ARTÍCULO

Todas las heridas

Lumen, Barcelona, 636 págs.
Trad. de Jordi Fibla, Celia Filipetto, Carme Franci e Isabel Núñez
 

«La señora de Ernst Weldon iba de un lado a otro de la ordenada sala de estar, dándole algunos leves toques femeninos, actividad para la que no estaba especialmente dotada. La idea era bonita y le atraía. Antes de casarse había soñado con que deambulaba lentamente por su nueva vivienda, aquí moviendo un jarrón, allí enderezando una flor, transformando así la casa en un hogar. Incluso ahora, al cabo de siete años de matrimonio, le gustaba imaginarse en esa agradable ocupación». Con estas palabras nos introduce a la señora Weldon el narrador de «¡Qué lástima!», uno de los tres primeros, y acaso mejores, relatos de Dorothy Parker. La historia de la protagonista, la delicada señora Weldon, es la de todos los que no acaban de encontrar su sitio. Cada día intenta abrirse y redescubrir el mundo, poner un atisbo de creatividad en lo que hace, sorprenderse ante las cosas que ama y desearía compartir con su marido. Pero la realidad se empeña en cerrarse sobre sí misma. En un movimiento centrípeto, todo cuanto les rodea, todo aquello que debería constituirse como nexo de unión entre ambos, se transforma ante sus ojos en algo cada vez más opaco e impenetrable. «Pero, aunque lo intentaba concienzudamente cada noche, en cuanto se encendían las lámparas con pantallas de color de rosa, nunca sabía muy bien cómo realizar esos pequeños milagros que cambian radicalmente el aspecto de una habitación». Con una vida brillante de puertas afuera, capaz de moverse con naturalidad en la superficie de las relaciones sociales, la señora Weldon descubre poco a poco hasta qué punto desconoce precisamente su hogar, su alma, aquello que le incumbe más íntimamente. Mientras los demás creen que su vida y su matrimonio discurren por una senda de normalidad, por debajo de las apariencias los personajes de la Parker viven instalados en el vacío, el desafecto y el miedo. Incapaces de superar ni soportar el hermetismo del mundo, el señor y la señora Weldon (por Well-done, que significa «bien hecho») deciden separarse.

El universo poético de Dorothy Parker, al que por fin tenemos un acceso definitivo los lectores españoles gracias a esta edición de Lumen que recoge el conjunto de sus relatos y narraciones breves ordenados cronológicamente, se estructura en torno a estos movimientos interiores o límites que en realidad son más contradictorios, y desde luego más complejos, de lo que a simple vista podría parecer. La Parker ha proyectado siempre una imagen de escritora satírica especializada en una crítica social un tanto despiadada y a la vez facilona, una especie de niña terrible con frecuencia arbitraria, capaz de amedrentar a cualquiera con una obra que proyecta hacia todas las direcciones una letanía de dardos envenenados. De hecho, resulta sorprendente que el prólogo y epílogo de esta edición no se desmarquen claramente de esta visión tópica y a la postre falsa de la que es sin duda una de las más grandes escritoras de entreguerras, un talento literario comparable a cualquiera y emparentado estrechamente con autores tan decisivos como Joyce, Döblin o Svevo.

La lectura pausada de este volumen nos ofrece una cierta explicación del porqué de ese desequilibrio crítico a la hora de valorar un legado literario extraordinario. Me refiero a la coexistencia de dos tipos de relatos completamente diferentes, tanto en su diseño e inspiración como en su efectiva ejecución. Los primeros, entre los que se encuentra el mencionado «¡Qué lástima!» y en general los relatos más extensos (entre otros «Qué bonita estampa», «El señor Durant», «El pequeño Curtis», «Una rubia imponente», «El encantador anciano caballero», «La calma antes de la tempestad» o «El banquete de sapos») son narraciones en las que se superponen armoniosamente diversos planos de significación. Textos artísticamente ponderados, fruto casi siempre de muchos meses de intenso trabajo de poda, en ellos lo autobiográfico se proyecta sobre la reflexión poética y lo narrativo desvela de forma natural una antropología lúcida y penetrante. Estos escritos reflejan en primer término los ecos de una existencia desgarrada y se dirigen, como la mejor literatura, a ahondar en las heridas de la propia escritora.

Dorothy Parker había hecho sus primeras armas después de la guerra de 1914 en un contexto de crisis que no impidió, sin embargo, una renovación radical de los planteamientos literarios a ambos lados del Atlántico. De la mano de algunos talentos de la talla de Mencken, Georges Jean Nathan o Ezra Pound (no se olvide que sus tres primeras novelas se publicaron en la mítica revista The Smart Set), la Parker se había lanzado al ruedo literario, como muestra también su espléndida poesía de entonces, con la ambición y acierto de los más grandes.

Pero la gran dama neoyorquina que ahogaba sus penas en alcohol, la sacerdotisa del Hotel Algonquin rodeada siempre de escritores de segunda fila que apenas han dejado una sola obra de verdadera valía, acabó representando a la perfección el papel de femme fatale, de mujer inteligente y urbanita siempre dispuesta a la ocurrencia y la polémica. Esa otra carrera periodística, política y a la postre pseudoliteraria, se basaba, en cambio, en lo que Josep Pla llamó la industrialización de la intuición. El eje de este segundo movimiento era la revista The New Yorker, en cuyas páginas Dorothy Parker publicó varias docenas de relatos muy inferiores a los señalados anteriormente. Entre ellos hay algunas piezas que muchos consideran brillantes e incluso geniales (por ejemplo, «Altas horas de la madrugada» o «Diálogo a las tres de la mañana»): le resta al lector juzgar por comparación, después de leer el volumen, la virtualidad de este pequeño aviso crítico.

01/02/2004

 
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