ARTÍCULO

La pandemia de la credulidad

Ares y Mares, Barcelona
Trad. de Joan Lluís Riera
224 pp. 18,50 €
 

Suele decirse –creerse, incluso– que, hace veintiséis siglos, el Logos se impuso al Mito. Que la ley –la sustancia o causa del mundo– de Heráclito, o el orden de las cosas de los griegos, ganó la partida a ese topos platónico que se halla fuera del pensamiento racional y sólo aspira a la persuasión o la verosimilitud. Craso error. Cabe recordar, sin ánimo de sumergirnos en honduras filosóficas, que ya los estoicos consideraron que el Logos era Dios, que Filón de Alejandría y Plotino lo asociaron al intelecto divino, y que el cristianismo –que no habla de Logos, sino de Verbum o segunda persona de la Santísima Trinidad– lo identificó con Cristo. Si de la teoría pasamos a la práctica, no resulta difícil percibir que los períodos más relevantes de la historia del progreso científico –la época alejandrina, el Renacimiento, la revolución científica del siglo XVII, el materialismo del XIX– tuvieron, por decirlo grosso modo, su réplica mítica en el estancamiento científico romano, en la patrística que amalgama cristianismo, neoplatonismo y orientalismo, en parte de la teología medieval y, en alguna medida, en la metafísica poskantiana. Y hoy, ¿qué ocurre hoy? Al modo de la vieja disputa entre el Logos y el Mito, estamos asistiendo a la contienda entre el conocimiento y el contraconocimiento. Lo muestra y demuestra –como corresponde a un incondicional del Logos– Damian Thompson en un libro inquietante.
El autor –doctor en Sociología de la Religión: una especialidad que viene como anillo al dedo para tratar del tema– enumera algunos de los «allanamientos de la verdad» –la expresión pertenece al empresario digital y crítico feroz de Internet Andrew Keen– que hoy se perpetran en un mundo, el nuestro, altamente desarrollado intelectual y científicamente hablando. La lista es larga: el creacionismo, la teoría conspirativa de la historia que atribuye los atentados del 11-S o el sida al gobierno norteamericano o a la CIA, la vacuna triple vírica como supuesta causa del autismo, el nutricionismo y las medicinas alternativas como panacea universal frente a la enfermedad, la negación del Holocausto y un largo etcétera. En fin, una cohorte de supersticiosos, crédulos, farsantes, sanadores, alquimistas y mentirosos que, como si de una plaga se tratara, prolifera, muta y se extiende aquí y allá, al parecer, sin solución de continuidad. En definitiva, el triunfo del contraconocimiento entendido –dice Damian Thompson– como «aquella información errónea presentada de modo que parezca basada en hechos; presentada con tal eficacia que el siglo XXI se enfrenta a una pandemia de credulidad». Y el autor concluye que esa pandemia de credulidad contiene «ideas que en su forma original y bruta florecieron únicamente en los arrabales de la sociedad» y que «hoy las consideran en serio incluso personas cultas del mundo occidental, y se dispersan con asombrosa velocidad por el mundo en vías de desarrollo». Y uno pregunta cómo es posible que eso le ocurra a los herederos de una Enciclopedia y una Ilustración que, con su luz, pretendían alumbrar una nueva época de la historia de la humanidad: la época de la razón y el progreso. Diversas hipótesis plausibles: el contraconocimiento se explicaría por razones psicológicas (reconforta pensar que el mal está organizado por algún poder diabólico oculto o que hay maneras naturales de protegerse de la enfermedad), por la hegemonía de la subjetividad en detrimento de la objetividad o, por decirlo a la manera de Anthony Giddens, por «el proyecto reflexivo del yo» moderno que nos permite elegir quiénes somos y en qué creemos. A ello conviene añadir el pésimo ejemplo dado por algunos herederos de la Ilustración –ciertas instituciones, universidades, intelectuales, editoriales, publicaciones y diarios que devienen en propagandistas de la fe en un mercado capitalista ávido de nuevas industrias del entretenimiento–, así como el poder de transmisión/convicción de unos medios electrónicos de comunicación de alcance mundial –el contraconocimiento al alcance de un clic– a los que la gente crédula dota de credibilidad. En última instancia, acaba otorgándose credibilidad a las especulaciones más extravagantes o insustanciales: el contraconocimiento señala que las cosas ocurren por alguna causa. Lo que sucede es que el contraconocimiento no se somete a los criterios de verificabilidad o refutabilidad propios de la ciencia. Da igual, porque el ciudadano crédulo y corriente hace oídos sordos –sencillamente, los desconoce– a las conjeturas y refutaciones, a la lógica de la investigación científica, a la búsqueda sin término y al conocimiento objetivo. El resultado: la legalización del pseudoconocimiento y la pseudohistoria. Inquietante, señalábamos antes.
La terapia antiocultista de Damian Thompson gira alrededor de tres medidas fundamentales. En primer lugar, una reivindicación del método científico y una defensa del conocimiento empírico. En segundo lugar, ataques de guerrilla de la bitacosfera científica para descubrir a los embaucadores e impostores pseudocientíficos. En tercer lugar, el compromiso de unos medios de comunicación que deberían someter las noticias sobre la ciencia marginal a los mismos estándares a que se someten las demás noticias. Se trata, en definitiva, de desenmascarar a los charlatanes del denominado «medio cúltico», ese espacio cultural en que todo vale.
Si este comentario empezó citando a Heráclito el oscuro, permítase que acabe también con una cita del filósofo de Éfeso: «Los hombres son obtusos en relación con el Logos, tanto antes como después de haber oído hablar de él, y parecen inexpertos, si bien todo sucede conforme al Logos». A ver si el Logos gana la partida al Mito. Si el conocimiento derrota al contraconocimiento. Aunque sólo sea, como señala un modesto Damian Thompson –mal está hoy la cosa–, «para convertir el contraconocimiento en una enfermedad crónica pero controlable». Venga, un esfuerzo.

01/05/2010

 
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