ARTÍCULO

Los premios Ig(n) Nobel

Ediciones B, Barcelona
Trad. de Beatriz Iglesias
432 pp. 17,50 €
 

Una de las sorpresas que deparan los viajes es el descubrimiento de autores apreciadísimos en un país y desconocidos fuera. Son autores que responden a idiosincrasias locales o se complacen en las peculiaridades de su idioma, por lo que no es extraño que abunden sobre todo entre los humoristas. Como su exportación es una prueba olímpica para traductores y exégetas, parece lógico que se limite a las grandes cumbres, como Quevedo en España, y lleguen a pocos lectores. No extraña que no se haya traducido al inlgés nada de Pedro Muñoz Seca o de Enrique Jardiel Poncela.
Estados Unidos es rico en humoristas y casi tan variado en sus estilos como las oleadas de los inmigrantes que forman el país. Un estilo bastante característico, de aire escolar y juvenil, puede estar representado por las revistas Mad y Harvard Lampoon. Ese estilo y la tradición de humor judío de Nueva Inglaterra se mezclaban en el Journal of Irreproducible Results, una parodia de revista científica que se publicó durante casi toda la segunda mitad del siglo XX . En ella se señalaba el aspecto estrambótico de algunas monografías científicas, se escribían otras falsas que satirizaban a las verdaderas o se interpretaban de modo extravagante fotografías y otros documentos científicos. Marc Abrahams, el autor de este libro, sigue la corriente con su revista Annals of Improbable Results y la entrega anual de los Ig Nobel Prizes, que me permitiré traducir por Premios Innobel para no tener que buscar pastillas que suavicen la garganta.
Casi todo el libro se dedica a describir los méritos de 72 Premios Innobel, de los 128 concedidos de 1991 a 2002.Entran en consideración trabajos verdaderos y documentados «que no se pueden o no se deben reproducir» y se premia al que sea «torpe y mueva a pensar». El criterio de irreproducibilidad, si realmente se aplicara, excluiría a todos los trabajos científicos, que siguen precisamente el criterio opuesto, pero hay lugar para la ambigüedad que necesita el humor. Como los premios Nobel, los Innobel no se limitan a la ciencia, ya que los hay de Literatura, Paz, Economía y aun otras disciplinas esporádicas.
Una fiesta en un teatro con ambiente de juerga puede ser muy divertida e imagino que lo serán las de entrega de los premios Innobel; contribuí a una en que Max Delbrück y otros científicos famosos, representados por sí mismos o por sosias, aparecían como Caballeros de la Mesa Redonda y disputaban en versos macarrónicos. El problema es que esas juergas dejan de tener gracia cuando se salen de su ambiente. Leído en frío, el libro no me arrancó ninguna carcajada, sino alguna que otra deformación asimétrica de las mandíbulas. Tengo amigos que podrían morir de risa con él, aunque para eso ni siquiera hay que leer: el Parlamento andaluz alcanzó su mayor gloria internacional con un ataque colectivo de risa tonta, tras un debate inacabable en que se dilucidaba si se convocaban o no elecciones anticipadas.
No se espere humor inglés o humor surrealista. Ni siquiera se debe esperar humor, porque muchas veces se premia la mera incompetencia y otras, resultados bastante normales que resultan estrafalarios cuando se sacan de contexto. La historia de la ciencia es la historia de la curiosidad humana, que no conoce límites, ni debe conocerlos. Afortunadamente, hace mucho que la ciencia dejó atrás la maldición talmúdica: «Al que se pregunta / lo que hay arriba / lo que hay abajo / lo que había antes / lo que habrá después / más le valiera / no haber sido creado».
Abundan los premios de temas «verdes», «marrones» y «negros» y algunos presentan dos o tres de estos colores a la vez. Uno de los platos fuertes, por ejemplo, es una lista de objetos extraídos del recto de diversas personas; nunca hubiera imaginado unas retrotragaderas tan grandes. En la misma vena, la transmisión de la gonorrea por muñeca hinchable o la visualización del acto sexual por resonancia magnética.
Algunas veces se trata de resultados infiables que no consiguieron ser publicados en las revistas rigurosas o lo fueron en revistas famosas que no desdeñan el sensacionalismo, como Nature. Entre ellos está la memoria del agua, que se supone que recuerda la presencia de compuestos químicos completamente eliminados por dilución, y la fusión fría biológica, que permite a las gallinas, por ejemplo, obtener calcio fusionando un átomo de potasio con uno de hidrógeno.
Las oficinas de patentes ofrecen una cantera provechosa. Para evitar que te roben el coche contigo dentro, nada mejor que instalar unos lanzallamas que flameen al chorizo. Los políticos no se escapan: dieron un Premio Innobel de Psicología a Lee Kuan Yew, presidente de Singapur, por prohibir el chicle, y uno de la Paz a Jacques Chirac por probar bombas atómicas. Tampoco falta el clero: la Iglesia Baptista del sur de Alabama calculó el número exacto de los alabameños que irán al infierno. Como cabía esperar, en todo el libro no hay la menor alusión a Israel.
España y los países iberoamericanos están tan pobremente representados entre los premios Innobel como entre los Nobel. Eduardo Segura, de Tarragona, fue premiado por inventar una lavadora para perros y gatos, y Juan Pablo Dávila, de Chile, por una gestión económica pésima.Y hay tan sólo catorce españoles entre los casi mil autores de una monografía distinguida, asimismo, con uno de los premios que ocupa únicamente diez páginas de una de las revistas médicas más conocidas. Por cierto, no tiene nada de sorprendente que colaboren muchas personas para comparar la eficacia de métodos terapéuticos; tal vez deberían restringir el concepto de autor o distinguir funciones, como hacen los del cine con sus larguísimas listas, desde el director al repartidor de bocadillos, al final de las películas.
La escasa representación hispánica se debe sin duda a la ignorancia. ¡Qué ocasión se perdieron de dar un Premio Innobel a un verdadero Premio Nobel! Mi propuesta: Camilo José Cela y el cipote de Archidona, informe, poema y teoría balística incluidos.Todavía están a tiempo, porque, a diferencia de los premios Nobel, los Innobel se pueden dar a los difuntos.
En fin, como dijo Dan Quayle, vicepresidente de Estados Unidos, otro de los premiados, «si no se tiene éxito, se corre el riesgo de fracasar». Ayuda mucho lo mal que escribe el autor, eficazmente empeorado por la traducción. Los aficionados a las comparaciones transatlánticas pueden ver el libro francés sobre el mismo tema,Au fond du labo à gauche : De la vraie science pour rire, de Édouard Launet,que es una colección de artículos publicados en Libération.

01/04/2006

 
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