ARTÍCULO

Del Big Bang al 11 de septiembre

 

Se trata de un libro extremadamente ambicioso. No se pretende hacer un libro de divulgación científica, sino que se intenta nada menos que extraer de entre los resultados de la ciencia positiva contemporánea una visión del mundo; se trata, pues, de una empresa de gran envergadura filosófica, como el propio autor explicita al comienzo del libro: «Éste no pretende ser un libro de divulgación, sino uno que intenta identificar y comentar algunas cuestiones con cierto grado de "fundamentalidad" de "permanencia" y de "actualidad", cuestiones que puedan ser algo así como los bloques constitutivos para una "visión científica de la naturaleza" o, mejor, para una "visión de la naturaleza respetuosa con, e informada acerca de, la ciencia"» (pág. 85).

Lo que ocurre es que la construcción de esta «visión del mundo» parte de la base del conocimiento previo de los datos aportados por las ciencias positivas. O bien se presupone este conocimiento en el lector, hipótesis en mi opinión un tanto arriesgada, o bien se le va informando al hilo de la discusión, que parece ser la decisión adoptada por el autor. Y digo parece ser porque, junto a apartados que bien podrían clasificarse como de divulgación sensu stricto , hay comentarios aquí y allá que sólo son comprensibles para expertos. Por ejemplo, la ecuación diferencial que rige el movimiento del extremo de un péndulo simple que presenta en la página 129, así como la linealización subsiguiente en la que una función trigonométrica se aproxima mediante lo que en matemáticas se conoce como un desarrollo en serie de Taylor. O bien cuando afirma en la página 73 que «la denominada "función de onda" que pertenece al cuerpo de los números complejos, y no al de los reales, es el ente teórico central para esa dimensión probabilista: su cuadrado da la probabilidad citada».

O incluso cuando aserta en la página 109 sin ninguna explicación que una determinada estrella compacta es probablemente un agujero negro debido a lo elevado de su masa, mencionando también como algo conocido la radiación de Hawking en la página 241.

Es decir, que también en este libro se plantea, como es frecuente que ocurra en empresas de este género, la cuestión de cuál es el lector al que va dirigido. No está claro que sea comprensible para un profano (salvo los apartados, mucho más ligeros, sobre las actividades de científicos destacados, sobre lo que volveremos) y, por otra parte, el tratamiento es un punto impreciso para un lector que se dedique a la actividad científica.

El libro está dividido en dos partes. En la primera se discuten básicamente tres temas: el universo, la vida y el cerebro. En la segunda se glosan aspectos de la vida de científicos destacados. Finalmente, el libro termina con unos comentarios sobre los cambios que el 11 de septiembre introducirá en la actividad científica, fundamentalmente en los Estados Unidos.

A pesar de las intenciones del autor, la primera parte del libro es básicamente divulgación centrada en los temas que acabamos de mencionar, enriquecida con discusiones filosóficas al hilo de los temas introducidos. En el caso de la cosmología, y del modelo standard, en el que se predice una fase inicial teóricamente singular (el Big Bang), esta discusión versa nada menos que sobre la existencia de Dios. Para centrar el debate, el autor se dedica a comentar una famosa discusión pública entre dos físicos eminentes de altas energías: Steven Weinberg, premio Nobel, y John Polkinghorne, que fue profesor de Cambridge y ahora es sacerdote. Es claro que Sánchez Ron toma partido en favor de Weinberg (más adelante también se refiere acertadamente a las reflexiones de Darwin).

Es de agradecer que en el mustio panorama cultural español, en el que no escasean los antiguos seminaristas, y en el que incluso no pocos científicos se dedican con entusiasmo a labores apologéticas, alguien haga una profesión de ateísmo científico. Sin embargo, éste no es en absoluto terreno virgen: la literatura sobre la posibilidad de la no interferencia entre una esfera religiosa y las ciencias positivas es abundante, y quizás en algún momento se echa de menos alguna referencia a un planteamiento un poco más preciso desde el punto de vista filosófico del problema.

Otro de los temas propiamente filosóficos a los que dedica atención es el de la posibilidad misma de la matematización de la naturaleza, problema que tanto preocupaba a Wigner y sobre el que también toma claro partido en favor de una explicación evolucionista. En sus propias palabras, podemos leer en la página 101 que "esta resonancia entre la mente y el Universo, producto de la selección natural, puede ayudarnos a resolver el absurdo dilema planteado por Einstein cuando afirmó que "la propiedad más incomprensible del Universo es, precisamente, que sea tan comprensible".

No estoy seguro de que esta opinión esté satisfactoriamente argumentada. Se trata sin duda de un tema fascinante, sobre el que no se ha dicho la última palabra.

Finalmente, el otro gran tema que plantea es el del reduccionismo, lo cual a su vez tiene dos aspectos: el del nivel en el que se encuentran las leyes básicas de la naturaleza, irreductibles, incluso en principio, a otras más fundamentales, y el de si el paradigma de la física es o no universal, es decir, si con el tiempo todas las ciencias positivas se van a parecer cada vez más a la física, con un papel muy importante de las matemáticas en el enunciado mismo de las leyes, etc. También aquí toma el autor una posición muy clara, y así, podemos leer en la pág. 154 de su libro que "para entender a los humanos de una forma más completa y realista de lo que puede suministrar una mera neurociencia necesitaremos esquemas conceptuales no lineales".

