ARTÍCULO

Los poetas del distrito de los Lagos

Pre-Textos, Valencia, 384 págs.
Trad. de Jordi Doce
 

La publicación todavía reciente de la Memoria de los poetas de los Lagos acerca al lector español, por primera vez, un libro de Thomas De Quincey en el que, desvelado el misterio del imperfecto endecasílabo (nada menos que heroico) que da título español a la obra, recoge el autor sus recuerdos de los poetas lakistas ingleses; es decir, los recuerdos del autor sobre Coleridge, Wordsworth y Southey. La información directa acerca de personas o acontecimientos nunca dejará de exhibir privilegios frente a las reconstrucciones puramente documentales. Thomas De Quincey fue amigo íntimo de dos de estos poetas, William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge, y mantuvo una relación tal vez algo menos familiar con Robert Southey.

Sin duda, tiene mucho a su favor un conjunto de ensayos que se presenta como el testimonio directo de un amigo de los personajes que constituyen el centro de gravedad de estos recuerdos. Thomas De Quincey era este amigo, y su militante testimonio sigue siendo, respecto de algunas descripciones, insustituible. Desgraciadamente, decidió dar forma a sus recuerdos mediante una prosa que abunda en digresiones (fue un gran admirador de Wordsworth, sí, pero su prosa debe mucho al magisterio de Coleridge), una prosa que quizá no fuera la más apta para dar volumen y color a unos retratos que, a pesar de todo, despuntan en la pinacoteca del Romanticismo británico. Las últimas páginas de los recuerdos de Coleridge, por ejemplo, se cierran con la promesa del examen de los méritos intelectuales del poeta; sin embargo, en lugar de enumerar esos méritos, Thomas De Quincey se embarca en una extemporánea reflexión sobre la Revolución Francesa, y remata sus irascibles censuras con la más desafortunada de las comparaciones entre Coleridge y Goethe. Por otra parte, el antepasado crítico de estos ensayos de naturaleza biográfica, en los que poco de verdadero interés se dice sobre la poesía lakista, parece ser el propio Dr. Johnson, no Coleridge. El talento de Thomas De Quincey se ha descrito de muchas formas, pero podría parecer temerario calificarlo, como se hace en el prólogo, de «mariposeo entusiasta y sentimental».

Varios motivos explican el relativo, muy relativo, fracaso de De Quincey a la hora de presentar estos recuerdos de sus amigos. He mencionado las digresiones. Miguel de Cervantes y Laurence Sterne son virtuosos de este artificio literario, pero De Quincey no se aparta del camino para buscar un atajo o para mostrar nuevas vistas, sino que lo hace, con frecuencia, sin justificación o interés sacado del hilo del argumento; sus excursiones pocas veces devuelven al viajero mejor informado o más inspirado al camino que seguía. Pero hay más cosas. Algunas de las informaciones que brinda De Quincey a sus lectores son y eran de dominio público y poseen, por tanto, un valor relativo; algunas otras dependen de informadores respecto de los cuales no está mejor situado el narrador que los sucesivos biógrafos de los autores cuyos recuerdos se evocan en estas páginas, de ahí que tengan un valor que es menos que relativo. A decir verdad, no es poco lo que De Quincey ignoraba sobre sus amigos. Por poner un solo ejemplo, a juzgar por estos recuerdos, no parece haber sabido nada sobre la relación de William Wordsworth con Annette Vallon, ni tampoco parecía saber por qué se fue Coleridge a Malta.

Hay que buscar y hallar los méritos de estos recuerdos, fundamentalmente estilísticos, en los rosarios de anécdotas, en los juicios sobre personas y cosas, en las observaciones sobre las gaseosas contradicciones sociales y, en fin, en la observación directa de las personas; aunque en esta esfera de la experiencia humana, una vez más, el lector no podrá evitar que lo asalte algún reparo menor. ¿Será posible que el mejor retrato sea el de Southey? Thomas De Quincey sentía cierta benévola condescendencia hacia Coleridge, a quien, a pesar de sus flaquezas, admiraba personal e intelectualmente. Por otra parte, sentía una veneración reverencial hacia Wordsworth, a quien temía o censuraba por su desdeñosa soledad y quizá por la rigidez de sus principios. Hacia Southey sentía cierta indiferencia, y su retrato hace pensar que al hablar de este autor el redactor de estos recuerdos quizá fue un retratista más perspicaz y ecuánime que en los dos casos anteriores. Lo cual no deja de ser paradójico si se tiene en cuenta que Southey no ha despertado en la posterioridad el entusiasmo que sí supo granjearse entre sus vecinos. Coleridge y Wordsworth representaban, cada uno a su manera, algo demasiado íntimo y, por decirlo de algún modo, algo que se había encarnado en la constitución psicológica e intelectual de De Quincey, de forma que quizá éste carecía de perspectiva adecuada para acertar en el parecido de los retratos.

Quien busque en estas páginas los comentarios de De Quincey sobre la poesía de Wordsworth o la obra de Coleridge se sentirá decepcionado, quizá porque la crítica ha convertido la obra de estos dos autores en algo que sería irreconocible para sus contemporáneos, tal vez porque De Quincey no supo o no quiso expresar adecuadamente sus pensamientos. Quien busque méritos de diferente índole y dirija su atención a la descripción paisajística de la comarca inglesa de los Lagos se llevará una impresión de otro orden, pero acaso no tan diferente en el fondo. No fue De Quincey insensible al paisaje, pero sus observaciones sobre la naturaleza que lo rodea no hacen necesaria la presencia de los Lagos en el título de la obra, pues aquéllas son escasas, y cuando aparecen tienden a justificar el paisaje por sus valores escénicos, como de teatral decorado de una titánica obra intelectual; o bien se demora en descripciones que se asocian hoy con una percepción de la naturaleza en la que ésta se representa mediante sus oropeles.

En cuanto a la traducción, algunos graciosos disparates conviven pacíficamente con azumbre y medio de anglicismos y solecismos en una prosa que refleja con impericia la sinuosa y exuberante sintaxis de De Quincey. Por otra parte, considerando que el término line, cuando se refiere a la poesía, es «verso», y no fatigosa e invariablemente «línea», y considerando también, por poner otro ejemplo sencillo, que se convierte a un «médico», physician, en un «físico», a nadie sorprenderá que la obra tenga tendencia a caerse de las manos. La certidumbre de que hay tesoros de la lengua inglesa que no permite descubrir esta traducción se convierte en perplejidad cuando, además, el lector comprueba que no se ha transcrito correctamente ni una sola cita en lengua griega, a las que tan aficionado era el autor.

01/12/2003

 
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