ARTÍCULO

Los pasos contados

Gadir, Madrid
304 pp. 18 €
 

A finales del siglo xix, y coincidiendo con la expansión de Madrid y la construcción de una vía férrea que acercaba la capital a las cumbres, los pintores de nuestra escuela realista, con Carlos Haes y Aureliano de Beruete a la cabeza, emprendieron el descubrimiento del Guadarrama, con un especial empeño en captar la luz y la refinada atmósfera de la sierra en su delicada gama de grises. En la literatura, fue don Francisco Giner de los Ríos, a través de la Institución Libre de Enseñanza, uno de los principales divulgadores del gusto por la sierra. Conocidas son las caminatas y excursiones de Giner por los pueblos de los alrededores de Madrid hasta el punto de hacer de esas salidas y excursiones un signo y un emblema institucionista. Es en el importante texto «Paisaje», de 1885, donde expone su concepción del alpinismo pedagógico, del que es claramente deudora la estética montesina de Unamuno, quien anduvo también por esos parajes, como lo hizo igualmente Ortega y Gasset, reivindicando la nueva belleza en un texto casi programático: «El alpe y la sierra» (1927), incluido en El Espectador VII (1930).
La sierra norte de Madrid y el valle del Lozoya son el escenario recorrido por Manuel Rico a lo largo de cuatro viajes realizados en distintas fechas, a los que se adhieren los recuerdos de otros paseos y vagabundeos porque, nos dice, «un viaje siempre es recordar, por mucho que tengamos la sensación de que con él estamos haciendo presente». Y, así, también la memoria y «sus trampas emocionales» gravitan sobre estas páginas, repletas de tiempo, literatura y vida.
En la creencia de que «todo viaje es, en el fondo, un viaje al interior de uno mismo», Manuel Ri­co emprende sus travesías con el pro­pósito de expresar un gesto de amor hacia esas tierras y dejar un testimonio literario de la existencia del «otro lado» real del Madrid cosmopolita antes de que la voracidad urbanizadora y especulativa acabe con él. Por la sierra del agua contiene una sucesión de viajes al reverso de Madrid, que el autor narra según unos modelos muy precisos, que de un lado se corresponden con las andanzas y visiones de Unamuno (más que de Azorín, al que Rico también invoca) y, de otro, se ajusta a las voces de los poe­tas que han sido complemento imprescindible de la experiencia vivida y de la mirada propia: desde el Arcipreste de Hita al Antonio Machado que alude a los viejos mesones del camino en algunos de sus poemas, al Juan Ramón que en Melancolía canta a los trenes y su poder evocador, o Eladio Cabañero sobre el mismo tema en Recordatorio, o Carlos Sahún en sus profecías del agua o los «poetas de los miradores», es decir, aquellos que ha­bían frecuentado la sierra en algún momento de sus vidas y cuya nómina es extensa e irrepetible aquí.
A esas otras voces poéticas, en ocasiones Manuel Rico suma la suya propia, citando algunos versos nacidos en aquellos parajes, aunque el sello lírico aflora, asimismo, en tantas excelentes descripciones paisajísiticas, como ya habíamos comprobado en las novelas de un autor para quien –como para Unamuno– el paisaje condensa o contiene una realidad de dos caras: Naturaleza e Historia, o historia natural e historia humana. Por eso entran en estas páginas figuras y personas que en la vida real animan esos parajes y esos paisajes, que Manuel Rico re­corre en temporada baja y en jornadas laborables, «cuando la soledad se muestra como paradigma de la vida cotidiana de sus pueblos y aldeas». Figuras como el vagabundo obsesionado por los senderos ocultos, los parroquianos de un bar, una octogenaria de luto (ésta sí, muy azoriniana), los ciclistas, una muchacha, un pastor o los mieleros agregan paisanaje al paisaje. Otras gentes, con las que el autor se detiene a hablar o por las que se deja acompañar un trecho de su viaje, dan pie a breves escenas y estampas y pequeños relatos que pautan el vivir cotidiano de, por ejemplo, una pareja de jubilados californianos, el director del Parque Natural de Cercedilla, una joven ceramista, un guarda forestal, un monitor de una casa de colonias escolares, un buhonero...
Son personajes que componen la intrahistoria de estos pueblos, de los que Manuel Rico rescata algunos espacios emblemáticos –las estaciones olvidadas, los cementerios, las cañadas y las vías pecuarias con sus descansaderos, los monasterios o una casa-colmado– o explora algún paraje de nombre inquietante, atraído, como tantos otros viajeros, por el poder de los topónimos: el Puente del Perdón, las cascadas del Purgatorio, la Casa de la Horca... Por la sierra del agua es un hermoso libro, tan repleto de vida como de literatura.

01/05/2007

 
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