ARTÍCULO

La cultura del salón

Península, Barcelona, 1998
Trad. de José LuisGil Aristu
268 págs.
 

Contra lo que podría sugerir el subtítulo, este libro no es ni una evocación nostálgica ni una teoría sobre el modo de argumentar femenino, sino simplemente una historia de los salones literarios. Aunque no se ha de buscar en él un estudio detallado de los salones, ni un análisis de sus bases sociales, filosóficas o políticas; el libro ignora, quizá a propósito, los estudios innovadores aparecidos en EEUU desde los años ochenta y orilla la relación entre el salón y el sentimentalismo del siglo XVIII . Pero, en cualquier caso, se trata de una magnífica obra divulgativa para iniciarse en la cultura del salón, para entender a grandes rasgos lo que significaron aquellas reuniones que se han quedado en mera ambientación para películas de época.

La historia que nos cuenta la autora comienza en el Renacimiento, se esboza en el siglo XVII francés y culmina en los salones ilustrados del XVIII en Francia y en los salones judíos berlineses románticos del XIX . En estos dos últimos siglos se centra la mayor parte del libro. Pero ante todo: ¿qué es un salón? «En el sentido más amplio, el salón representa una forma de sociabilidad libre de fines y trabas, cuyo punto de materialización es una mujer [...] Los une la conversación sobre temas literarios, filosóficos o políticos; la conversación como arte selecto de sociabilidad, pero que nunca versa sobre contenidos que traten del arte por el arte, alejados del espíritu del momento –y de los problemas derivados de él–» (pág. 16). Libertad y tolerancia, por un lado, y la conversación como forma de sociabilidad, por otro, son los dos polos entre los cuales se estructura el estudio de Heyden-Rynsch.

La autora recalca en varios lugares que el salón es un espacio social indiferenciado donde se garantiza la tolerancia y la falta de prejuicios. En ese espacio se encuentran la nobleza, la alta burguesía, los artistas, las mujeres, y todos con el mismo derecho a la palabra. Sobre el salón de Madame de Tencin dice Marivaux: «En su casa no había diferencias: todo el mundo dejaba de lado la importancia que le competía en otras circunstancias» (pág. 68). Capas sociales diferentes, voces distintas, argumentos contrapuestos... y todo ello aunado bajo la égida de una mujer. Por eso Heyden-Rynsch piensa que los salones son la «recuperación» de un matriarcado que permite intercambios y discusiones mucho más abiertas. Según la autora, el salón es la corte de una reina, el lugar donde una mujer ejerce su poder, y desde este punto de vista, el lugar del poder de la razón femenina. Se esté o no de acuerdo con la autora en este punto, lo cierto es que ello no tiene que condicionar el valor de su estudio histórico.

Pero no es sólo la tolerancia lo que distingue al salón, sino también la conversación que en él se desarrolla, cuya característica es no tener una conclusión en vistas: no existe el imperativo de llegar a un acuerdo que cierre de modo definitivo el diálogo. Así, aunque siempre se discuten temas candentes, se habla por el gusto de hablar, por el placer de conversar sobre cuestiones que inquietan. Esto implica, como señala la autora, el primer riesgo de los salones: el conversar sin decir nada (pág. 38), el caer en la préciosité, en el afinar las palabras y la retórica tan sólo para destacar. Este peligro siempre se bordea en el salón, puesto que en él la palabra aparece porque place decirla y oírla (no es esa reflexión filosófica donde la palabra es sólo un instrumento inevitable). El salón tiene que ver con el gusto que da hablar y escuchar, y en él cada uno es tolerante, no sólo para proteger su palabra, sino por el placer de escuchar al que dice cosas distintas. No es esta la peor forma de establecer la tolerancia: no como un código que distinga lo tolerable de lo que no lo es, sino como un tratado de urbanidad (según la autora: de cortesía en el siglo XVII , de urbanidad en el XVIII ) que establece modos de comportamiento.

La muerte del salón comienza cuando en la conversación se plantea un objetivo más allá del mero gusto por la conversación. Se lamenta HeydenRynsch de que, desde mediados del siglo XIX , la conversación del salón deje paso a la concepción actual del diálogo. Nuestro diálogo persigue un propósito, odia el conflicto y ha perdido el arte de escuchar, en beneficio de un consenso final más estimable que el diálogo mismo. Esto coincide, según la autora, con el momento en que la mujer deja de ser mera organizadora del salón y participa en él como una dura interlocutora de carácter casi profesional (pág. 167): cuando la salonnière es sustituida por la sufragista o por la feminista comprometida.

Tengo mis dudas de que este cambio de papel de la mujer sea la causa principal de la desaparición del salón. Pero estoy de acuerdo con la autora en que en el siglo XIX , cuando el salón deja de ser un ámbito de libertad, de sociabilidad sin trabas, y se convierte en una herramienta para conseguir la libertad, la conversación comienza a agonizar. A partir de entonces la libertad queda definida no en el proceder del salón, sino antes de entrar en él. De este modo, «el principio de la igualdad espiritual, fundamento de los salones, fue sustituido por «la gruta de los misterios» y suplantado por la «comunidad cultural». Un idealismo exagerado, unido a la exigencia de adhesión ciega, aportó un toque de intolerancia y disolvió los axiomas de la sociabilidad del salón. «La libertad quedó oscurecida por las pretensiones de autoridad» (pág. 169).

Heyden-Rynsch nos recuerda que el atender a esas formas de sociabilidad perdidas puede darnos útiles a la hora de dar cuenta de nuestro presente. Y no es mérito pequeño el hacerlo con un libro que ofrece al mismo tiempo una lectura entretenida y un contenido riguroso.

01/02/1999

 
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