ARTÍCULO

Luces y sombras en la vida de Emilia Pardo Bazán

 

Conviene empezar por indicar, visto lo afirmado en algunas reseñas, que no es esta ni la primera ni la única biografía de la ilustre autora coruñesa. En este aspecto fue pionera Carmen Bravo Villasante con Vida y obra de Emilia Pardo Bazán (Madrid, Revista de Occidente, 1962), que utilizaba gran cantidad de textos y aportaba mucha información, no siempre citando debidamente las fuentes. Más recientemente ha visto la luz la monumental obra de Pilar Faus, Emilia Pardo Bazán. Su época, su vida, su obra (Coruña, Fundación Barrié, 2003), con una amplísima documentación histórico-social citada de forma académica, pero que en algunos momentos, y ya es difícil, asfixia al personaje. De ambas se nutre en buena parte la obra de Eva Acosta, Emilia Pardo Bazán. La luz en la batalla.
¿Qué aporta esta nueva biografía? Mucha información, la mayor parte conocida, pero presentada ahora de forma asequible a un público amplio, privilegiando desde el principio el aspecto feminista. Sin embargo, los pardobazanistas (que no somos tan pocos como se dice habitualmente al repetir hasta la saciedad un cliché que pudo ser cierto en otros tiempos, pero no hoy) echamos en falta ocasionalmente en algunos aspectos una mayor precisión en los datos y en las fuentes.
Eva Acosta escribe conscientemente una biografía con tintes novelescos. Me adelanto a señalar que el personaje se prestaba a ello y la autora, con gran habilidad, le saca mucho partido a determinados lances de su vida: su carácter batallador, su insaciable curiosidad, sus amoríos o sus polémicas. Así, la biógrafa opta por abrir la obra con un suceso, «Llega la señora», ajeno a la vida de la autora, el llamado por Ricardo Gullón «Auto de fe» del archivo pardobazaniano, dirigido por Carmen Polo en Meirás, que resulta un reclamo muy eficaz para el lector actual. Asimismo, cierra la biografía con otro episodio igualmente imaginado, aquí titulado «La sala de las viudas», que relata la cesión por parte de la hija y la nuera de la escritora de su casa coruñesa en la calle Tabernas para uso de la Real Academia Galega. Dos paradojas más en la vida post mórtem de la escritora. La mujer del dictador destruyó una buena parte del epistolario, que habría iluminado aspectos todavía oscuros de su personalidad y su vida, y dos mujeres, sus únicas descendientes, legaron su casa a los descendientes del regionalismo gallego que con tanta injusticia trató y trata a la escritora.
Más allá de aquel inicio y este cierre, la biografía se estructura en cinco partes: los primeros años, los entusiastas, los decisivos, los gloriosos y los definitivos, jugando hábilmente en cada una de las partes con los títulos de los capítulos, que contienen referencias cinematográficas, literarias o publicitarias explícitas, tales como «Amor y pedagogía», «Tiempo de silencio», «Siempre quedará París», «No digas que fue un sueño», «Gozos y sombras», «Camino de perfección», «Todo por la patria», «Puro teatro» o «La vida va en serio». Ha elegido también con tino y buen gusto algunos pasajes muy significativos de las novelas de la autora para encabezar a modo de pórtico y síntesis los capítulos. Sin embargo, el sistema de citas y de notas –no sé si achacable a la editorial o a la biógrafa– me parece no sólo inadecuado y confuso, sino francamente inmanejable. Además, no parece adecuado referirse a «un estudiante de bachillerato», «un crítico» o «un corresponsal», sin precisar en el cuerpo del relato quiénes eran esos personajes, máxime cuando, como en el primer caso, se trata de alguien tan significativo en la cultura gallega como Ramón Otero Pedrayo, integrante junto a Castelao y Vicente Risco de la Generación Nós, por citar sólo un ejemplo entre muchos.
En otros momentos, pasa de puntillas sobre algunos pasajes de su vida, sobre todo los relacionados con el pensamiento de la autora, aunque intenta siempre explicar convincentemente sus paradojas y contradicciones derivadas de su ortodoxia católica y su libertad en aspectos de su vida sexual o de su manera de entender el mundo femenino. En la bibliografía hay algunos olvidos, porque se ha dejado guiar únicamente por los trabajos cuyos títulos aludían a cuestiones personales. El libro de Porto Ucha sobre la Institución Libre de Enseñanza en Galicia le hubiese sido muy útil para explicar la amistad con González Linares. No explora tampoco suficientemente las relaciones con Cataluña, bastante más amplias. En cambio, se detiene morosamente en las relaciones con Murguía, ya muy conocidas, desde aquel artículo famoso de «Cuentas ajustadas medio cobradas».
Y una última observación: en una biografía marcadamente feminista, la biógrafa no se plantea en ningún momento, a mi modo de ver, una de las mayores paradojas de la vida familiar de doña Emilia. ¿Por qué una ­mujer que luchó toda su vida por ­formarse y por lograr la igualdad en todos los terrenos no se preocupó más de la formación de sus hijas? Doña Emilia habla siempre de los estudios del primogénito, incluso le consulta reiteradamente a su amigo Giner, pero se refiere muy pocas veces a los de Blanca y Carmen. Es, acaso, una más de las contradicciones de la escritora.
Con un lenguaje rico y ágil, esta biografía cumple bien la función de presentar a doña Emilia con el perfil de una mujer extraordinariamente vital, inteligente, trabajadora, independiente y con una infinita curiosidad por todo lo que le rodeaba tanto en la vida cultural como en la vida social, las costumbres, las modas, etc. Y a la vez deja constancia de las dificultades que tuvo que salvar en un mundo manifiestamente masculino. El encontronazo con Leopoldo Alas a partir de los años noventa es sólo un botón de muestra, probablemente el más conocido y relevante, dada la personalidad del crítico asturiano, objeto también recientemente de una monumental biografía escrita por Yvan Lissorgues. También fue problemática su relación con otros contemporáneos, como Menéndez Pelayo, Pereda, Palacio Valdés e incluso el cosmopolita y mujeriego Valera. Sólo Galdós respetó su talento y su amistad más allá del affaire amoroso entre ambos. Igualmente, Lázaro Galdiano y Rubén Darío supieron valorar justamente la personalidad de doña Emilia. Capítulo aparte merecerían las antipatías femeninas de que fue objeto la escritora, fruto muchas veces de pequeñas mezquindades, rencillas o, simplemente, de la envidia ante una personalidad tan irrepetible.
Probablemente el mayor mérito de esta biografía es que en ella, más allá de los datos contrastados o de las meras suposiciones, late con fuerza el pulso de la vida de la escritora coruñesa, gracias a la habilidad de la autora para dejar hablar a doña Emilia, tal como reconocía que había sido su intención primordial en una reciente entrevista. 

 

01/06/2008

 
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