ARTÍCULO

La movilización del requeté

Biblioteca Nueva/Instituto de Historia Social Valentín de Foronda, Madrid, 1998
478 págs. 3.500 ptas.
 

Un requeté encaraba con ánimos la jornada electoral de febrero del 36: «Mañana buen programa, misa, voto y puntería». El 23 de agosto de 1936 fue paseada en solemne procesión la imagen de Santa María la Real por las calles de Pamplona, escoltada por pelayos, balillas, batallones del Requeté, la Curia en pleno, innumerables órdenes religiosas..., y coreada por gritos de «¡Pamplona por Santa María!», «¡Navarra por Santa María!», «¡España por Santa María!». Un testigo rememora cómo en la columna del tercio que salía el 19 de julio con dirección a Madrid «se cantaba como en San Fermín, se bebía como en San Fermín», prolongándose con toda naturalidad el riau-riau de dos semanas antes.

Este escenario, tan próximo en el tiempo histórico (nos lo pueden describir nuestros padres y abuelos) y tan remoto del nuestro en las mentalidades y comportamientos políticos y culturales es el objeto del estudio de Javier Ugarte. El autor rastrea los orígenes de nuestra guerra civil centrándose en los apoyos de masas a la insurgencia antirepublicana allá donde más evidentes fueron, en Navarra y Álava. El libro comienza con un espléndido flash microhistórico sobre la movilización en un pueblo de la Rioja alavesa llamado Salinillas, describiendo tanto la lógica interna de una comunidad, como la repercusión en ella de unos acontecimientos exteriores que los vecinos conocían por la radio, por El Debate, el Diario de Navarra, los discursos de Gil Robles... La comunidad en cuestión se divide en bandos de lealtades más personales que políticas; por ejemplo, el alcalde del pueblo, republicano radical y gran propietario, ante la marea tradicionalista, se apresura a sacarse el carnet de Falange en Pamplona, para conservar (como en efecto consiguió) su capacidad de mediación y su estatus en el futuro. El propósito del autor es utilizar un momento excepcional, el comienzo de la movilización y de la guerra, también ilustrado con informaciones sobre Labastida y Miranda de Ebro, para «indagar en el modo en que aquellas gentes comprendían su universo y lo construían...» (pág. 37).

Para explicar y comprender la movilización de masas en Navarra y Álava no basta con el análisis político: en ambas provincias se manifiesta la adaptación de un «pathos mal avenido con la modernidad» al proyecto contrarrevolucionario de los insurgentes, de modo que es preciso abordar el análisis concreto de la realidad social, rural y urbana, el «horizonte de experiencia», las solidaridades e identidades locales, las tradiciones de autorrepresentación colectiva..., e incluso llegar a hacer «una cierta indagación antropológica (que no una antropología) de la guerra civil de 1936» (pág. 371), integrando las perspectivas teóricas y metodológicas para vincular el tiempo corto de las primeras semanas, espacio cronológico de este relato, con el tiempo largo de las tradiciones culturales.

La construcción del relato de Javier Ugarte recuerda la máxima de Droysen en su Historik: «comprender investigando» (forschend zu verstehen). A lo largo de sus páginas percibimos cómo el proceso de investigación ha ido determinando la selección de los instrumentos metodológicos, plurales y al mismo tiempo subordinados a la comprensión histórica. La indagación, que comenzó como una tesis doctoral dirigida por Juan Pablo Fusi (1995), se fue ampliando y reformulando al incorporar las tendencias más renovadoras de la historiografía reciente. El autor declara que «una inquietud del ámbito de la política» le condujo a «un planteamiento de historia social y, finalmente, hacia una indagación antropológica». El análisis de los fundamentos sociales y culturales del tradicionalismo se hace, de la mano de Norbert Elias, entendiendo que una cultura no prefigura una ideología, pero que «cualquier ideología propuesta a un colectivo deberá contar con aquella cultura» (pág. 230). Las propuestas metodológicas de Ugarte tienen más de un punto en común con los estudiosos alemanes de la «historia de lo cotidiano» (Alltagsgeschichte), que han incorporado a la investigación histórica aportaciones de la antropología (como la descripción densa o la observación participante). La Alltagsgeschichte no ve individuos pasivos reaccionando ante impulsos económicos o políticos provenientes del exterior, sino «gente corriente» que actúa en función de su representación del mundo, de sus «espacios de experiencia» individuales y colectivos.

