ARTÍCULO

Picaresca

Premio Biblioteca Breve Seix Barral, Barcelona
291 págs. 17 €
 


Juan Bonilla (Jerez, 1966) suscitó el interés de la crítica y los lectores con su primera novela, Nadie conoce a nadie (1996), y de inmediato la obra fue llevada al cine. En ella mostraba el autor una capacidad notable para contar con gran habilidad, para conjuntar la estructura y la trama y para dosificar la intriga; pero también unos defectos que afectaban al propio discurso narrativo, como la desmesura en el juego artificioso de ocurrencias triviales y las incorrecciones lingüísticas.

Poco ha cambiado su escritura desde entonces, pues las mismas virtudes y los mismos defectos se vuelven a repetir en esta su tercera novela. Los príncipes nubios –también en primera persona, aunque de estructura menos compleja– confirma que Juan Bonilla sabe contar desde la voz de su protagonista y dar a la trama una forma compacta mediante el recurso de la suspensión; pero al tiempo, se resiente por unas incorrecciones sintácticas similares, por el abuso de conectores de uso coloquial –por ejemplo, así que, en esas estaba, la verdad es que, o lo cierto es que– y por la tendencia a desbordar la narración con anécdotas, juegos verbales y digresiones prescindibles.

Consideraciones previas aparte, esta novela de Bonilla permite un análisis crítico y una consiguiente valoración que pueden inferirse con facilidad de la interpretación y del tratamiento narrativo de su contenido. Por un lado, desarrolla una historia sórdida, a la que el novelista pretende dulcificar con una pizca de ternura y otro poco de humor e ironía, sobre la inmigración y la explotación humana, motivo de vigente actualidad y de enorme eficacia para construir una ficción testimonial de nuestro tiempo.

El personaje narra su peripecia reciente –confiesa que le aburren los relatos que bucean en la memoria de la infancia, pero no tiene reparos a acudir a ella cuando le place– desde que, a raíz de un impulso inconsciente que le lleva a Bolivia como artista solidario en las filas de una ONG, se introduce en el Club Olimpo, una organización dedicada a «salvar vidas». Su cometido desde ese momento consiste en reclutar mujeres y hombres jóvenes, de belleza y envergadura sorprendentes, y «liberarlos» de la extrema pobreza de sus lugares de origen –Hispanoamérica y África– o de su ilegalidad de inmigrantes arribados a las costas españolas, a costa de su comercio y explotación sexual en una red internacional de prostitución de lujo.

Así transcurren para Moisés Froissard algunos años de aprendizaje delictivo con viajes muy provechosos, negocios clandestinos bien remunerados y experiencias personales abiertas a todo tipo de sensaciones. Y de repente, cuando su jefa del Club le encarga la búsqueda en Málaga de un inmigrante sudanés –uno de los dos «príncipes nubios»–, la novela se concentra en un relato de intriga y suspensión, de acciones violentas y ambientes marginales, de contrastes entre la lealtad y la traición, entre los sentimientos y la degradación, que, no obstante, se interrumpe a veces con digresiones gratuitas sobre su familia o la necesidad de un narrador omnisciente y culmina en un desenlace previsible.

Esta es la historia, una acción que recoge, por otra parte, influencias de la novela y el cine norteamericanos, no sólo en la recreación de los ambientes de penumbra urbana, sino también en el tratamiento ambiguo del personaje, despojado de toda implicación ética o moral en un contexto frío y calculador, y en el recurso a la primera persona para dar verosimilitud a la trama y testimonio de la actualidad. Y aquí, creemos, se encuentra otra de las ambigüedades de la novela, pues su sentido no deriva del testimonio social crítico que denuncia la situación injusta de la inmigración y la posterior explotación de los ilegales, aunque así lo parezca a primera vista. Bonilla no escribe las andanzas de su personaje desde el compromiso ético y social de la literatura, sino desde la actitud posmoderna neutra que simplemente aprovecha materiales de actualidad, más aún si tienen carácter tremendista, para construir un mundo novelesco semejante al periodístico.

Todo en la novela, en efecto, está configurado con el estilo del reportero que busca el acercamiento al lector. Así, se elige un asunto que preocupa al ciudadano, y con seguridad pueda remover sus sentimientos de solidaridad o indignación, y se presenta al lector en un molde similar a los reportajes de investigación, tan de moda hoy. Como en los reportajes, se le concede la voz al principal actor y testigo para que, convertido en protagonista y narrador de primera mano, hable dirigiéndose con frecuencia al lector y le cuente sus andanzas con unas fórmulas y un desparpajo propios de la comunicación coloquial. Por último, y esto es importante para la interpretación del sentido de la novela, el discurso reincide en esa meta de acercamiento al lector, ya que el personaje habla de la inmigración y del comercio humano con el mismo tono, y acaso la misma frivolidad, con los que da noticias del concurso de miss universo, del campeonato de liga o de la fiesta de los oscar.

La conclusión es esta: Juan Bonilla ha dejado en Los príncipes nubios una muestra de la narrativa comercial más al uso, aquella que se escribe con oficio y habilidad y cuenta unas aventuras urbanas que se sitúan fuera de los límites establecidos, con el único objetivo de proporcionar unas pequeñas dosis de truculencia que impresionen por su tema, pero que no causen desasosiego por su modo de narrar.

01/04/2003

 
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