ARTÍCULO

Los Ortega

Taurus, Madrid, 488 págs.
 

Para el escritor cada libro traza la geografía secreta de su biografía intelectual. José Ortega Spottorno queda en la historia española como el ejemplo de un creador de espacios, de ámbitos y sensibilidades culturales. Bajo el inmenso, imponente legado de la obra de su padre, José Ortega y Gasset, el hijo en circunstancias políticas complicadas, cuando no hostiles, supo recoger el espíritu de una herencia formidable. Y supo, sobre todo, estar a la altura de las expectativas soñadas. Puso en marcha, de nuevo, en las peores condiciones ambientales, apenas concluida la desastrosa guerra civil, la editorial Revista de Occidente con un catálogo de libros –las insoslayables señas de identidad de un editor–, que aún hoy, leído, mantiene la vigencia, el interés y la curiosidad con la que había sido creada la empresa, al hilo de la propia revista surgida en 1923. Apostó por los libros de bolsillo –en un siglo, el XX , en el que se consolidaría este tipo de edición– al iniciar la aventura de Alianza Editorial (1959), verdadero centón de la instrucción intelectual de unas cuantas generaciones de españoles e iberoamericanos, y culminó esas empresas culturales –igual que su padre había proyectado parte de su actividad pública en la Sociedad Editorial de España, Espasa-Calpe, la Revista y los diarios, El Imparcial, El Sol, entre otros–, con la dirección de la segunda época de la Revista, a partir de 1963 –un momento de recuperación y descubrimiento de firmas postergadas por el franquismo y un aliento de apertura a nuevos horizontes– y la aparición de El País en 1976, aun cuando los trabajos y las durísimas gestiones para su publicación habían comenzado en 1972.

Es decir, Ortega Spottorno continuaba el impulso, la decisión y la voluntad de su padre en lo que hoy ningún insensato, ni nadie razonable discute: la irrupción de las industrias culturales en la vida cotidiana de las naciones y su influencia –mediata o inmediata– en las generaciones posteriores. Venía de una tradición –más sospechada que reconocida, aún en la España de hoy– y de un talante, lo animaba una voluntad de influir, de propagar y de agitar la vida cultural española, y lo cumplió con creces. Pero, al lado de esa ejemplar labor se manifestaba, también, una vocación literaria. No sólo en el caso del memorialismo –aspecto éste sobre el que la vida española había pasado casi de perfil– con su evocadora y sugestiva Historia probable de los Spottorno (1992) –ya su hermano Miguel había publicado en 1983 Ortega y Gasset, mi padre, y un año después su hermana Soledad, José Ortega y Gasset: imágenes de una vida (1883-1955), que completaba su labor como presidenta de la Fundación José Ortega y Gasset y su ejemplar cuidado y conservación del archivo, junto a la dirección de la cuarta y actual época de la Revista–. Así se continuaba una enseñanza paterna, en su caso también con libros de creación, como son la novela El área remota (1986) y los volúmenes de cuentos Relatos en espiral (1990) y Los amores de cinco minutos (1996), de raigambre ramoniana. En ellos, bueno será recordarlo, se muestra a un prosista que desliza la mirada, con retranca liberal, a una realidad casi entrañable, siempre paradójica. Buena parte de su obra memorialista y narrativa comparte un elemento rotundamente orteguiano: la perspectiva desde la que se afrontan los hechos, los paisajes, los personajes, el tiempo. Esa niebla fatal que tiñe la memoria en un caleidoscopio de evocaciones y de sombras. Una perspectiva y una circunstancia que enmarcan al espectador, discreto, en su voluntario segundo plano que siempre fue José Ortega Spottorno.