Al cabo, se impone el oficio de historiador y Ugarte evita el riesgo de que su objeto histórico se disuelva en la antropología o en las generalizaciones de la sociología comparada. Utiliza el principio metodológico de la «descripción densa» (thick description), pero sin llegar como propone Geertz a asumir el punto de vista del «nativo» (carlista, en este caso) y sobre todo, sin retroceder, bajo el manto de la posmodernidad, a los viejos paradigmas historiográficos que suponían que sólo se puede comprender cada época desde el interior de sus propias categorías. Prueba de ello es la atención especial que presta a la comparación de la movilización tradicionalista española con ciertos fenómenos europeos de los años veinte y treinta, como los arditi italianos, los Freikorps alemanes, la Heimwehr austríaca, la Croix de Fer francesa o la Gardâ de Fier rumana. El caso español no sería, al fin y al cabo, tan peculiar ni tan distinto del europeo. Tales son las claves teóricas y metodológicas que alimentan las interpretaciones de Ugarte sobre un ingente material documental, escrito y oral (más de cien entrevistas) minuciosamente recogido. El resultado es un excelente ejemplo de una vía no muy transitada entre nosotros, la de una historia sociocultural; también es, simplemente, uno de los mejores libros de historia publicados recientemente.

Pamplona y el conjunto de Navarra son un observatorio privilegiado, pues allí se encontraba la cabeza de la conspiración (Mola) y la mayor disponibilidad para la movilización civil de masas de apoyo. La primera parte del libro describe con todo detalle los primeros contactos entre los dirigentes militares y civiles, el pulso entablado entre dos proyectos distintos pero que se necesitan mutuamente; el autor abordará luego, desde abajo, los mecanismos y formas de movilización de las bases carlistas. En los primeros momentos de la sublevación se encuentra el mejor escenario para explicar la acción política del establishment. Este concepto sustituye aquí a otros más simples o gastados (como los de clase dominante, bloque de poder, clases acomodadas, elites, alta burguesía...), y define a «un colectivo heterogéneo pero compacto de gentes de estatus diverso surgido al calor del estado y del proceso industrializador y urbanizador de fines del XIX , cuyo referente era el mundo distinguido y aristocratizante de la Restauración». Este mundo conservador percibe con alarma la evolución política republicana y ello le lleva a impulsar el asalto a la democracia y de quiebra constitucional. Estas «elites heterogéneas», articuladas sobre unas tupidas redes de intereses (militares, Iglesia, CEDA, Renovación Española...) buscan, como en Europa, el apoyo de partidos «movimentistas» (De Felice) o partidos «milicia» (E. Gentile), en este caso un carlismo que, lejos de ser un arcaísmo pintoresco, está perfectamente adaptado a su tiempo.

Ambos ingredientes, elites y partidos, alumbraron los fascismos en la Europa de entreguerras, con el objetivo común de eliminar el movimiento obrero organizado, liquidar la democracia liberal y crear un estado corporativo. Pero si en Alemania el bloque conservador militar (Schleicher, Von Papen) no consiguió utilizar y domesticar al partido nazi, en España la pugna se resolvió a favor del ejército y del establishment. Ugarte atiende a la «tensa dinámica negociadora» inicial entre militares y carlistas, ya descrita por Aróstegui o Blinkhorn, pero añade un minucioso seguimiento de los acontecimientos: al no aceptar Mola el programa carlista más ideológico y político de Fal Conde, son otros dirigentes carlistas, más vinculados a las redes del establishment y vértices de «una red piramidal de lealtades personales», los que inclinan la balanza del lado de los militares. Este papel corresponde a personajes como el conde de Rodezno, José María Oriol en Álava, José María Berasaín (director del Banco de Bilbao en Pamplona), Raimundo García desde la dirección del Diario de Navarra..., con el resultado de que los generales y los sectores conservadores conquistan la hegemonía de la coalición, condicionando así desde el principio el futuro desarrollo del régimen franquista.

