ARTÍCULO

Lecturas

Tusquets, barcelona, 162 págs.
 

Si siempre existió entre los escritores la tendencia a reflexionar sobre su lugar en el mundo o la función social de su obra, esta indagación teórica se intensificó y generalizó con la llegada de la modernidad. La modernidad concibió la creación literaria como fuente de revelación y conocimiento del cosmos, pero también como objeto primero de ese conocimiento, y desde entonces poetas y novelistas han sentido la necesidad de explicarse el motivo y sentido de la escritura, de la vocación o del oficio literarios, de responder, con escritos teóricos o referencias intercaladas en sus obras, a unos interrogantes que tienen que ver tanto con la concepción formal de la obra de arte como con su visión del mundo o su función en la sociedad.

A veces sucede que los novelistas, como Luis Landero, prefieren compaginar en un mismo texto la narración y el pensamiento teórico, creando así un discurso permeable y eficaz que expone las disquisiciones estéticas desde la seducción de la palabra contada que les sirve de emblema. Los novelistas no pueden escapar al hecho de contar, está en su naturaleza, incluso cuando recurren a la abstracción especulativa. Y en este punto difieren de los teóricos de la literatura: mientras éstos fundamentan sus teorías en otras teorías para fabricar un modelo al que ajustar como materia inerte las obras literarias, aquéllos extraen la teoría de la reflexión sobre la literatura como algo propio y sobre todo como algo vivo y palpitante.

El autor de Juegos de la edad tardía ofrece en Entre líneas el relato de su iniciación estética, de su memoria transformada en literatura, para fijar la perspectiva de su proceso creativo. Landero no oculta en ningún momento los recuerdos y las referencias autobiográficas con el fin de incardinar, como expresa el título, la literatura en la vida. Pero es aquí, en este juego entre la vida y la literatura, entre la realidad y la ficción, entre la verdad y la verosimilitud, donde se encuentra la clave del libro, pues el autor, al convertirse en personaje, hace dejación de su entidad real y permite que la ficcionalidad configure el necesario distanciamiento para la teoría. No es otro el territorio en el que se mueven los heterónimos.

En el heterónimo y en la voz narrativa que le acompaña crea Landero un personaje cercano que resume las rutas de la memoria personal. No se trata, sin embargo, de una memoria recuperada lineal o unívoca, sino ajustada a las caras que conforman su propia aventura vital. En primer lugar, la memoria de la cultura y del origen rural del que procede el escritor, una infancia y una adolescencia fascinadas por los relatos orales y la mitificación de lo inefable. En segundo lugar, la memoria lectora, que va reconstruyendo una visión multiforme de la realidad y de los mundos posibles de la ficción. En tercer lugar, la memoria profesional del profesor de literatura, dispuesto a seducir a los alumnos con la misma oralidad que a él le seducía de niño. En cuarto lugar, la memoria del escritor, que se enfrenta al proceso creador en esos sutiles límites de la realidad y la imaginación.

El libro supone la conjunción y complementariedad de estas cuatro memorias, no siempre en armonía, porque, como escribe Landero, a veces convergen en un punto irreversible lo que el hombre recuerda, lo que el escritor siente, lo que el profesor sabe y lo que el lector lee. Entre ellas crean ese espacio que enhebra los hilos de la vida y la ficción. Lo demás depende del discurso del escritor. Y aquí es donde el libro es irreprochable: Landero escribe sobre literatura a la luz de las teorías más modernas, no con el tufo de la opacidad erudita o la complejidad pretenciosa, sino con el don de la sencillez y la claridad que poseen quienes hacen de la experiencia un saber que no ocupa lugar.

01/10/2001

 
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