ARTÍCULO

El secreto en el alma

Anagrama, Barcelona, 250 págs.
 

En Los parentescos asistimos a un espectáculo que resulta bastante infrecuente: el de un escritor, o escritora en este caso, que escribe no sólo con una absoluta seguridad y dominio de sus recursos expresivos, sino también, y esto es a mi modo de ver lo más asombroso, con una absoluta relajación. Claudio Arrau sabía que para tocar bien el piano hay que estar absolutamente relajado y permitir que sea la respiración la que guíe el movimiento del hombro, el brazo, la muñeca. El maestro de aikido nos aconseja ser como un junco, dejar que el viento nos tuerza en cualquier dirección, para ser así fuertes como una montaña. El estilo de Los parentescos presenta esa mezcla envidiable de relax y respiración cómoda, de ondulación de junco y organización majestuosa.

Cuando la muerte sorprendió a Carmen, o a Miss Lunatic, que era como solía firmar sus dedicatorias, la autora había completado la primera parte de Los parentescos y había escrito 50 páginas de la segunda: 250 páginas en total, que nos hacen pensar en una novela de unas 400. Completar toda la obra habría obligado a la autora, sin duda, a realizar ajustes aquí y allá o, quizá, a cambiar o remodelar partes del texto que ahora se publica. De cualquier manera, las 250 páginas que conservamos de Los parentescos son un texto absolutamente terminado y que avanza sin el menor titubeo. Los parentescos termina en mitad del capítulo «La raya invisible» con esta frase misteriosa: «Lola ya entonces quería ser actriz».

Siempre he admirado a Carmen Martín Gaite. En el mundo literario, como suele suceder, el estatus literario de Carmen perdió unos cuantos puntos cuando comenzó a tener éxito. En seguida se empezó a hablar de sus novelas buenas y de sus novelas no tan buenas. Lo cierto es que en el mundo literario todavía hay personas, aparentemente inteligentes, que sostienen el siguiente axioma: «si tiene éxito y le lee mucha gente, malo». Creo que otra razón de la incomodidad que producía nuestra autora era su independencia desde el punto de vista literario. Carmen mezcló a su antojo el realismo con los cuentos de hadas, una maravillosa sensibilidad hacia las palabras con un estilo que en ocasiones parecía casi coloquial. Creo que también se hizo sospechosa ante algunos porque era una mujer que escribía sobre mujeres y a la que leían mucho las mujeres. Porque en nuestra sociedad, ¡sorpréndanse ustedes!, las mujeres y los hombres no son iguales: los hombres son «personas», pero las mujeres son «mujeres». Cuando un hombre escribe sobre hombres o mujeres, es «literatura», pero cuando una mujer escribe sobre mujeres u hombres, es «literatura femenina».

Los parentescos cuenta la historia de Baltasar, Balta, un adolescente de familia bien que habla en primera persona. La primera parte transcurre en Segovia, y la segunda inicia apenas la nueva etapa de la familia en Madrid. Siempre me han gustado las novelas que tratan de grandes casas: Ada, Cumbres borrascosas, Casadesolada, Nightmare Abbey, LocusSolus. Los parentescos es también una novela de grandes casas: cuatro casas, para ser exactos, el piso en el que vive la familia en Segovia, con una criada, Fuencisla, que recuerda poderosamente (al menos eufónicamente) a la Francisca de Proust; la casa que está encima de la casa familiar, donde viven los vecinos misteriosos; la gran casa con torres amenazantes de la duquesa, con la que Balta está unido por misteriosos lazos de parentesco, y, finalmente, el lujoso piso del barrio de Salamanca de Madrid, donde la familia se dispone a vivir una vida fastuosa que ya nunca conoceremos.

Creo que Carmen Martín Gaite es, junto con Álvaro Pombo, aunque de manera mucho más sutil e invisible que el gran novelista santanderino, la escritora que más ha investigado las asimetrías, desórdenes y solecismos que hacen tan bello el lenguaje hablado y que son tan difíciles de trasladar a la página. En Los parentescos, la voz de Balta, llena de giros típicos de la jerga adolescente («a mogollón», «dar la brasa», «lo tenía crudo», etc.), establece un difícil equilibrio con el tono general de una historia que, con sus secretos de familia celosamente guardados, sus grandes mansiones provincianas y sus historias de sangre y celos, parece más de otra época. El tono casual y juvenil de Balta se funde así, imperceptiblemente, con el tono de un narrador mucho más sabio y comprensivo, en una suave traición al punto de vista que otorga a la novela un tenue, tibio aire de extrañeza.

Fruto de un arte narrativo que ha logrado ya una suprema madurez y una exquisita sutileza, Los parentescos es sin duda la novela más elusiva y misteriosa de Carmen Martín Gaite. Sabemos que Carmen tenía el plan de darle un final fantástico, y lo cierto es que lo fantástico se insinúa una y otra vez, mostrándose y escondiéndose y jugando con nosotros, página tras página de la novela. En el piso de arriba viven unos vecinos, pero en la casa de Balta no hay piso de arriba. En cierta ocasión, Balta ve a su hermana surgir del interior de los dibujos de un tapiz. Olalla señala una raya invisible en el suelo. En el centro del sistema de imágenes del libro, el hermano mayor lleva a Balta a ver un espectáculo de títeres, La libélulabondadosa, donde la libélula, que es el alma, entra dentro de un gigante y lo transforma. Y los titiriteros cantan: «Calma, fu, fu, mucha calma, que el secreto está en el alma».

El secreto del arte de Carmen Martín Gaite también está en el alma, y en la calma, esa calma que ella pedía, por ejemplo, para poder leer de verdad un libro; esa calma para poder vivir que Miss Lunatic pedía, en medio del frenesí de un Harlem no por imaginario menos verdadero, en la que es, quizá, la creación más original y conmovedora de Carmen Martín Gaite, Caperucita en Manhattan. La prosa de Carmen es prosa del alma, y con esto no quiero hacer un panegírico ni ponerme sentimental, sino proponer una definición técnica. Porque el alma es algo tan real como la lógica o las matemáticas, y de igual modo que la lógica usa el lenguaje de la lógica y las matemáticas el de los números, el alma usa su lenguaje propio, que es lo que Hillman llama «el lenguaje del corazón», el lenguaje de las imágenes de la imaginación. Balta, que pasa los primeros años de su vida en un mutismo total, sólo se decidirá a hablar cuando contemple la fábula de La libélula bondadosa en el teatro de marionetas. A Balta, la imaginación le ayuda a establecer un compromiso con el mundo «real», el de los adultos, el de las palabras, el de la «fonética» que tanto le fascina, y le proporciona además un lenguaje alternativo al de la fonética gracias al cual puede interpretar y comprender ese mundo.

Quizá el tema oculto de Los parentescos, novela cuya verdadera intención y alcance nunca llegaremos a conocer, sea que todos los seres humanos somos parientes. Es algo que se insinúa página tras página, una intuición que se extiende a los parentescos cercanos y menos cercanos y a los lejanos, y a los políticos, y a los ignorados, y a los parentescos que proporciona la amistad, la proximidad, la costumbre, el trabajo. Todos somos parientes porque todos tenemos un lenguaje común, el lenguaje de las imágenes del alma, grandes tanques de nenúfares de la imaginación donde nos alimentamos desde que somos larvas y que se llaman teatro de marionetas, cuento de hadas, relato, novela, aunque sea, como en este caso, una novela inacabada.

01/04/2001

 
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