ARTÍCULO

Magia, magia

Planeta, Barcelona, 1998
185 págs.
 

Con Irlanda, un nombre nuevo entra en las letras españolas. Es un nombre extraño porque su dueña ha decidido firmar tan sólo con sus apellidos y prescindir de su nombre de pila –que hallaremos, por cierto, secretamente representado en la novela a través de su equivalencia vegetal: se trata de la planta que se pone en los círculos mágicos para que un espíritu amigo pueda asomarse de puntillas para saludar a los que están en el interior.

Espido Freire tiene 23 años e Irlanda es su primera novela. Los que conocen sus libros de cuentos y sus relatos sueltos, muchos de ellos brevísimos (y todos ellos, si exceptuamos algún relato aparecido en revistas universitarias, rigurosamente inéditos) aseguran que Irlanda los desmerece y que la novela no tiene la tensión ni la intensidad de las narraciones más breves. Tal afirmación puede parecer asombrosa si pensamos que Irlanda es una de las novelas más bellas, intensas y de más deslumbrante originalidad que hemos leído en los últimos años.

La protagonista de Irlanda, Natalia, tiene dos hermanas. Una de ellas es muy pequeñita, y la otra, Sagrario, ha muerto hace poco después de sufrir una larga enfermedad, pero su espíritu persigue a Natalia y se le aparece por doquier. Los padres de Natalia, viendo a su hija consumida por la tristeza, deciden enviarla a pasar una temporada a la casa de campo familiar con sus primos Irlanda y Roberto. Irlanda nos subyuga desde el principio. Es hermosa, elegante, brillante, todo lo hace bien, todos la admiran, todo el mundo la quiere. Lo primero que sabemos de ella es que Natalia y Sagrario la odiaban en secreto porque una vez, cuando eran pequeñas, alguien les regaló una manzana cubierta de caramelo y de pronto la manzana desapareció y las dos estuvieron seguras de que había sido la prima Irlanda la que la había cogido.

Entonces comprendemos que estamos en el mundo de los niños o, más exactamente, de las niñas, un mundo de miedos y fantasías, adoraciones fanáticas y venganzas implacables. Un mundo ciertamente fascinante y con el cual Espido Freire, por virtud de un inexplicable milagro, parece conservar abiertos todos los cauces de comunicación.

Irlanda es la historia de una venganza. La venganza del mal contra el bien, nos sentimos tentados a escribir –pero lo cierto es que las cosas son un poco más complicadas–. En realidad, el gran tema de Irlanda no es la fascinación del mal, como podría parecer a primera vista, sino la fascinación del bien, el bien como imposible y como terror.

No es cierto que el mal sea más fascinante que el bien. El mal es humano, torpe y se hace a escondidas, mientras que el bien es grandioso, perfecto e implacable. Un malvado puede matar a otra persona o, con mucho empeño, a un reducido número de personas, pero para matar por ejemplo a un millón de personas hay que tener alguna idea del bien. El bien es fascinante porque las cosas buenas son perfectas, y las cosas perfectas son fascinantes. Irlanda es perfecta, y por eso es fascinante. Es perfecta, y por eso lo que ella hace debe de ser el bien. Pero si lo que hace Irlanda está bien y es, por lo tanto, el bien, entonces, el único recurso que le queda a Natalia y también a todos los que, como Natalia, no somos perfectos, ni fascinantes, es rechazar el bien. Lo rechazamos, pero lo añoramos. Añoramos el bien porque también nosotros desearíamos ser perfectos. Esta añoranza es el principio del extraño erotismo del bien, que nadie, con la posible excepción de Richard Wagner, ha señalado hasta ahora en nuestra cultura (ah, ¿dónde están los Batailles del bien?). El erotismo del bien es el socialismo totalitario, el integrismo religioso, el fascismo. No es una casualidad que al principio del libro la madre de Natalia le diga a su hija que intente arrimarse a Irlanda y sus amigas porque «son de buena familia», y no es una casualidad tampoco que Irlanda sea una pequeña princesita, una estrella social, y que Natalia sea algo así como la pariente pobre. Irlanda pertenece «a los buenos», y es una reina de la vida. Está orgullosa de su clase social y una de las cosas que los demás admiran de ella es que es «muy estricta».

