ARTÍCULO

Un réquiem europeo

Edhasa, Barcelona
1.138 pp. 34,50 €
 

Mauricio Wiesenthal llegó al mundo en 1943; hacía un año del suicidio de Stefan Zweig y la Segunda Guerra Mundial iba a dejar a media Europa roturada por el comunismo. El maestro vienés había legado a la posteridad El mundo de ayer con el genocidio de fondo, despojado de biblioteca, sin sus manuscritos y las ediciones autógrafas que atesoraba en su mansión subastada. Agavillaba recuerdos en plena guerra, en la extranjera Petrópolis, sin el menor auxilio para la memoria. Zweig había visto morir Europa dos veces: consumida primero por las llamas de la Gran Guerra y humillada luego por el nazismo, que hizo de Austria una provincia del Tercer Reich. En esa herencia crepuscular germina la obra de Wiesenthal. Si heredar es ser responsable, el escritor barcelonés se hace cargo «de los ideales, el dolor y la culpa» de sus maestros. No por casualidad, cuando hace años editó media docena de ejemplares de unas memorias que destinó a su familia, las tituló Nacer cuando las luces se apagan: toda una declaración de principios. Con la novela Luz de vísperas, Wiesenthal corona un ciclo de sensualidad tardoeuropea que precedieron dos títulos viajeros: Libro de réquiems y El esnobismo de las golondrinas. Si Sartre proclamó al final de la Segunda Guerra que nuestro sino era «un art du finir» y el grupo Kraftwerk bordaba la música maquinal de su Trans-Europe Express ligando un estribillo de elegancia y decadencia, Wiesenthal advertía en El esnobismo de las golondrinas que el tema principal de sus libros «ha sido siempre la preocupación por esta Europa que se nos va muriendo y apagando entre las fiestas y los fastos de la burocracia que la gobierna». En mayo del 68, cuando los niñatos de la Sorbona se proclamaban maoístas y los guardias rojos masacraban en nombre de la Revolución Cultural china, un Wiesenthal veinteañero veía en el Moulin Rouge «el último santuario de la tradición que, a esa hora, tenía las puertas abiertas».
Todas esas señas de identidad componen la faz del protagonista de Luz de vísperas; se llama Gustav Mayer, escritor de raíces judías y coetáneo de Zweig, Mann y Rilke. Una novela de más de mil páginas, extensión tan prolija como su elaboración, que se inició en 1975 y culminó en el nietzscheano paisaje de Sils-Maria la Pascua de 2008. Una historia que ha ido creciendo a medida que el siglo XX agonizaba, proporcionando a su autor una visión panorámica de la tragedia europea. Prototipo del idealista, Mayer atravesará las trincheras de 1914 y en la tierra quemada que rubrica el Tratado de Versalles verá crecer la semilla venenosa del nazifascismo hasta exiliarse a raíz del Anchluss y diseccionar su civilización en un hotel suizo, mientras escucha a Zaratustra y los acordes del Tristán wagneriano. Pero no sólo la guerra acaba con una forma de ser europea. Mayer abomina de la serialización industrial y la rebelión de las masas que sofoca la costumbre de equivocarse por cuenta propia. Su bando en esta otra guerra contra la banalización es el de los herejes, individualistas y rebeldes; su lema de cabecera lo firma Nietzsche: la auténtica libertad conlleva el exilio. Zweig y Zaratustra se remueven en Luz de vísperas.
De Nietzsche, Wiesenthal retoma el concepto del Eterno Retorno; las divagaciones de Sils-Maria postulan la contradicción como providencia del pensamiento libre y denuncian la calcificación de los tópicos. Abomina del «objetivo» Hegel y su filosofía «cruel y voluntariosa que intentaba explicar la realidad como si fuera un mecanismo o un muñeco animado. Así era también el monstruo del Estado: le ponían dentro la palabra “verdad” y comenzaba a destrozarlo todo».
Estructurada en dos tempos narrativos, la primera parte de Luz de vísperas recorre toda la formación intelectual y personal de Mayer, desde sus primeros éxitos literarios al bautismo de fuego y su participación en la resistencia contra el nazismo; en el segundo tramo se centra en el desengaño amoroso con su segunda mujer y en una evocación del mundo que agoniza salpicada por las voces de otros «náufragos» igualmente varados en el exilio suizo. Mayer reitera como un mantra los ideales de la cultura europea, «que eran la mezcla de la paideia griega con la fe judeocristiana, de la Edad Media y el Renacimiento». Prototipo de autoridad moral, Mayer va perdiendo rasgos humanos hasta devenir en abstracción humanista; a medida que avanza la novela, su discurso contra el hombre fáustico cursa en estribillo. Un proceso que, a su juicio, comienza con la Revolución Francesa y culmina en la burguesía positivista que jaleó el mito del progreso y «desencantó» el mundo de todo misterio. Sus reflexiones adquieren en algunos pasajes el tono de una salmodia, un lamento por la Europa sometida «al capricho de los mercados y a la eficiencia de las técnicas de producción». Una visión que podría catalogarse de «antimoderna», en el sentido que le otorga Antoine Compagnon. El credo de Mayer enumera conceptos que en la Europa de entreguerras habían perdido valor: la fe, el amor, la belleza, el trabajo paciente y la obra bien hecha. Su idealismo choca tanto con el materialismo burgués como con el nihilismo fascista y lo acerca más al Medievo que a la modernidad. Unas ideas que vienen a conjugarse con sus libros anteriores en un réquiem por el mundo de ayer. Una tesitura que puede chocar a algunos lectores poco acostumbrados a reiteraciones que ralentizan la acción hasta sustituirla por diálogos morales sólo «aligerados» por unos episodios conyugales del protagonista que en algún momento pueden resultar triviales si los ponemos en relación con los elevados propósitos del narrador. Narrada con una morosa cadencia que va acentuándose en la segunda mitad hasta devenir en polifonía de lamentos, Luz de vísperas es una ambiciosa novela de ideas que contempla el siglo XX europeo desde la montaña mágica del pensamiento filosófico, la música, la poesía, la épica o la etimología de las palabras. Escritor crepuscular, Wiesenthal va fragmentando su expresión a medida que se acerca el final de la historia, en una progresión tonal de iniciación y misterio. Como afirma Mayer, «las obras de arte no deben revelar cosas que hay que dejar veladas» y «la fuente de luz se encuentra siempre en la sombra». Y el réquiem de Wiesenthal vuelve a resonar cuando las luces se apagan en esta Europa errática y huérfana de discurso moral.

01/10/2009

 
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