ARTÍCULO

Dibujar el alma

Destino, Barcelona
698 pp. 26 €
 

O donde se dibuja la memoria. «El espíritu es la memoria», según Agustín de Hipona, y César Antonio Molina, en este libro va hilando la trama, la urdimbre de esos lugares sagrados donde la mirada de uno, al contemplar el entorno, dibuja en el recuerdo no la realidad material (perecedera), sino esa otra misteriosa sustancia espiritual y eterna que llamamos Belleza. Para ello, el poeta ha de hacerse uno con el todo que contempla: con al arte, la poesía, la historia, la naturaleza... Entonces, la escritura (la memoria) convoca versos, recuerdos, saberes, personajes, paisajes y arquitecturas, exteriores e interiores: frisos, arquitrabes, valles, puentes, cordilleras, pero también temblores, acechanzas, amores, ensoñaciones. Lugares donde se calma el dolor, como la colina de Posillipo, que incoa esta peregrinación, este particular «camino de Damasco», junto a la gruta sin pájaros de la Sibila de Cumas, al pie de los versos memorables de un Virgilio que, como el poeta gallego, también iba oscuro bajo la noche solitaria entre las sombras camino del Hades.
Lugares donde se calma el dolor: adviértase que la palabra clave del título no es, en puridad, esos lugares, sino ese dolor infatigable que necesita, a trancos, ser apaciguado. El dolor del vivir, del sentir, del saber (de no saber), el dolor de saborear cada paisaje, cada golpe de viento como un instante, al mismo tiempo, de dicha y de consternación. Y a su vera, siempre, la tentación fáustica: «Oh, párate un segundo, eres tan hermoso». La belleza de lo terrible que el ser humano apenas puede tolerar, la vida como una despedida sin fin. Dolor como sustrato, como hipóstasis esencial del acontecer humano.
Hay que esperar pacientemente hasta casi el final del libro para entender el porqué de este título, hay que visitar con el poeta el Templo de los Lamas, el Palacio de la Armonía y la Paz, en China, asistir a sus reflexiones sobre el budismo para comprender el sentido cabal del libro. La doctrina budista sobre el dolor se superpone a la del propio poeta: «Miro la estatua de Buda Maitreya y pienso que tiene razón. El dolor existe como configuración del mundo, pero nosotros ayudamos a su extensión. Pero suprimir el dolor, prescindiendo de todo, sería como prescindir de la vida misma».
Pero eso, en su laica religión, el poeta prefiere peregrinar a los lugares en que ese dolor inherente al vivir mismo se apacigua, se serena. Lugares ligados a la literatura, al arte, a la historia de la cultura, o lugares modestos, donde no hay nada «para los ojos del turista», pero llenos de memoria (es decir, de espíritu) porque, acaso, allí vivió un poeta y una modesta placa lo recuerda. Asistimos así, a través de los ojos, las lecturas, los amores del poeta a un recorrido por medio mundo que nos lleva al monte Vesubio, las ruinas de Pompeya, la casa de Lampedusa en Palermo, los estudios de Cinecittà, en Roma. En cada etapa, en cada lugar de veneración y culto, se despliega, sin falsa erudición, generalmente, sino como un estrambote necesario, fruto de lecturas y devoción, la glosa que ennoblece y amplía la mirada. En Trieste, de la mano de Claudio Magris (amigo y maestro, pues su Danubio está, sin duda, al fondo, como modelo resonando en este libro), recorremos los pormenores más interesantes de la vida y de la obra, en esta bella ciudad mestiza, de Joyce. Y, al paso, de Rilke, de Svevo. En San Petersburgo y Moscú recuperamos el destino desgraciado de inmensas poetas (Ajmátova, Tsvietáieva) exiliadas dentro o fuera de su propia patria. La arquitectura, la política y los movimientos sociales se trenzan con el dibujo de estas almas muertas, ateridas y heroicas (Mandelstam), una generación «que no conoció la aurora».
Atravesamos, bajo el recuerdo de Andric, el puente sobre el Drina, una y otra vez, guerra tras guerra, y desde su kapia, el corazón mismo del puente centenario, vemos pasar bajo sus aguas generaciones de hombres, ideas, creencias, y aprendemos a no afligirnos en exceso por lo que arrastran sus aguas turbulentas y turbias, descubriendo incluso allí, en el oscuro corazón de las tinieblas balcánicas, que la vida es «un milagro incomprensible».
Capítulo memorable de este centón escrito al vuelo de los viajes es el dedicado a glosar los últimos meses en la vida y la obra de Stefan Zweig, en Petrópolis, al que el poeta defiende de las injustas andanadas con que lo mancilló, en un exceso de judaísmo militante, Hannah Arendt. El poeta glosa con delicada veneración las últimas horas de este judío que nunca quiso serlo, de este burgués perplejo, educado y culto, cuyo suicidio fue una forma pacífica de protesta.
Manhattan, Brooklyn, el final etílico de Dylan Thomas, la lucidez suicida de la ebriedad, Poe, Auden y su genial Universidad de los Poetas, evocada desde la escalinata de Columbia, el Nueva York espectral de los rascacielos y el acogedor del Village y su hotel Chelsea, frente a la inmensidad confuciana de Tiananmen o el caótico y sugerente encanto jainista y multitudinario de Bombay. Religiones, paisajes, poemas, edificios, cementerios, cosas: desde un trocito de piedra, un grabado o una moneda falsa, hasta esa cometa de dragón china desplomada en una playa celta (entrañable siempre cuando se menciona el nombre de Laura, o el de Mercedes); perplejidades, belleza y nostalgia (el dolor del viajero) se suceden, se superponen por mejor decir, en este friso memorable, escrito con fuerza y elegancia, una suerte de arbitraria historia de la literatura universal sobre o detrás de la que van amontonándose paisajes, edificios, ciudades, templos y caminos: encrucijadas.
El final del trayecto, por ahora, culmina en Siria, en la estatua de Simeón el estilita, Simón del desierto, en las ruinas de Palmira, en Damasco, junto a la fuente donde Pablo de Tarso se curó la ceguera de su fanatismo e inventó la religión de Occidente. Al pie del desierto, en el camino de Jerusalén, temiendo y temblando ante el secreto de lo inaccesible.
Y un lema, de Marco Aurelio, que a mi juicio resume este libro en clave de apotegma: «Vive como de viaje». 

01/03/2010

 
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