Este libro es la fotografía de un tiempo que se prolonga como instantáneas familiares en medio del tráfago fatal de la circunstancia española; la fotografía de un tiempo lleno de memorables aventuras intelectuales, marcado por los Historia de la cultura avatares y tragedias de la vida española de los siglos XIX y XX. Periodismo, filosofía, literatura, política, son los vértices; las empresas, los exilios, la compleja situación económica en la vorágine de la guerra y la posguerra, los olvidos, los desasosiegos, las nuevas ensoñaciones, el reconocimiento mundial y el extrañamiento en España conforman el entramado interior de esos años últimos del padre, Ortega y Gasset. Porque lo que nunca abandona Ortega Spottorno es la mirada del hijo. Pareciera como si el narrador insistiera en mantener ese lugar. No en la sombra, sino detrás. Como quien fija la realidad en las pausas, serena el vértigo, da sentido a la confusa amalgama de los días y el azar. Como escritor, también Ortega Spottorno ordena el mundo, establece unos horizontes, levanta su particular, familiar cartografía.

José Ortega Spottorno traza una saga familiar que dibuja y recorre la línea vertebral de los grandes asuntos políticos y culturales de la España del siglo XX. Y ese trazo queda fijado desde el interior de una familia. La de Ortega Spottorno es una memoria que quiere recuperar no ya el tiempo pasado, sino –insisto– la mirada, el tono, el estilo de vivir y entender la vida. Un libro de recuerdos vibrantes, melancólicos, elegantes, sobrios; el mapa de una vida, de unas vidas –José Ortega Zapata (1824-1903) y Eduardo Gasset y Artime (1832-1884), sus bisabuelos, junto a la de José Ortega Munilla (1856-1922), su abuelo paterno, con referencias también a su otro bisabuelo, Eduardo Gasset, creador de El Imparcial, además, claro está de la ya citada de su padre que llena el libro. Un volumen en el que tras los grandes hechos históricos, las convulsiones, las tragedias se alza el ímpetu de vivir, la voluntad de saber, la cercanía con la mejor educación que conoció la triste historia española, el anhelo de una necesaria modernización radical de la vida nacional. Escrito con pulcritud y elegancia, Ortega Spottorno evita los exabruptos, los chismes, las venganzas, los falsos escándalos y escribe la historia de Los Ortega como una intensa mirada en el tiempo. Las anécdotas se convierten en epifanías. Las observaciones, precisas, cautas y sensatas, en instantáneas de emoción y sabiduría. La evocación de Rosa Spottorno, su madre, se convierte en uno de los momentos más intensos que, sin alterar el tono sereno de la narración, alcanza los perfiles inolvidables de una melancolía teñida de presencias proustianas. Son intensos, también, capítulos hoy aún desconocidos en su complejidad vital e histórica, como la penuria vivida en el exilio de Buenos Aires, las impertinencias –cuando no el abandono– manifestadas hacia Ortega por una editorial a la que había dedicado lo mejor –que era mucho– de su capacidad intelectual y profesional; los amigos argentinos –la honda presencia de Victoria Ocampo, las conferencias convocadas por Bebé de Sansinena, que ya había ayudado a Ramón Gómez de la Serna–. Y son memorables las páginas dedicadas a uno de los más íntimos e inteligentes amigos de su padre: Fernando Vela. Uno de esos ensayistas, agitadores y sabios españoles que, casi, es un trasunto del propio autor de este libro. ¿Por qué? Pues porque Vela, como aquí muestra Spottorno, también fue alguien clave en la vida de Ortega y Gasset pero que mantuvo siempre, de manera tan ejemplar como escalofriante, un sereno segundo plano al frente de la Revista y como asesor de la editorial. Muchos saben, y lo dicen, que Vela fue, con la orientación de Ortega, la Revista, el alma y el brazo, la pulcritud y la conciencia. En un país de fatuos satisfechos, los Velas y los Ortegas Spottornos son, casi, una excepción.

Y al fondo, siempre presente la figura de Ortega y Gasset que vertebra y da razón y sentido a toda la narración. La memoria es el acto de narrar, ordenar en el tiempo las vidas, las imágenes, los recuerdos, las sensaciones, los nombres y los días. Un libro que abre al lector en español –y no es poco– no sólo una visión más inteligente de la vida española sino también, y he ahí lo esencial, más sensata.

01/09/2002

 
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