ARTÍCULO

Los papeles de Manuel Arce

Valnera, Villanueva de Villaescusa
1.488 pp. 50 €
 

El libro de Manuel Arce Los papeles de una vida recobrada abarca, a través de casi millar y medio de páginas de información rigurosa e imágenes, de correspondencia y documentación, una autobiografía que se inicia apenas estrenada la adolescencia del autor, en 1942, y cuyas últimas páginas dejan al lector en compañía del laborioso jubilado que en el año 2006 concluye la redacción de sus memorias. En aquellas primeras páginas se mencionaba el nombre de Pancho Cossío, y en las últimas aparece el nombre de Juan Ramón Jiménez. Se interponen entre ambos nombres más de sesenta años de una rara intensidad cultural. Una intensidad que caracteriza a su protagonista como una de las referencias centrales para entender la cultura, la literatura, el arte y la sociedad española de la segunda mitad del siglo xx. No será un mérito menor de este libro el hecho de que haya de considerarse en el futuro una fuente primaria para entender no pocas cosas del pasado cultural español. A estas memorias acudirán historiadores y biógrafos, pues este libro de Manuel Arce se ha tejido con la urdimbre de juicios y observaciones personales, con la trama de ricos y variados hilos documentales; la prenda acabada abrigará y adornará a más de un investigador que quiera conocer y explicar ese período de la historia cultural española. El índice de nombres que ocupa las últimas páginas de esta obra es abrumador: veintiocho páginas a doble columna. Entre Pancho Cossío y Juan Ramón Jiménez cabe todo el censo de autores y pintores de la España reciente. Se trata del Almanaque de Gotha de la cultura española de la segunda mitad del siglo xx. Más completo que la publicación alemana, pues aquella solo registraba la alta nobleza, y Manuel Arce, en su afán de incluir a todo el mundo, de dar cuenta de todo, incluye, junto a los nombres mayores, la pequeña nobleza intelectual y aun conspicuos ciudadanos residentes en cualquier pedanía.
Sería vano pretender dar cuenta de todo lo que atrae la atención de Manuel Arce: todo lo atrae; su avidez no se sacia con toda la poesía, toda la narrativa, toda la pintura: está todo ello en su vida. Pero el contenido no lo es todo. Para una breve noticia, acaso sea más interesante señalar la importancia que pudiera tener, durante la lectura de estas memorias, el mantener la atención hacia las diferencias entre los modos de la narración y lo vivido. En el primer tercio del libro, el autor tiene tendencia a refugiarse en ciertos recursos estilísticos distanciadores para describir lo vivido: sus relaciones con su padre y su familia, con la administración pública, con el mundo de las comunicaciones, con el teniente coronel Vizcaíno Casas (cuando cumplía el servicio militar), con sus amigos, incluso. Esta separación empuja al lector a leer con cautela. Un solo ejemplo: las relaciones del recluta Manuel Arce con el teniente coronel Vizcaíno Casas, aficionado a la pintura, están narradas con seria circunspección, tanta que el lector tendrá dificultades para no romper a reír en algunos momentos. Exhiben estas relaciones toda la capacidad de convicción y de sutil provocación que proviene de la más refinada ironía, esa que, precisamente, es el mejor vestido de la seriedad. En el último tercio de las memorias, aquellas diferencias se establecen de otra forma: la experiencia propia se entreteje con las de los amigos y allegados. Los personajes aparecen bajo una nueva luz: la memoria los integra en la conciencia del narrador. Sin llegar nunca a las concesiones sentimentales fáciles, el autor sabe envolver delicadamente su testimonio con la seda de las emociones. Sus juicios son más libres, aunque, a veces, sean más críticos y directos que en su juventud. La psicología evolutiva del autor acaso se halle resumida, como contenido y como forma, en la alegoría que brindan las páginas de este libro.
Todo indicaba, juzgado a través de las condiciones de su medio social y familiar, que Manuel Arce acabaría convirtiéndose en un próspero comerciante más de Santander. Lo que, además, en cierta forma, también fue. Pero, ¿qué convirtió a Manuel Arce en el escritor, en el galerista, en el hombre público que llegó a ser? Aproximadamente, cuando el lector se dispone a cruzar el ecuador de esta obra, en el año de 1964, se narra una curiosa anécdota. Manuel Arce se halla en tierras de Salamanca, en una finca en la que hay un tentadero. El ganadero pregunta a sus invitados si se atreven a dar unos capotazos. ¿Cuál supone el lector que habría sido la respuesta de Manuel Arce?: «Yo me limité a decir: “¿y por qué no?”» ¿Cuál sería el resultado previsible de su decisión?: «Don Antonio ordenó a su apoderado que me diera un capote. Era más pesado de lo que esperaba [...]. Cuando pisé el albero de la plaza, la vaquilla ya no parecía tan pequeña [...]. Parecía una locomotora que echase aliento por los belfos. No sé cómo pude dar dos o tres pases al animal, porque súbitamente me encontré, medio atolondrado, caído en el albero. [...] Tan solo cuando llegó la noche comencé a sentir dolores por todo el cuerpo. “Eres un insensato”, me reprochó Teresa, enfadada. “Pero, ¿qué tal he estado con el capote?”» (p. 613).