Todo el libro está permeado por la fantasía del niño bueno y el niño malo. El niño bueno es el niño de los cuentos de hadas, las niñas de Torres de Malory de Enid Blyton, por ejemplo; la niña mala es la que se rebela contra la hipocresía y la represión de la moral de los adultos: Sexo en la High School de Kathy Acker sería un ejemplo extremo, o también Dos chicas, una gorda y una flaca, de Mary Gaitskill. La posición de Espido Freire es mucho más compleja, más sutil y más inquietante que la de estas modernas «rebeldes». Natalia no es una niña mala, porque no se siente orgullosa ni feliz con las cosas «malas» que hace. Hace cosas malas por miedo, por amor, porque es débil y porque no dispone de las armas que los luminosos príncipes de la vida, como Irlanda, pueden utilizar para defenderse. Tampoco es una niña buena, Magia, magia desde luego. No es una niña buena, pero le gustaría serlo. La niña buena obedece a sus padres y se pone las botas de goma para salir a la lluvia. A Natalia no se le ocurriría salir a la lluvia descalza, no sólo por no desobedecer, sino por la íntima convicción de que las cosas hay que hacerlas bien hechas. Natalia se pasa toda la novela queriendo hacer el bien y queriendo hacer las cosas bien, y hay un momento, incluso, en que le ruega a Irlanda que tenga piedad, casi humillándose. A Natalia le gustaría que el mundo estuviera ordenado y fuera plácido y perfecto. Querría ser una niña buena y tener el cuarto bien recogido, pero esto resulta imposible porque el bien es imposible, porque el bien es perfecto, es «estricto» como Irlanda, y es cruel.

Nietzsche señaló que existe una fuerte dependencia entre la moral y el dolor. El bien, esto lo sabemos, duele. Lo que duele es bueno. El niño bueno acepta el dolor, lo resiste. El que no puede resistir el dolor, o no desea hacerlo, queda por tanto también excluido del bien. A Natalia, que pide por favor que no la obliguen a mirar a la vaca que está a punto de dar a luz, le horroriza el dolor, el sufrimiento y la sangre, y esa es la razón de su aparente tornarse a las «fuerzas oscuras». Irlanda representa el bien porque es la que inflige el dolor. Es la que empuña el hierro y nos dice que apretemos los dientes. La odiamos, y al odiarla nos encontramos en la extraña situación de odiar el bien.

Dios mío, qué novela tan inquietante.

Espido Freire tiene 23 años e Irlanda es su primera novela. ¿Cómo juzgarla? ¿Cómo hacerle una crítica mesurada y razonablemente objetiva? Decir que es un genio podría parecer una hipérbole, pero decir que es extremadamente lista sería sin duda quedarse corto. Saludar Irlanda como una obra maestra sería una falta de respeto para la juventud de su autora, a la que todavía queda mucho por vivir en el mundo y en los libros y que ya tendrá tiempo de alcanzar la maestría, pero señalar sus defectos sería tan mezquino como poner reparos a un milagro. Y lo cierto es que Irlanda es un milagro. Espido Freire tiene el supremo don de las palabras, y el ángel de la escritura abre sobre ella sus grandes alas azules. Una y otra vez nos sorprende con la fuerza, la inventiva, la soltura, la insolencia, la imaginación, la exactitud, la fuerza evocativa, la precisión asombrosa de sus palabras, la originalidad desconcertante, la gracia aérea y cruel, la luz deslumbrante, la música lancinante de sus frases y sus imágenes. Su uso magistral del «mostrar, no decir» de la Escuela de los Detalles, el carácter visual de su prosa, su creación de personajes «más grandes que la vida» que nos imponen su presencia subyugante sin que podamos llegar a detectar nunca cuáles son los mecanismos lingüísticos que han creado una ilusión tan vívida, su libre uso, en fin, de la fantasía y de la magia, la ponen a años luz del barroco espiritual y verbal que nos aqueja y también del resignado costumbrismo que parece endémico en nuestras letras.

Nos da miedo pensar que es tan posible que la crítica pueda no entender su originalidad como que, por el contrario, los media se enamoren perdidamente de ella, de sus cabellos rubios, de sus pálidas mejillas de muchachita victoriana, de sus ojos viejos como las pirámides. Nos da miedo pensar que es tan joven y tan vulnerable (ya que es evidente que desea ardientemente la gloria literaria, y todo el que desea algo ardientemente es vulnerable), y que un éxito excesivo puede ser a veces tan dañino como la indiferencia o el fracaso. No cabe duda de que volveremos a oír hablar de ella. En cierto sentido, la suya es la literatura del milenio que viene. Escribe para la inmortalidad. La saludamos con un ramito de perejil por el trabajo bien hecho, y con una hoja simbólica (para tejer la corona, ya habrá tiempo) del «árbol victorioso y triunfal, honor de emperadores y poetas».

01/06/1998

 
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