ARTÍCULO

Saurios y sicarios

 

El chileno Luis Sepúlveda es uno de los autores hispanoamericanos más populares de la actualidad. Su novela Un viejo que leía novelas de amor, que va por la edición número 38, ha sido traducida a catorce idiomas y acaba de ser comprada por Jean-Jacques Annaud para su adaptación al cine. Su cuento «para jóvenes de 8 a 88 años» Historia de una gaviota y del gato quele enseñó a volar fue uno de los diez libros más vendidos el año pasado en Italia. Ese mismo año, la Rai compró los derechos de Mundo delfin del mundo para realizar un telefilme en dos capítulos.

Las razones de este éxito no resultan difíciles de rastrear. Las historias que cuenta Luis Sepúlveda hablan de mundos exóticos y lejanos que resultan al mismo tiempo enormemente familiares para los lectores curtidos en el realismo mágico y en problemas medioambientales que deben ser, al fin y al cabo, responsabilidad de todos. Su lenguaje es simpático, asequible y directo, y proporciona al lector poco sofisticado la agradable sensación de estar leyendo literatura de verdad (es difícil leer Un viejo sin que vengan a la memoria sombras de Hemingway, Márquez o incluso Faulkner o Conrad, además de otras más románticamente difuminadas, como la de Chateaubriand) pero sin las complejidades formales ni las incómodas ambigüedades morales que suelen acompañar tan a menudo a la susodicha «literatura de verdad». Sus obras poseen, en fin, dos ingredientes cuya combinación suele resultar irresistible para muchos lectores: son sentimentales y son, a su modo y de una forma discreta y enormemente elegante, moralistas.

Diario de un killer sentimental y Yacaré representan sendas incursiones del autor en lo que podríamos llamar la novela negra clásica. Ambas obritas aparecieron por entregas en los diarios El Mundo (1996) y ElPaís (1997). Son obras menores dentro de la producción de Luis Sepúlveda, pero no están exentas de encanto, y no hay duda de que los muchos seguidores del autor chileno las leerán con agrado.

De las dos, el Diario es la de factura más clásica. El problema del killer, el asesino a sueldo que da título a la novela, es, primero, que se ha enamorado de una muchachita francesa, una joven intelectual casi veinte años más joven que él, y segundo, que de pronto comienza a sentir curiosidad por el tipo al que tiene que liquidar en su próximo trabajo, todo lo cual, por cierto, resulta muy poco profesional. Para terminar de complicar las cosas, la muchachita francesa le envía un fax desde México diciéndole que lo siente mucho pero que ha conocido al hombre de su vida. La acción, que nos lleva de Madrid a Estambul y de París a México, tiene esa mezcla de dureza y ternura, de lirismo y cinismo, de tensión e indolencia, que son características de las mejores muestras del género. Algunos episodios son francamente hilarantes, como la escena en que nuestro killer, llegado a la capital mexicana, decide hacerse con un arma engañando a un guardia de seguridad de un Sanborn (una especie de VIPS de lujo) de la Zona Rosa. A pesar de que la muchachita francesa es en el fondo una gran ingenua, y que el killer es un killer enamorado y con problemas de conciencia, y a pesar de que el autor casi logra hacernos creer que pueden existir traficantes de heroína que no se mueven por afán de lucro, sino por defender unos «ideales» más o menos estrambóticos, el Diario es quizá la obra menos sentimental y menos moralista de Luis Sepúlveda.

Si en el Diario Sepúlveda parecía aceptar plenamente las reglas del juego de la novela negra, en Yacaré hay un cierto deseo de adaptar dichas reglas a un mundo más personal. El resultado es, quizá, más original, pero también menos satisfactorio. La trama es más compleja que la del Diario, e incluye preocupaciones tan genuinas de Sepúlveda como la destrucción de los recursos naturales, la aniquilación de especies protegidas (los yacarés que dan título a la obra) o la agonía de las culturas primitivas al enfrentarse con la así llamada civilización, pero en la nueva obra Sepúlveda no logra crear un personaje central tan interesante y absorbente como el asesino a sueldo del Diario.

Lo breve no siempre es dos veces bueno, y no cabe duda de que ambas novelitas serían mejores si el autor hubiera dispuesto de más espacio para organizar sus tramas y sus trampas, para hacernos convivir con sus personajes y para preparar distracciones y desarrollar acciones secundarias.

01/10/1998

 
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