Esta viñeta ilustra algunas de las características de la personalidad de Manuel Arce, como escritor, como galerista, como promotor cultural, como hombre público. «¿Por qué no?», se pregunta el autor. ¿Por qué no? La empresa merecía la pena, dirá el lector. El capote, ya en las manos del autor, es más grande de lo que parece. La vaquilla se transforma en una locomotora. Pero el torero sobrevenido cumple con el arte: da los capotazos que puede y acaba magullado, pero aún tiene humor para preguntar: «¿Qué tal he estado con el capote?» En cada una de sus transformaciones, Manuel Arce se ha atrevido, ha querido probarse, ha querido llegar hasta donde lo acompañaran las fuerzas y el talento. Quiso probarse en aquellos terrenos en que se sentía especialmente invitado; singularmente, quiso probarse en el terreno de la literatura y en el del arte. El resultado reclama la admiración del lector. Dan testimonio de ello todas y cada una de las páginas del libro. Teresa no le responde a la pregunta, se escuda en los testimonios de los demás: «Eduardo te ha hecho montones de fotos. Tú mismo te podrás juzgar cuando las veas», le dice. Para el lector, esas fotos son los papeles de una vida recobrada, son la minuciosa descripción de una vida apasionadamente entregada a la literatura y al arte. En este ruedo, con el capote del oficio, Manuel Arce ha ejecutado faenas inolvidables.
De las muchas actividades a que se ha entregado Manuel Arce y en las que ha sobresalido a lo largo de su vida, sucesiva o simultáneamente, cada una de ellas habría valido para llenar la vida completa de una persona: poeta, editor y director de una revista literaria, novelista, galerista, crítico de arte, conferenciante, ciudadano con vocación pública (como concejal en el Ayuntamiento de Santander, como presidente en el Consejo Social de la Universidad de Cantabria) y, para colmo, en una de sus última metamorfosis, aparece como autor de unas descomunales memorias que comprenden su vida, la de sus allegados, la de Santander, la de un apreciable rincón de Barcelona y la de casi todo Madrid, así como también de otros muchos lugares a los que viaja una sola vez o a los que vuelve en varias ocasiones y de los que deja puntual memoria. Ciertamente, para una persona que más de una vez ha dejado dicho que no puntuaba muy alto su interés personal por la vida, casi podría decirse que los hechos contradicen sus palabras; o acaso habría que pensar que se embarcaba el autor en una empresa tras otra, siempre con renovada ilusión, para dejar atrás las dudas o la desconfianza respecto del atractivo de la vida. El desconcierto ante lo inadecuadamente nuevo de las últimas páginas del libro traduce el desconcierto del autor, que llega a un punto de su vida en el que no sabe bien si el escribir sus memorias es un empeño suficiente para quien está acostumbrado al reto de formas de acción muy exigentes.
Manuel Arce apenas ha dejado de ser un adolescente y ya ha ingresado en un mundo adulto en el que se de-senvuelve con admirable sentido de la adaptación. Desde el primer momento, como poeta, como director de una revista literaria, como novelista, es admitido entre quienes acumulaban talento, experiencia y méritos en esos mismos campos. En las últimas páginas de su vida recobrada, el escritor acompaña y da la alternativa a quienes hacen sus primeras armas en aquellas mismas artes que él eligió en su primera juventud. Ha hecho eso mismo durante toda su vida. Su dedicación personal se erige sobre el fundamento de la coherencia. La generosidad del escritor consolidado es el espejo de aquella generosidad con que fue aceptado por quienes sufrían la hostilidad de un medio poco favorable a sus inquietudes culturales y artísticas.
Cierra el lector el libro y no puede evitar recordar la pregunta: «¿Qué tal he estado con el capote?». La verdad, todo el libro es una demostración de un sincero esfuerzo de la voluntad individual por sobreponerse a las circunstancias adversas. «Dejaría que a las cosas que habían ocurrido les sucedieran otras no tan ciertas. Como ocurre en la vida» (p. 398), dice el autor, cuando se entera de cómo se había llegado al fallo con que se había premiado una de sus novelas. El suave escepticismo acerca de la capacidad del ser humano para conocer las cosas, escepticismo que Manuel Arce sabe apoyar en Heisenberg, cuando lo considera oportuno, se complementa con el templado nihilismo que ha dado forma a algunas de sus mejores novelas y que cierra estas memorias: «No hay nada excelso en nuestro empeño por vivir. Nada que justifique la existencia» (p. 1.340). Pero, sabiendo conjurar o, incluso, cortejar los peligros de estas dos tentaciones, testimonio de ello es su obra y su empeño personal, pues contra ambos ha luchado al autor durante toda su vida. Las páginas de esta biografía resisten la adversidad de las dificultades del conocimiento y la tentación de no vivir, luchan contra el precario arraigo en la vida.

01/07/2011

 
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