etnolingüísticas, tan incómodas, por deterministas, para el historiador, sino porque, por un lado, existe una dinastía «semítica» anterior, la que fundara el gran Sargón de Akkad proclamando posiblemente el primer imperio mesopotámico; y, por otro, porque durante aquella fase de aparente predominio cultural «semítico» reinaron en Mesopotamia dinastías «no-semíticas» como la kasita, la mitania o la persa. Cabe preguntarse cómo se puede trazar una línea unitaria de evolución histórica ante un panorama cronológico, geográfico y cultural tan amplio. Una vez más, parece que chocamos con aquel «reductivismo generalizador común a la casi totalidad de viajeros y estudiosos del mundo afroasiático» (viajeros occidentales, claro está) denunciado por Juan Goytisolo. Sanmartín ha tenido el acierto de considerar una «Gran Mesopotamia» donde cupieran la Anatolia hitita o la franja del litoral siropalestino, morada en cierto momento de fenicios y hebreos.

Los manuales de historia de la Antigüedad están sometidos a una inevitable revisión cada cierto tiempo. Nuevos e inesperados descubrimientos arqueológicos o interpretaciones originales pueden sacudir en cualquier momento el panorama establecido (no hace apenas cinco meses, por ejemplo, se anunció el hallazgo en Abidos, en el Alto Egipto, de lo que puede considerarse la evidencia más antigua de la escritura, desafiando, por tanto, la prioridad en este campo del país mesopotámico). Pero hasta que llegue ese momento, las páginas de Sanmartín y Serrano serán importantes no sólo para el profesor o el alumno de historia, sino también para el lector interesado o el simple curioso que encontrará en ellas las primeras huellas de su civilización.

Un fin distinto es el que se proponen Geneviève Husson y Dominique Valbelle en su manual sobre el estado y las instituciones en Egipto desde los primerosfaraones a los emperadores romanos (como reza el título original de la obra publicada en París en 1992). Ambas son reconocidas especialistas en las instituciones del antiguo Egipto, herederas de aquella larga y erudita tradición francófona que forjaron, entre otros, Préaux o Pirenne, y representada en la ilustre Société Jean Bodin. Como indica el título, el plan de la obra es extraordinario, porque rompe con audacia y con excelente criterio aquel esquema rancio, aún vigente, al que aludíamos antes, según el cual Alejandro parece poner fin a la historia antigua de Egipto. Es evidente que quien establece las fronteras históricas es el especialista moderno, no los ejércitos y sus conquistas; son los historiadores y filólogos clásicos los que, con las tropas de Alejandro, han conquistado el país del Nilo y destronado a partir de 330 a.C. a los egiptólogos como intérpretes de la historia del antiguo Egipto. Desde el punto de vista filológico tiene su lógica: no es lo mismo enfrentarse a los papiros Kahun o los graffiti de Wadi Hammamat que a los papiros de Zenón. Sin embargo, el historiador, que también maneja las fuentes, se ha encontrado frente a un difícil dilema (como ilustración, se me ocurre la interpretación de la popular piedra de Rosetta que, como es sabido, conserva un decreto en honor del joven Ptolomeo V, inscrito en jeroglífico, demótico y griego). Por ello, insisto, la obra de Husson y Valbelle es ejemplar. «El Egipto faraónico» de ésta y «El Egipto ptolemaico y romano» de aquélla (las dos partes de que consta el libro) se enlazan con armonía para ofrecer al lector esa sensación de continuum natural histórico que tantas veces se nos escapa. Pero, como es obvio, hay que establecer un final. Husson ha optado por Diocleciano, lo cual es justificable habida cuenta del tema de la obra: su reinado «estuvo marcado por cambios importantes», sustanciales en lo que concierne a la organización militar, fiscal y administrativa, es decir, institucional del imperio.

A un tema tan ambicioso y fundamental como es el estado y las instituciones del antiguo Egipto responden Husson y Valbelle con un trabajo encomiable. No sólo por el altísimo nivel de análisis y síntesis de un material tan abundante, variado y complejo; hablar de los principios generales de la organización de Egipto y del funcionamiento de sus mecanismos exige comprender y explicar sus estructuras políticas, administrativas y sociales: legislación y derecho, monarquía o monocracia, relación entre gobernantes y gobernados, las ciudades y las divisiones administrativas, la propiedad, el comercio, los impuestos y la banca, así como el clero y el ejército. Se trata, pues, de un cuadro histórico casi completo, salvo las lagunas de la documentación, tan frecuentes en la historia antigua. Encomiable, decía, también por la claridad de la exposición, «a la francesa»: cada parte se divide en nueve capítulos temáticos y cada capítulo se estructura metódicamente en secciones y subsecciones.

Tampoco faltan ideas en la obra (aunque sí índices, desgraciadamente) ni, como ya quedó dicho, un fin. Conforme a las tesis de la Société Jean Bodin, Valbelle y Husson han logrado, con creces, presentar a especialistas y no tan especialistas un ensayo de síntesis general de la evolución o, mejor dicho, evoluciones, entendiendo por ello también adaptaciones y transformaciones, del conjunto de las instituciones en Egipto desde 3000 a.C. hasta 284 d.C.

01/09/1999

 
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