ARTÍCULO

Los secretos de hermutismo

Igitur, Barcelona, 1997
176 págs.
 

Maqroll, ya lo sabemos, es un perdedor. Pero llevémonos la mano al corazón antes de contestar a esta pregunta: ¿Por qué es Maqroll un perdedor? Si alguien lo investiga de una manera endogámica, adentrándose en la saga que le dedica Álvaro Mutis, la cosa resulta muy clara: todo lo que emprende Maqroll está condenado al fracaso. Todo, sí..., excepto la saga que Mutis le dedica. El triunfo de Maqroll no acontece en su propia vida, cuyas peripecias han sido predestinadas al fracaso por el autor de la saga. El triunfo de Maqroll sucede fuera de esa su propia vida de ficción, es más: creo poder afirmar que si no fuera un fracasado, jamás hubiese obtenido esa victoria clamorosa con la que ha ganado, desde el primer momento, el corazón de sus lectores.

La publicación de las Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, en un único tomo, incluyendo a modo de fiel de la balanza La última escala del TrampSteamer, en la que Maqroll sólo interviene como personaje secundario, es una buena ocasión para repasar lo muy poco (sí, muy poco, queridos maqrollianos) que sabemos de él. Sirve también, de paso, para constatar que Mutis es un creador perseverante que cuida los detalles: compárese la página 484 de este tomo con la página 160 de la edición original de Amírbar, y se notará enseguida la supresión de un imposible cruce del canal de Panamá, yendo de Los Ángeles a Buenaventura, ambos puertos del Pacífico. Aunque, eso sí, se ha seguido dejando a orillas de un mar que Mutis adora, el Báltico (pág. 124 de Empresas y tribulaciones..., pág. 22 de la edición original de Ilona llega con la lluvia), a la muy noble y hanseática ciudad de Hamburgo, amurada al caudaloso Elba, que desemboca en el Mar del Norte.

Y repasando ese poco que sabemos de Maqroll, a pesar de la aparente riqueza de incidentes externos que Mutis nos cuenta, de repente se nos figura que el Gaviero tiene mucho de alguien muy conocido. Sí, su vida, como fracaso, recuerda la de Cervantes. Y aquí sería bueno recordar lo que Mutis escribió en un artículo que le pedí, hace años, para Diario 16, y en el que debía hablar de su libro favorito. Mutis eligió nada menos que El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, y entre otras razones con las que explicaba los motivos por los que un libro llegaba a ser nuestro preferido, adujo la siguiente: «El autor del libro», ¡ajá!, «tiene que haberse convertido en un personaje de carne y hueso cuya amistad nos es indispensable. Lo llevamos dentro de nosotros confundido con su obra y desde ella nos habla con una familiaridad inconfundible, necesaria y nunca agotada». Más claro, H2O.

Maqroll es un avatar («reencarnación», según define la Real Academia en su diccionario) de don Miguel de Cervantes. Con la diferencia de que es Cervantes quien escribe El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, mientras Maqroll se sirve de un amanuense de Coello para relatarnos su fracaso. Pero ambos triunfan en su empeño. Lean (o relean) mis queridos maqrollianos la mejor biografía de Cervantes con que contamos hasta la fecha, la de Caravaggio, y vayan anotando las coincidencias con el currículum del Gaviero. Como diría un alemán: «¡Saludos de Plutarco!». Ya saben ustedes, el de las Vidas paralelas.

¿Y por qué un amanuense de Coello, en la tierra caliente de Colombia? Abramos Un bel morir por la página 57 de la edición original, y leamos: «Esa mañana de la tierra caliente emergía, como por milagro, de los días de su infancia [...] ciertos sueños que lo visitaban en alta mar y que, ahora lo sabía, acudían para recordarle su inapelable vínculo con ese paisaje y con la cambiante maravilla con la que solía poblarlo su recuerdo». Y retrocedamos hasta la página 51: «olvidando o, tal vez no queriendo tomar en cuenta, que Maqroll, en sus largos años de andar por mares y puertos como un tránsfuga sin sosiego, había olvidado ese mundo de su infancia». ¿Quién, si no un amanuense de Coello, podría haberle hecho el favor de poner por escrito la memoria de sus desventuras?

Diciembre pasado, en Madrid, en un acto público, Álvaro Mutis habló de su siempre renovada sorpresa al descubrir que los marinos vocacionales provenían del interior de sus países respectivos; que no era nada extraño, sino todo lo contrario, que un marino español vocacional fuese castellano, por ejemplo. Algo de cierto hay en ello, la nostalgia del mar es más insufrible para quienes nacieron lejos de su arrullo. Pero todavía mucho más cierto que eso resulta el hecho de que el pasaporte chipriota de Maqroll, el único pasaporte que se le conoce, es más falso que Judas: Chipre no era Estado soberano in illo tempore, así que difícilmente podía haber expedido pasaportes. ¿Y si no viene de Chipre Maqroll, de dónde viene entonces?

Maqroll tiene mucho de Dalan, del holandés errante, aunque el Gaviero casi nunca navega en alta mar (excepto por aquello que nos cuenta Mutis, pocas veces o casi nunca el mismo Maqroll); y también tiene mucho de Ashaverus, del judío errante, por supuesto que sí, sus trasiegos son más que nada de tierra firme; y también tiene mucho de Lord Jim, aunque alimenta poco el sentimiento de la culpa, más bien el de su impotencia para lograr lo que se propone, una impotencia que pocas veces o casi nunca le resulta imputable. Pero ¿y qué me dicen ustedes de Arturo Cova, el protagonista de La vorágine (1924)?: «Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia». De Arturo Cova sabemos, por la última frase de esa novela genesíaca de la literatura colombiana contemporánea, que a él y a sus compañeros «¡Los devoró la selva!». Maqroll, releído al alimón con El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y La vorágine, nos propone un enrevesado acertijo cuya ¿única? solución ¿quizás? tan sólo la conozca ¿Álvaro Mutis?

Pero con Álvaro Mutis se nos plantea el insoluble problema que también arroja la dicotomía entre la personalidad y la obra de Federico García Lorca. ¿Cómo es posible que García Lorca, ese ser divertido, bromista, cachondo, lleno de un buen humor del que todos quienes lo conocieron se hacen lenguas, sea el autor de una obra más bien horripilante, en la que el humor no es que brille, es que deslumbra por su ausencia? Y ahora viene la retórica repetición de la pregunta: ¿Cómo puede ser posible que Álvaro Mutis, ese cronopio inefable, irrepetible, pletórico de vida y de una juventud que es en él más que nunca un divino tesoro, sea el creador de ese atormentado y murrioso Maqroll, a quien sólo cabe desearle que la próxima empresa le salga todavía peor, para ver cómo su mecenas de Coello lo saca del apuro? ¿No será que Mutis tiene un acuerdo secreto con una compañía de seguros, para que el pararrayos Maqroll lo preserve de toda catástrofe? Si es así, y así lo creo, concluyamos aquí con un convencidísimo «Amén».

01/04/1998

 
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