Cuando Sánchez Ron dice no lineales, presumiblemente se refiere a nivel fundamental: aunque la mecánica cuántica es básicamente lineal, en el sentido de que existe un principio de superposición lineal de estados físicos, la formulación matemática de sus leyes es altamente no lineal (y de ahí derivan casi todas las dificultades que tenemos para resolverlas). De hecho, casi todos los ejemplos de fenómenos no lineales que resalta Sánchez Ron, desde el ya mencionado del péndulo simple hasta el atractor de Lorentz, están sacados del mundo de la física. Pero esto mismo otorga una cierta imprecisión a la expresión escrita de su pensamiento, hasta tal punto que a mí por lo menos no me ha quedado claro qué concepción del mundo se deduce de estas discusiones.

En la segunda parte del libro que, en mi opinión, es bastante independiente e inconexa con respecto a la primera, comenta algunos aspectos de la vida de una serie de cientísicos contemporáneos. No he comprendido bien cuál es el objetivo de estas exposiciones. Sánchez Ron menciona repetidamente que los científicos son personas sometidas a las mismas pasiones y miserias que el resto de los mortales (cosa que yo no recuerdo haber oído negar a nadie), pero si pretendía ilustrar la relación entre la cienca y la sociedad o el poder, o incluso algunos rasgos psicológicos de los autores de las teorías más relevantes, es posible que hubiese necesitado más espacio para ello.

En la primera parte, que para entendernos, llamaré divulgativa, sorprende la erudición del autor, que lo mismo habla de física que de cosmología, biología o medicina. El estilo es en general agradable, y la discusión interesante. Los problemas se tratan a un nivel muy general, sin entrar en detalles, lo cual concuerda con el espíritu de la obra. Me gustaría hacer un par de pequeñas matizaciones referentes a la única parte sobre la que puedo sentirme más o menos capacitado para opinar. Yo no diría que existen cosas sin causa alguna en mecánica cuántica, como afirma el autor en la página 73; cuando en una situación física los efectos cuánticos son importantes, lo que sucede es que cambia el conjunto de magnitudes observables (que pasan a ser amplitudes de probabilidad de sucesos, es decir, probabilidades de que ocurran ciertos sucesos, con posibilidad de fenómenos de interferencia), pero esas magnitudes son predecibles usando ecuaciones matemáticas, en condiciones parecidas a las de la física clásica. Tampoco es cierto que fuese Hawking (pág. 54) el que introdujo el tiempo imaginario, que en ese contexto fue primeramente avanzado por el físico americano Julián Schwinger, aunque sí que es cierto que fue Hawking el primero que propuso basar toda una formulación cuántica de la gravitación en esas ideas. Pequeñeces, como decíamos, que no empañan la alta calidad de la exposición. Se trata adenñas de un libro de edición cuidada, con pocas erratas.

El autor no duda en arriesgarse a predecir el futuro de la actividad científica, y afirma en la página 212 que "si se me preguntara cuál, o cómo, pienso yo, será la ciencia del futuro, no tendría duda en contestar: una ciencia interdisciplinar". 

Dado que las fronteras entre las diversas disciplinas científicas, por un lado, y entre lo que se considera ciencia y lo que no es más que mera recogida de datos, por otro, no hace más que cambair, es en mi opinión muy arriesgado aventurar nada sobre el futuro de la ciencia como un todo. Un decubrimiento aislado (como la fusión nuclear controlada, por improbable que ello sea) puede cambiar la faz de la tierra. Por otra parte, es fácil que cada una de las disciplinas científicas que existan dentro de algunos años recubra varias de las existentes hoy en día. Pero como dice Gell-Mann en una famosa frase, recogida por el autor en la página 211: "Incompetentes y charlatanes encuentran acomodo a menudo en las grietas que existen entre las disciplinas. Todos conocemos este tipo de personas que es considerado por algunos físicos como un gran matemático y por algunos matemáticos como un gran físico". Amen.

En la portada se menciona la fecha del 11 de septiembre. Ello le da pie al autor para especular sobre los cambios en la actitud social (más bien gubernamental) hacia la ciencia. Quizá debido a qe el autor ha dedicado ya un libro previo a temas relacionados, el tratamiento en este punto se me antoja incompleto, sin enmarcarlo adecuadamente en un contexto más global. Es evidente que la ciencia, de una u otra manera, es uno de los instrumentos de dominación o, si se quiere emplear un lenguaje liberal, uno de los signos del superior desarrollo de unas naciones sobre otras. En la medida que la ciencia está asociada al poder, las clases (o estratos) menos favorecidas de la sociedad tienen un acceso muy limitado a ella, lo que sucede tanto en una formación social dada como en la llamada sociedad global. Hay pocos negros premios Nobel, menos todavía que mujeres. Una manifestación clara de la subordinación de la ciencia al poder estabblecido es el hecho innegable de que, desde que se les ha dado la oportunidad (que es desde que ha sido conveniente para el poder financiador), una gran mayoría decientíficos ha colaborado con ardor guerrero con las eufemísticamente llamadas tareas de defensa, como el famoso comité Jason en la época de la guerra de Vietnam. Lo mismo se puede decir de otros países y otras situaciones. Las armas (ni siquiera las biológicas) no las inventan los poetas. Lo cual no impide, naturalmente, que muchos poetas estén dispuestos a arrimar el hombro con gran entusiasmo patriótico en caso necesario. Es mucho más lo que se podría decir pero quizá no es este el momento ni el lugar para reflexionar sobre estas cuestiones.

En conjunto, este libro deja un regusto un poco amargo de lo que podría haber sido y no fue, y ello fundamentalmente debido a lo ambicioso de la empresa que mencionábamos al principio. Pero es loable este intento globalizador, no excesivamente frecuente en nuestro país desde los tiempos de Ortega y Gasset y de Ramón y Cajal, de situar a la cultura científica en la base de la reflexión filosófica, en la concepción misma del mundo.

01/06/2003

 
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