ARTÍCULO

La brújula del cuerpo

Mondadori, Barcelona, 280 págs.
 

Comienzo por citar, pero a pecho descubierto, o sea, entre comillas, de la solapa del libro: «Estas memorias se reconstruyen a través de los pasos de un hombre (Francisco Coloane, [nacido] el 19 de junio de 1910 en un palafito de Quemchi, en la provincia chilena de Chiloé, hijo de padre ballenero y madre campesina), que ha escrito sobre lo que conoce y ama: las aventuras en el mar y en las extensiones patagónicas». Un libro muy refrescante, entre otras muchas cosas porque creo recordar que Coloane no menciona, o lo hace tan sólo de pasada, a Bruce Chatwin. El malogrado Chatwin parece ser ya una especie de referencia imprescindible al escribir sobre la Patagonia. Algunos han abusado de su indefensión hasta el punto de inventarse un encuentro con él, en el que ambos platican siguiendo la pauta del peor spaghetti-western concebible, y muchos incautos tragan el anzuelo. Menos mal que Coloane no necesita tales andaderas, aun cuando por el otro lado todas sus editoriales se sigan empecinando en endosarnos los nombres de Jack London, Joseph Conrad y Herman Melville, al hablar de su obra. También de Los pasos del hombre.

Tres horas más tarde de haber puesto punto final a su lectura, un canal de la televisión alemana pasaba un largo reportaje sobre Chiloé, donde nació su autor, Francisco Coloane, donde transcurre el primero y más entrañable de los capítulos de sus memorias, y adonde siempre vuelve una y otra vez con sus recuerdos, que más bien son sus nostalgias. Chiloé: la tierra nativa de la papa, cuyo nombre de paternales reminiscencias hemos degradado eurocéntricamente hasta el sustantivo patata. Y en el reportaje se veían imágenes de un pueblo isleño, entre ellas la de una taberna llamada «La brújula del cuerpo». Quizás, pensé, ese hubiese sido un título más chilote para el libro del chilote Francisco Coloane.

«Volvamos al mar» –con la brújula del cuerpo, añado yo– fueron las últimas palabras que pronunció el padre del autor, antes de fallecer el 11 de agosto de 1919. Como un ritornello, esmaltan una y otra vez el texto de estas memorias un tanto heterodoxas, y que han sido armadas en base a los innumerables cuadernos y anotaciones de viaje que Coloane acumuló a lo largo de su vida, asendereada de suyo. El autor del montaje es un excelente periodista y escritor chileno, José Miguel Varas, a quien se debe esa obra maestra titulada Las pantuflas de Stalin, que debiera ser libro de texto obligatorio en todas las escuelas de periodismo. Los derroteros y las bitácoras de Coloane no pudieron ir a caer en mejores manos. No hay en Los pasos del hombre ningún instante en el que nos sintamos engañados por la cosmética.

Y es eso justamente lo que más me agrada del libro: que sus dos autores, Coloane y Varas, no hayan recurrido al fácil expediente de corregir a posteriori las contradicciones de los muchos Coloanes que se han sucedido en el interior de la propia biografía. Bien es cierto que determinadas expresiones («El sabio alemán Martin Gusinde, misionero de la Orden del Verbo Divino, ya nombrado varias veces en estas páginas», pág. 217, o «el lector me perdone», pág. 250) apuntan a que sí ha habido una elaboración, una redacción final del texto, pero respetando el original. Y así por ejemplo, el mismo Emilio Salgari que no le llama la atención al niño lector Coloane en la página 34, resulta ser luego una de sus compañías asiduas en todos sus viajes de adulto, de la Antártida a las Galápagos: véase página 247. Y así por ejemplo, la familia de su primera esposa, cuyo hermano lo lleva a ingresar en el partido socialista marxista de Magallanes (pág. 98), es la misma que lo rechaza porque no acepta sus tendencias izquierdistas (pág. 99).

Para que no se nos quede nada en el tintero, quede también dicho que el capítulo «El guanaco blanco» está de sobra en unas memorias, o en un libro que se pretende como tal. Pero les presta un color local que a la postre lo hace si no imprescindible sí muy querible. Y señalemos en la página 136 un salto temporal triple y sin red tipográfica ni textual donde evitar pegarnos el trastazo: de 1973 volvemos por el túnel del tiempo, sin saberlo, a 1948 y a la dictadura del inicuo González Videla, otro tétrico Videla trasandino. La transición no está lograda. Asimismo hay fallos aritméticos (pág. 227, la fecha del octavo centenario del poeta georgiano Shota Rustaveli) y tauromáquicos (pág. 262, inventando un torero llamado Antoñete Manzanares), y hasta sucede que algún episodio, como el de los pianos encallados y convertidos en una especie de arpa eólica, se nos cuenta dos veces sin ninguna necesidad. Empero, todo esto es peccata minuta.

Lo que vale es la lucidez del pensamiento, y la sencillez y la destreza de su exposición por medio de imágenes impecables, de una plástica que a veces nos hace amorriñarnos pensando en las no existentes memorias de Faulkner. He aquí un botón de muestra: «Los escritores son como los amansadores de potros. Todos pueden montar a caballo pero sólo unos pocos son capaces de amansar un caballo chúcaro».

Los pasos del hombre queda en mi recuerdo como uno de los libros de memorias más humanos leídos en mucho tiempo. A veces, eso sí, me molesta la modestia de que Coloane hace gala, y que no viene nunca a cuento, casi siempre o siempre es nada más que un recurso retórico. Pero al hombre Coloane hay que aceptarlo como es, y él se nos presenta como es, sin alardes y sin falsas modestias, excepto esas precisamente retóricas. Brilla tan honesto que ni siquiera le pasa factura de ninguneo a su admirado Pablo Neruda, quien no se molestó en mencionarlo ni una sola vez en sus chaplinescas memorias Confieso que he vivido. Entre éstas y las que reseño, a no dudar me quedo con las últimas. Por mucho Premio Nobel que adorne al de las otras.

01/03/2001

 
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