ARTÍCULO

Los vínculos sutiles

Alfaguara, Madrid, 1997
312 págs.
 

La generación de los escritores mexicanos nacidos en la década de los cincuenta puede considerarse como la generación de la transición o de la transitoriedad. En narrativa femenina Carmen Boullosa es tal vez la escritora que mejor ha sabido expresar, desde su imprescindible libro de poemas La salvaja, este estado de transición y de desconcierto, rompiendo la brújula de la historia y la definición de los sexos, que viven en un estado de transitoriedad y de divertida, hermafrodita ambivalencia...

Por su parte, Juan Villoro es, desde hace mucho tiempo, el escritor carismático que necesitaba la mencionada generación para representarla. El Villoro traductor y editor de los Aforismos de Lichtenberg, el autor de libros de relatos, el cronista y el narrador son inseparables. En 1986 publicó Tiempo transcurrido, testimonio de dos décadas marcadas por dos convulsiones: el movimiento estudiantil de 1968 y el terremoto de 1985. Continuador de la tradición de Elena Poniatowska y de Carlos Monsiváis (el Villoro renovador no ha roto nunca con cierta tradición literaria), aquí ha hecho desaparecer la crítica a un orden para testimoniar el vacío y el desorden. Nos encontramos ante una escritura que ha descartado toda utopía y que ha sustituido la crítica por la ironía. Y que, desprovista de pasado y de futuro (es decir, de brújulas o falsas brújulas), mira con desolación y desconsolado afecto (necesidad de afecto) el presente. Juan Villoro ha dejado de interesarse por el alma embrutecida de México. La suya es una atracción esencialmente física.

Materia dispuesta está situada entre dos cataclismos, ambos naturales. El año del terremoto de 1957 nace Mauricio Guardiola, «y con este rumor nació mi historia general del mundo». Historia de un exilio o expulsión del paraíso, puesto que la familia se ve obligada a trasladarse de la colonia Roma a la colonia Terminal Progreso, «la orilla de la nada». Mauricio Guardiola nace en el mismo año en que su padre se licencia en arquitectura. Poco a poco se van convirtiendo en aliados. El padre como protagonista activo, seductor de mujeres embarcado en la tarea de construir edificios que representen un regreso a la verdadera identidad mexicana, identidad que sólo puede definir a través de símbolos retóricos y sin consistencia como la sandía, la calavera o la letra equis. Mauricio vive el entorno y las aventuras amorosas pasivamente. Sólo le interesan los objetos que olvida su padre o que le da el hombre de la basura. Por eso detesta la inútil grandeza del Estadio Azteca como basurero, «y procuraba que mi colección de restos fuera pequeña». Ni siquiera sus tendencias sexuales están definidas. Su mejor amigo es homosexual. Cuando el vulcanizador les muestra su sexo, «Pancho y yo nunca habíamos visto nada más hermoso. Aquella verga nos tenía hipnotizados», pero le atrae asimismo la ropa interior de Rita, la amante de su padre, los pubis femeninos y la belleza melancólica de Verónica, «su falta de tragedia»: se explica así que decida recuperarla.

A diferencia de su padre, Mauricio es un testigo pasivo que asume la realidad, la va absorbiendo, aceptando y comprendiendo: «Durante años mi padre me tuvo cerca, en una proximidad que empezaba a ser excesiva; al irse, confiaba en alguien que ya no existía». Y es una confusión de lenguaje, el de Roberta, lo que cambia su destino: «En su cama de meditación había sido un bulto en busca de sentido, y ahora la vida se ordenaba en su beneficio, todo encajaba en el equívoco de Roberta [...]. Todo era materia dispuesta, su vida se ordenaba con la fuerza reveladora de las confusiones». La fuerza definitiva está representada por el encuentro con Verónica que coincidirá con un nuevo terremoto. Mauricio ha aprendido a vivir en el caos, a aceptarlo; ha podido independizarse de su padre (viril, seductor, suplantador) sin perder su afecto por él. Pues ésta no es una novela de rencor contra el pasado, sino una aceptación de las calamidades del presente.

Precisamente porque no hay rencor ni dogmas que sustituyan a los vacíos dogmas morales de la retórica nacionalista que ha dominado la vida mexicana desde la Revolución y que entró en crisis a través de una serie de cataclismos, Materia dispuesta es una novela llena de humor. Estamos en el reino de los felices infelices y de los infelices felices. Se nos presenta asimismo un México cotidiano no tanto descrito como recreado y reconocible precisamente por lo que tiene de absurdo. El México moderno está representado por la colonia Terminal Progreso, no por inventada menos reconocible. Nos encontramos ante un barrio y una ciudad más vividos que descritos, de ahí los escasos puntos de referencia. Los suficientes para poder exclamar, con uno de los personajes: «¡El caso es consecuente!»

Estamos ante un espectáculo de ruinas y de proyectos fracasados, de apariciones y desapariciones, contemplados por un antihéroe que se considera un desperdicio en un mundo de desperdicios. Del México antiguo solamente quedan las ruinas y el presente es un vertedero. Para el padre, «las ruinas significaban esplendor», mientras que para el hijo, «la ciudad destruida parecía un inmenso pretexto para transformarse en fonda y llenar el aire con nubes de maíz cocido». Y en lugar de los proyectos grandiosos condenados al fracaso de los arquitectos de la escuela mexicana, sí, pero también de los novelistas de la misma escuela, para el narrador, que ahora no es Mauricio sino el dueño absoluto del relato, Juan Villoro, «la misión profunda del documentalista consistía en descubrir las conectivas, los vínculos sutiles [...]. Las cosas están ahí para probar nuestra disponibilidad. Sólo al atento le entregan el relato».

01/03/1998

 
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