ARTÍCULO

Éramos todos tan felices

DVD, Barcelona
202 pp. 14 €
 

Fue la madre de Eduardo Haro Ibars quien, furiosa con ciertas alusiones personales en El desencanto, bautizó a los Panero como la familia Trapp. El apelativo, si bien tiene gracia, no termina de ser válido para una gente como ésta, bregada y bragada, y carente desde luego del más mínimo gesto empalagoso. Pues lo suyo fue, tal y como vimos en El desengaño, una especie de invitación al degüello, tan en desacuerdo con el concepto familiar impoluto que se reclamaba en el franquismo. Y es que, sin la película de marras, rodada cuando todavía el tardofranquismo hacía de las suyas, los Panero no hubieran sido elementos tan «de culto» como lo son en la actualidad. Y aquí cabría dejar aparte al padre, el viejo Leopoldo Panero, causante involuntario de la fama de su prole, más poeta de lo que hoy pudiera parecer, ausente de las antologías, oscurecido en parte por las luces y sombras, provocativas y con olor a escándalo de su descendencia.
De entre ella tal vez sea Leopoldo María, aunque hace años horro de condiciones técnicas imprescindibles para poetizar, pues incluso el ejercicio de la locura requiere de una mecánica, quien más merezca ocupar un lugar al sol poético. Menos espacio se le debe al ecoico Juan Luis, poeta de la experiencia con ínfulas filosóficas, como un Cernuda visto con unos prismáticos puestos del revés. (Cernuda tiene que salir en las exégesis panerianas, porque fue amigo de Leopoldo, compañero suyo de andanzas en Londres, e incluso –esto nos lo cuenta Felicidad Blanc, en evocación difícilmente creíble– amor platónico de la esposa del poeta. Ella cuenta en Espejo de sombras, después de un paseo con Cernuda: «Subo a casa. Soy otra persona, he vuelto a encontrar lo que ha sido siempre el móvil de mi vida, el amor»). Y, finalmente, ni migajas para el mantel de Michi Panero. En realidad nacido José Moisés Santiago, el tercer nombre porque su padre se hallaba escribiendo un poema sobre Santiago Apóstol cuando Felicidad se puso de parto.
Michi Panero: un personaje como tantos, de una bohemia incierta vivida al rebufo de una historia familiar polémica en la España reciente. Aquella herencia de otra, artificiosa e inane, en la que una vez hubo un poeta llamado Leopoldo Panero, hábil en el verso, y potente en el empleo de un concepto enclavado en la «poesía arraigada». Un poeta que va desapareciendo de los manuales al uso, condenado a esa «suerte del balancín» que es la historia de la literatura. Pues bien, si Michi Panero –en circunstancias normales no hubiese dado ni para una mala crónica «rosa», y esto habida cuenta de su matrimonio con una hija de Antonio Molina– no formase parte de semejante diligencia, jamás entraría ni en las notas a pie de página de la literatura. Lo suyo fueron algunos cuentos de los que apenas hay trazas, y crónicas televisivas. Pero si no cuajó como escritor, sí lo hace ahora como personaje, incluso dando título a una novela, la tercera de Miguel Barrero (Oviedo, 1980), titulada precisamente Los últimos días de Michi Panero, encabezado con fortuna aunque no excesivamente original (pues varios son los autores que se han ocupado de las postrimerías de escritores o artistas destacados, o marginales, como es el caso). Al joven autor ovetense conviene concederle audacia o sentido de la oportunidad. Pues, en efecto, los Panero «venden», y cualquiera que haya asistido a un recital o firma de libros de Leopoldo María sabe de qué cosa estamos hablando. Igualmente el escribir de tan llamativa familia ofrece una bibliografía «in crescendo» que aportará material a la novelización: así, al guión de El desencanto se añaden las memorias (conversadas ambas) de Felicidad Blanc y Juan Luis Panero, y las biografías o apuntes biográficos de Leopoldo María, muy interesante la de J. Benito Fernández, autor también de la de Eduardo Haro Ibars, compañero de fatigas y farras del «novísimo» autor de Así se fundó Carnaby Street. Y, como cabría esperar, Miguel Barrero echa mano del relativamente copioso fondo de armario paneriano, lo que reconoce paladinamente al final de su libro, cuando el lector sabe de sobra qué cosa ha sido de Michi en su retorno a la Astorga de casi todos los veranos. Pero se queda sin saber (Barrero no es narrador omnisciente) del final de la historia del joven que se presenta en la ciudad maragata, después de quemar sus naves fascinado por la figura de Michi, a quien había poco menos que entrevisto en Madrid, en la Glorieta de Bilbao, en alguna presentación, siempre entre humo de cigarrillos y copas.
Y aquí se echa en falta un mayor equilibrio entre la razón y la consecuencia, es decir, el presunto «sex appeal» (de los tres hermanos Panero, el mejor dotado físicamente aunque no, ciertamente, como escritor) michipaneriano no termina de verse en la novela de Miguel Barrero. Porque Ricardo, el escritor, por quien iremos sabiendo además las peripecias (propia y ajena), se marcha a Astorga (cambiando el tópico del sujeto que vuelve al punto de partida por quien descubre panorama nuevo) como el que sale de copas. Eso sí, el que hace esto difícilmente describirá su recorrido (salvo que sea Malcolm Lowry) con la exactitud de que hace gala Miguel Barrero (o su personaje, Ricardo) en las páginas con las que echa a andar su novela. Se trata de una descripción de Astorga que ciertamente engancha, y que nos hace pensar que Barrero es autor arriesgado, de puro apostar por el estilo, con limpieza suprema, lo que no es mal punto de partida. Luego las buenas intenciones van enmarañándose, y es que a lo mejor esta perdiz no admite mayores mareos, al menos desde el punto de vista tan aséptico como el que adopta Miguel Barrero. Seguramente Michi Panero, su vida turbulenta, lleva incorporado otro tipo de novela, si no biografía. Una novela que Barrero apenas ha esbozado, perdido en la ganga documental de la que tampoco ha querido abusar quedándose, definitivamente, entre medias. Con estilo estupendo, pero incapaz de cubrir por sí solo todo cuanto la novela (de título tan prometedor) anunciaba.

01/12/2009

 
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