ARTÍCULO

Los paisajes

Alianza Editorial/Fundación Caja Madrid, Madrid, 303 págs.
Actas del congreso Visiones del Paisaje. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Córdoba, 678 págs.
Fundación Duques de Soria/Universidad Autónoma de Madrid, 368 págs.
 

Los que nos acercamos al paisaje –sobre todo al paisaje hispano– como herederos o deudores de la recreación noventaiochista y de su larga estela, tendemos a valorarlo en primer término al modo unamuniano, como ese sustrato intrahistórico que permanece más allá de las contingencias humanas, pero siempre empapándose de éstas. Ahítos de páginas clásicas, de Azorín a Cela, que forman parte de nuestra educación sentimental, por más que hoy en día huyamos como de la peste de identificaciones esencialistas y elucubraciones metafísicas, el paisaje se nos impone sobre todo como espacio preñado de símbolos y significados, inextricablemente unido a la historia y a nuestro modo de mirar y sentir.

Debemos reconocer, sin embargo, que esa es sólo una de las posibles aproximaciones al paisaje. Se trata además, como veremos a continuación, de una vertiente en la que la innovación parece más problemática. Una perspectiva ampliada constataría que en las últimas décadas se está produciendo una silenciosa pero profunda renovación del concepto, no confinado ya al estrecho terreno pictórico, ni anclado en el ámbito de la literatura, sino reivindicado como categoría analítica por los geógrafos en un sentido mucho más preciso y dinámico. Tránsito éste que lleva a una reformulación del término y con ello a una indudable revitalización. En algunas de las páginas que comentamos se hallará una reveladora insistencia en que resulta insatisfactorio equiparar o reducir el paisaje al territorio en sentido estricto (espacio funcional y administrativo): el paisaje «se acomodaría al espacio formalizado, dotado de formas concretas, de faz visible y de significados culturales y vitales, lo que hace de él algo más que un mero escenario» (Estudios sobre el paisaje, pág. 16). El paisaje «es un complejo que engloba todo [...], el relieve, la vegetación espontánea o modificada por el hombre, la fauna, las obras humanas» (Los paisajes de Madrid, pág. 14).

Al frente de los dos volúmenes que acabamos de mencionar se encuentran dos de los geógrafos más prestigiosos de nuestro país, Josefina Gómez Mendoza y Eduardo Martínez de Pisón. La primera, junto a un equipo de profesores de la Universidad Autónoma de Madrid, firma un completísimo trabajo sobre los diversos paisajes de esta comunidad, primero definidos tipológicamente en grandes unidades (paisajes serranos, llanuras de piedemonte, campiñas, páramo calizo y ríos), luego considerados de modo más concreto y catalogados sistemáticamente, y por fin descritos con minuciosidad en 53 fichas de unidades de paisaje integrado y 22 fichas de paisajes-tipo. Hay que destacar esta última labor porque confiere su carácter al libro, tanto de forma cualitativa (todas las apreciaciones metodológicas y conceptuales anteriores desembocan aquí de manera natural) como cuantitativa (así, en extensión abarca toda la segunda parte, cerca de 200 páginas, casi dos tercios del total). Por su enfoque exclusivamente geográfico y su delimitación temática, se trata de la obra más homogénea de las aquí consideradas.

El segundo de los autores aludidos coordina el volumen que reúne una parte considerable de las ponencias presentadas en dos seminarios sobre el medio ambiente patrocinadas por la Fundación Duques de Soria. Dedicado el primero de estos cursos a los paisajes de montaña y el otro a la noción de paisaje protegido, la inevitable variedad de encuadres y tratamientos no convierte a la obra impresa, como suele suceder por desgracia en iniciativas semejantes, en un mero centón de interés dudoso e imposible lectura. Por el contrario, bajo el modesto y hasta insípido epígrafe de Estudios sobre el paisaje, hallará cualquier lector interesado en el tema un puñado de jugosas reflexiones y documentadas aportaciones, eso sí, desde ópticas muy diversas (desde la ecología o la historia hasta la arqueología, los libros de viajes o incluso el montañismo); diversas, pero complementarias hasta cierto punto, de tal manera que el resultado final –con ligeros altibajos: flojo, por ejemplo, el artículo de Arsuaga– es francamente positivo.

No se puede afirmar lo mismo de las actas del congreso «Visiones del Paisaje», celebrado en la localidad cordobesa de Priego a finales de 1997, que se publican –con el retraso habitual en estas empresas– en un grueso volumen de casi setecientas páginas. Aquí no hallamos homogeneidad sino absoluta disparidad. Se echa en falta un argumento o hilo común (o una mínima distribución temática), no ya sólo en el desorbitado número de comunicaciones (¿por qué no se ha efectuado una mínima selección?), sino incluso en las ocho ponencias previas que forman la primera parte. Poco o nada tiene que ver el paisaje fantástico de determinados narradores actuales con el realismo de Azorín, del mismo modo que es imposible hallar un nexo entre el vanguardismo, el romanticismo y la evocación localista (Lanzarote, Córdoba). Pese a todo, aunque no quepa hablar de posibilidad de lectura convencional, de la primera a la última página, el curioso o el especialista encontrará, espigando aquí y allá, múltiples puntos de interés, en esta ocasión ostensiblemente más escorados hacia los campos literarios y artísticos que a los predios de las ciencias de la naturaleza.

Dado que, por razones obvias, no es posible en esta breve nota entrar en consideraciones más pormenorizadas sobre el plural contenido de los libros en cuestión, permítasenos un breve apunte sobre el término que comparten. Escribe M.ª Ángeles Hermosilla en el prólogo de Visiones del paisaje que éste «no constituye un mero escenario geográfico [...], sino que supone un factor que determina la identidad del ser humano, al mismo tiempo que ésta se proyecta en el entorno físico hasta conformar un rico discurso verbal y plástico» (pág. 11). Palabras, como puede apreciarse, no muy alejadas en el fondo, y hasta en la forma y el énfasis (el paisaje va mucho más allá de la simple demarcación territorial), de las antes transcritas de los libros de Gómez Mendoza y Martínez de Pisón. No es evidentemente una casualidad, sino el resultado de unos presupuestos comunes que llevan al análisis del paisaje como una totalidad.

Se recupera así, en cierto modo, una vieja aspiración de la ciencia geográfica, como señala Concepción Sanz en «El paisaje como recurso», pero justamente eso hace más ineludible la colaboración de las más diversas disciplinas, porque el paisaje es al mismo tiempo «un hecho físico, natural, cultural y social» (Estudios..., pág. 281). De ahí que cobre también pleno sentido preguntarse no sólo sobre el presente, sino sobre las raíces de nuestra estimación actual del paisaje (magníficos artículos de Nicolás Ortega y de Rafael Mata, también en Estudios...). Se argumenta de modo parecido en la obra de Gómez Mendoza: la dimensión diacrónica del paisaje convierte en inevitable el estudio de su historia como recurso para entenderlo plenamente. «La historia del paisaje es una de las claves de su interpretación» (Los paisajes de Madrid, pág. 14). Se trata, como puede apreciarse, del típico caso en que las perspectivas diversas –la historia, la geografía, el arte o la literatura– no sólo convergen en un mejor entendimiento del tema sino que se necesitan palpablemente. Como ponen de manifiesto las obras reseñadas, los frutos de ese entendimiento interdisciplinar pueden ser dispares, pero se trata, pese a todo, del único camino viable.

01/11/2002

 
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