A continuación el autor dirige la mirada hacia la «gente corriente» que se moviliza masivamente en Álava y Navarra, siguiendo las órdenes emitidas desde las capitales. El relato se construye como un viaje por la geografía de la movilización, salpicada de ejemplos detallados (Tudela, Tafalla, Artajona, Labastida, Laguardia...). Nos descubre las redes familiares, sociales y comunitarias que se extienden a las capitales a través de variopintos emisarios que transmiten por campos y tabernas las decisiones políticas. No eran tanto mecanismos políticos u organizativos los que movilizaban a los individuos, sino «la relación fluida que existía entre la ciudad y el campo en aquella sociedad, sobre la base de una red clientelar que contaba como elemento fundamental a la clase media que actuaba como puente entre los estratos altos del establishment y las comunidades en las que un abigarrado haz de hilos vinculaba al individuo a aquella red» (pág. 116). La proyección comparativa con Europa ofrece un contraste significativo: si en el caso de los arditi italianos, Freikorps alemanes, etc., el análisis social ha insistido en relacionar la disposición para la movilización con la falta de vínculos comunitarios, con la alienación o atomización en una sociedad de masas «anónima», Ugarte comprueba que es la propia fortaleza de los lazos comunitarios lo que explica la configuración y movilización del Requeté.

El autor explica esta movilización desde los parámetros de una historia sociocultural y antropológica,atendiendo sobre todo a las «estructuras significativas» que ordenan las experiencias y el comportamiento de la gente, a sus formas de sociabilidad y de vida cotidiana, a sus tradiciones y referentes simbólicos. La descripción del ambiente en Pamplona, por donde pasan el 19 de julio casi todos los navarros movilizados (un 10% de la población total), mientras los militares van diseñando sus planes para disciplinar ideológica y organizativamente a semejante marea tradicionalista, tiene un indudable vigor histórico y literario. La ciudad, escenario de fiesta, comunión, exaltación, peregrinación, liturgia... acoge a la aldea (como en los sanfermines), disuelta ya la antigua polarización liberal/carlista entre lo urbano y lo rural. En Vitoria, por las mismas fechas, los ciudadanos desfilaban por la calle Dato con menos entusiasmo, con más tibieza o apatía y no sin algunas muestras de tensión. Para comprender esta diferencia de comportamiento, Ugarte nos ofrece sendas monografías de historia social y cultural urbana sobre ambas ciudades; en Pamplona («noble y gallarda») la modernización mantuvo muchos elementos tradicionales, o fue orientada desde ellos, lo cual se refleja tanto en la morfología urbana como en las mentalidades, y Vitoria, en cambio, construyó su identidad de modo más acorde con modelos progresivos y cosmopolitas.

Pamplona y Navarra vuelven al primer plano de la narración ya como «la nueva Covadonga» (un título acertado desde el punto de vista del contenido, pero quizás insuficiente para que el lector capte la complejidad del análisis histórico que propone). Ugarte desmenuza la alianza entre el «ethos local» y el proyecto autoritario, la fusión entre el elitismo conservador autoritario y el utopismo retrospectivo del ideal carlista; repasa la creación, en enero del 36, del «batallón sagrado», el ejemplo más acabado de organización paramilitar en la España anterior a la guerra, y nos muestra cómo los militares van desactivando el potencial político y militar del Requeté navarro privándolo de sus mandos naturales y diseminándolo en las unidades del ejército regular.

En la recta final se proponen elementos para una comprensión cultural de la guerra civil, reformulando, a partir de percepciones de la propia época, la utilidad inicial que para los sublevados tuvo la visión de la guerra como una rebelión de las provincias contra una capital, Madrid, laica, extranjerizante, republicana y socialista, a la que había que redimir; el panhispanismo navarro sería comparable en este punto al pangermanismo bávaro. Aquí prima la óptica sociocultural y la indagación antropológica sobre símbolos y mentalidades, pero inscrita en la historia concreta del territorio navarro-alavés.

El libro, en resumen, es el resultado de un ingente trabajo de documentación y de reflexión teórica, y su autor se beneficia de la riqueza de un pluralismo metodológico dominado, no obstante, por la historia como disciplina conductora. Así consigue explicar lo que parecía excepcional o pintoresco (ver las páginas dedicadas a «la partida de Barandalla») y utiliza con maestría el microscopio sin perder de vista los grandes procesos históricos, pues, en definitiva, y como escribe en las últimas líneas, el propósito de su trabajo era «repensar la historia reciente de España».

01/06/1999

 
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