ARTÍCULO

Los restos del naufragio

Espasa, Madrid, 323 págs.
 

Se ha venido propalando, hasta hacerse lugar común, la noticia de que Camilo José Cela arriesga en cada novela con una nueva vuelta de tuerca hacia el experimentalismo y la innovación, qué sé yo, una suerte de Picasso galaico de la literatura que hubiera renovado el género y lo hubiera transformado en una suerte de «poema vanguardista narrativo en prosa», cuando lo cierto, a mi juicio, es que, más bien, Camilo José Cela se encuentra muy conservadoramente a gusto con una técnica que domina sobradamente y que no cesa (desde La Catira hasta aquí, cuando menos) de prodigar, con peor o mejor fortuna, pero siempre con su prosa inconfundible y una cosmovisión amarga, expresionista, dispuesta a conjurar la muerte a golpe de pluma.

Esta técnica consiste en hacerse con una buena galería de nombres (que no personajes) a los que adjudicar una serie de parentescos entrecruzados, características físicas o psíquicas chocantes (abundan los cojos, los tuertos, los capados, los subnormales, los rijosos), que facilitan su recordación por el lector, «personajes» ornados con gestas menores, como copular con gallinas o perros, mear siempre en la misma puerta, querer hacerse una casa con vigas de madera de boj, o cualquier otra invención, aún más gruesa, susceptible del chisporrotazo solanesco. A esta galería, a este tobogán o carrusel de nombres se añade una voz, la inconfundible voz de don Camilo, que aliña el centón con una prosa deslumbrante casi siempre, con un movimiento sinfónico y orgiástico de rosetón alucinado por el que van danzando, hacia la muerte implacable, esta galería descuajaringada de paisanos.

Insisto que, con mejor o peor fortuna, esto es lo que lleva haciendo Camilo José Cela desde hace más de cuarenta años. Ejemplos notables y relativamente recientes de su buen hacer tenemos en San Camilo o Mazurca para dos muertos y hasta una interesante pesadilla circular poco y mal leída llamada Cristo versus Arizona. Del mismo modo que en su haber se encuentran productos indignos, auténticos fiascos o bromas incomprensibles como El asesinato del perdedor o la polémica y planetaria La cruz de san Andrés, que quedará para siempre (en los anales de este gran prosista, pero nulo novelista) como un ejemplo de precipitación y mal hacer.

Y ahora, por fin, se descuelga don Camilo José Cela con su anunciada e interrupta Madera de boj. Pues digamos cuanto antes que ha valido la pena la espera porque, a tenor del rumbo «narrativo» que marcaban sus últimas citadas dos entregas, uno sólo podía esperarse lo peor, y, sin embargo, Camilo José Cela recupera el pulso, no sé si de la Mazurca, pero al menos de Cristoversus Arizona, esto es, una prosa poderosa y oracular, transida, por cierto, cosa insólita hasta ahora, de ternura, que prepara y mima la explosión de ese rosetón florido, de esa danza de la muerte por la que circulan los cuarenta o cincuenta nombres propios y sus circunstancias que el novelista, hipostasiado en el narrador Cam, va poniendo en navegación.

En esta ocasión, frente a las citadas, la estructura del texto no es circular, sino que se adapta al ritmo de las olas de la mar, que nunca van, sólo vienen, por esos muchos personajes son arrastrados hasta desaparecer, como la copia innumerable de barcos naufragados en las Costas de la Muerte, alrededor de Finisterre, uno de los leitmotivs de este libro. El otro, es el de que Fisterra está en la linde con el otro mundo, con el limbo y purgatorio de los difuntos, por eso es tan fácil aquí el trato con los muertos, o su conjuro. En un territorio liminar, entre la vida y la muerte, la mar y la tierra, un lugar bronco y agreste donde la supervivencia no se regala y hay que peleársela a una mar bravía y traicionera, se despliega esta galería de nombres y, con ellos, toda su panoplia colorida de anécdotas menores, entre los que destacan, sin duda, los antepasados ingleses del narrador, balleneros y desarraigados, que, acaso, buscan en el boj imposible esa raíz definitiva con la que atarse a una tierra esquiva y difícil.

Sin embargo, en Madera de boj no son las historias, ni siquiera los nombres propios, los verdaderos protagonistas, sino la voz de Cam, el narrador, y todas las voces que recoge a su paso por estas tierras: recetas, conjuros, leyendas, historias de naufragios, de amores desgraciados, de suicidas, de fantasmas, de náufragos sin papeles que intentan enraizar aquí, en una tierra de nadie, entre la vida y la muerte, y por encima de lo anecdótico, una voz más cálida que otras veces, y una mirada «tierna» (cercana a la de los mejores momentos de La colmena, aunque sin su brío) que se limita a «tomar nota» de lo que ve y le cuentan por estos lares y a amalgamarlo en una salmodia que tiene mucho de conjuro contra la muerte, ya se dijo, de homenaje a los amigos muertos, de testamento, en fin, de confesión literaria: «La verdad es que todo va con mucho desorden, las tundas de la mar tampoco son más ordenadas» (pág. 137); «Ahora la gente ha descubierto que la novela es un reflejo de la vida y la vida no tiene más desenlace que la muerte» (pág. 296).

Una novela (entendiendo por tal la propia definición de Cela) tan digna como prescindible, que no quedará entre las mejores prosas de Cela (muchas recopilaciones periodísticas, como las del Palomar de Hita, superan en calidad e interés estos restos de la galerna galaica), pero que se lee con fruición si uno conoce y gusta de la literatura de su autor. El resto, abstenerse.

01/11/1999

 
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