ARTÍCULO

Del realismo mágico al tradicional

Punto de Lectura, Madrid
260 pp. 7,30 €
Punto de Lectura, Madrid
222 pp. 7,30 €
Alfaguara, Madrid
394 pp. 19,50 €
 

El Premio Alfaguara otorgado en 2007 a Luis Leante por su novela Mira si yo te querré ha animado a la editorial a reeditar en los dos últimos años las obras anteriores del escritor. El propósito no resultará estéril, pues ofrece a los lectores de la obra premiada que lo deseen la oportunidad de conocer sus orígenes literarios y su evolución narrativa.
Como un aprendiz que se fija aquí y allá en las formas y manualidades de los maestros hasta conseguir la categoría de artesano, Leante ha ido asimilando desde sus inicios los referentes de unos modelos muy reconocibles, tanto en el tratamiento de la realidad imaginaria como en los recursos técnicos utilizados, que le han llevado a dibujar un viaje literario desde el ya excesivamente imitado realismo mágico hasta el no menos repetido realismo tradicional; un viaje, por otra parte, que intenta a toda costa sorprender al lector español con el exotismo, apartándolo de su entorno familiar y cercano y trasladándolo a lugares y culturas tal vez inexplorados por él, pero a los que, también quizá, le gustaría acercarse como turista ocasional. El problema radica en que ese exotismo acaba convirtiéndose en un costumbrismo un poco trasnochado de tipos y ambientes de Cuba, el Sáhara, Turquía o de un pequeño pueblo español.
Su primera novela publicada, Paisaje con río y Baracoa de fondo (1997), pretende ser una recuperación mítica de la infancia del personaje a través del espacio, la cubana Baracoa, transformado por su memoria. Las deudas con el realismo mágico son tan grandes como evidentes sus réplicas ambientales y argumentales. Parece como si a cada paso se estuviera recreando, aunque con mucha menor fortuna, el universo imaginario de Rulfo (hay analogía con el encuentro entre Juan Preciado y Comala) o el de García Márquez, incluso en anécdotas concretas, como la llegada de los cómicos al pueblo o el descubrimiento del «artefacto» (la cámara de cine), por ejemplo.
Ni la mirada ni la voz del personaje, que narra en primera persona, logran salvar la potenciación mágica de la historia. Lo que al final queda del exotismo es una visión costumbrista de perfiles muy fijos y planos en tipos y ambientes, en formas de ser y comportarse y en maneras de hablar. Más aún, la estructura envolvente que sorprendía en los autores citados, el cuento de cuentos, resulta aquí una amalgama reiterativa en la que se repiten, no sólo los sucesos, sino también las frases.
El canto del zaigú (2000) parte de la misma intención mítica, esta vez en el pueblo leonés de Valderas, encerrado en el ovillo de su propia desidia y amenazado por un futuro incierto. Las diferencias con la anterior derivan de los mecanismos de intriga utilizados por el narrador y, sobre todo, por su tratamiento irónico y humorístico. La llegada al pueblo de una joven maestra actúa como revulsivo en la inercia de la gente y provoca una serie de extraños sucesos (muertes, suicidios, apariciones, etc.) que conducirán a los lugareños a un estado de excitación y paroxismo, tanto mental como económico, que está a punto de convertir al pueblo en un nuevo asentamiento del Far West. En todos los sucesos interviene, con sus augurios fatales, el canto del zaigú, un supuesto pájaro exótico traído por un indiano.
El peso muerto de la novela, sin embargo, participa de los mismos anclajes que la anterior. Leante repite los procedimientos que, por desgracia, ahogan la posible envoltura mítica o mágica, y no sólo porque lo del zaigú acabe siendo un embuste, sino sobre todo porque vuelve a insistir en el costumbrismo trasnochado de tipos (así, el descendiente del indiano, el alcalde, el cura, y otros) y costumbres (las procesiones, las apariciones, etc.).
En su última novela, La luna roja (2009), parece, sólo parece, que el escritor afronta mayores riesgos narrativos. Leante se libera del corsé imitativo del realismo mágico, aunque no de la tendencia al exotismo costumbrista, y progresa en su escritura y en las formas estructurales. Lo que en principio se plantea como un relato detectivesco, sin dejar de serlo a lo largo de la narración, acaba siendo una duplicada novela de aprendizaje de los dos personajes principales, en cuyo desarrollo intervienen de modo eficaz las técnicas de suspensión que van dosificando la intriga.
La muerte de un supuesto, y conocido, escritor turco en Alicante y la desaparición de sus diarios, que serán la fuente final de información, conforman el arranque de una historia en la que se verá implicado, mal que le pese, su traductor al castellano. A partir de ahí, la novela se bifurca en dos sentidos complementarios: de una parte, el relato del misterio que rodea la muerte de Emin Kemal y la peripecia de René Kuhnheim para desvelarlo; de otra, el recuento de las vidas de ambos (el más extenso en Estambul) que ofrecen significativos paralelismos en su aprendizaje de escritores y en sus lances amorosos, el de Emin con Orpa y el de René con Tuna.
Luis Leante arriesga en la trama, en una estructura que encaja con precisión las piezas de un montaje ajustado mediante secuencias argumentales que alternan las personas narrativas o las discontinuidades temporales, y que poco a poco van destapando las falsas apariencias hasta sacar a la luz las verdades imprevistas. No cabe duda de que el novelista satisface de sobra las expectativas de un lector que pretenda la legítima meta del entretenimiento, pero no las de un lector que espera algo más de una novela, en especial de su movimiento narrativo. Leante abusa tanto de un recurso tan tradicional como el salto atrás (el flash back) para recrear y recuperar el pasado y las trayectorias de ambos personajes, y lo hace de una forma tan metódica y monótona que, a la larga, la técnica adquiere la imagen de una fácil manualidad. Ya escribió hace años García Márquez que el flash back es una solución rancia que hoy día no hace progresar el arte de narrar.

 

01/01/2010

 
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