ARTÍCULO

Somos como matamos

 

El siglo xxi, con su ya exhaustivo cortejo de guerras no declaradas, o de «opción cero muertos», o de las llamadas con oxímoron «guerras humanitarias», o de las que se habla poco porque nos resultan demasiado lejanas (salvo cuando alguien cae en la cuenta de su potencial mediático), parece empecinado en recorrer el camino anunciado en la vieja profecía según la cual habrá finalmente una (gran) guerra que acabará con todas las demás. Era una posibilidad ominosa que manejaban (y no precisamente con desánimo) en los años más duros de la guerra fría bipolar ciertos partidarios de un «ajuste final de cuentas» entre el capitalismo y el comunismo. Una guerra, explicaban, que acabaría para siempre con lo que las causaba (el capitalismo) y permitiría la floración de la Paz perpetua.
Nuestra generación, la muy amplia de quienes, en Occidente, no hemos sufrido directamente los conflictos bélicos que desgarraron y diezmaron a la de nuestros padres o abuelos, retiene del horror de la guerra las imágenes que se nos han ido colando a través del televisor. Fragmentarias y discontinuas (aunque reiteradas), tienden a dejar en nuestra conciencia una impronta más bien blanda y pasajera, no muy separable de la que nos provocan las otras narrativas que nos propone ese universal huésped tecnológico convertido en nuestra más frecuentada instancia de entretenimiento e información.
Como se sabe, todas las guerras son distintas, pero todas se igualan por los fines (destruir al enemigo) y por los resultados (los muertos). Y los muertos son meras bajas ocultas tras las cifras hasta que se nos meten en casa y se convierten en cuerpos sin vida que contemplamos con horror. Los muertos desmitifican la guerra y nos la acercan, devolviéndole su significado más profundo: el que posee más allá del tiempo y del espacio. Si consideramos las guerras como acontecimientos o fenómenos autónomos –desligándolos por un instante de otras disciplinas– lo que aparece siempre al final es el cadáver, el muerto en su ineludible fisicidad.
Ese aspecto tan primario es, sin embargo, algo que no ha interesado especialmente a los historiadores hasta hace muy poco. Siguiendo senderos transitados en el imprescindible Tratado sobre la violencia, de Wolfgang Sofsky (Abada), el historiador Giovanni de Luna nos plantea en El cadáver del enemigo (451 editores) un recorrido por los cuerpos muertos de las guerras del siglo xx (54 censadas entre 1900 y 1993) y algunas de las del siglo xxi. El objeto de estudio es también su fuente principal: el cuerpo del enemigo muerto se transforma así en documento para conocer a quién lo mató. Cuerpos respetados y venerados (el del amigo querido: Patroclo) o profanados y expuestos (el del enemigo odiado: Héctor).
Por supuesto, De Luna se refiere a los reiterados intentos de disciplinar y reglamentar las guerras (sobre todo a partir de la Convención de Ginebra de 1929) y, dentro de ellos, de humanizar el tratamiento reservado a los cuerpos de los enemigos. Pero las innumerables profanaciones y violaciones de la violencia bélica de­satada demuestran lo inane de las normas. Ni en España en 1936-1939, ni en Nankín en 1937, ni en la guerra fascista contra Abisinia (1935-1936), los acuerdos «humanitarios» impidieron los crímenes y masacres revelados por fotos y testimonios.
Ni siquiera en la guerra los muertos son todos iguales. Unos descansan en su tumba con flores; a otros se les arroja en la fosa común y se les niega la entrada en el registro de las víctimas, lo que prolonga el sufrimiento de los suyos. En las guerras «simétricas» (aquellas en las que los Estados en conflicto comparten ciertos valores y saben que, cuando todo acabe, tendrán que entenderse) los convenios internacionales pueden ejercer de freno a la violencia y a la profanación y violación de los cadáveres. En la guerras «asimétricas» (guerras coloniales, nuevas guerras «de tercera generación») las normas no pueden ser transgredidas porque no existen: el suplicio de las víctimas llega a convertirse para los verdugos en una experiencia de libertad ilimitada. Las mutilaciones más espantosas presentadas lúdicamente (decapitados con el cigarrillo en los labios, genitales colgados del cuello) y las violaciones son parte de esa orgía bélica que, sin embargo, responde también a una estrategia monitoria: aterrorizar y humillar al enemigo (convertido, más allá de la muerte, en juguete del verdugo).
De Luna examina los muertos de las guerras viejas (siglo xx) y nuevas. Se detiene particularmente en el análisis de la profanación de los cuerpos en las guerras civiles: de España (donde en los primeros seis meses se perpetraron la mayor parte de los asesinatos), de Ruanda (donde medio millón de civiles fueron masacrados en cien días). Y reconoce el carácter distintivo de las grandes carnicerías del pasado siglo: la destrucción de masas. Las cifras son expresivas: la batalla de Sedán (1870) se saldó con 26.000 muertos y la del Somme (1916) con un millón (trescientos mil en los primeros quince días). Pero más importante es la progresiva extensión a la población civil del concepto de enemigo a destruir. El Holocausto e Hiroshima son dos símbolos terribles.
Guerras ahora de nuevo tipo y con nuevos combatientes: algunas no declaradas, en las que el cuerpo del enemigo no se exhibe, sino que se oculta (después de la tortura) o se cancela, como ocurre con los «desaparecidos» de Chile o Argentina. Guerras asimétricas que nos suministran imágenes del horror viejas como el mundo –decapitaciones, torturas, mutilaciones– a cargo de nuevos guerreros que han trastocado la imagen tradicional del soldado: mercenarios de empresas privadas, kamikazes en nombre de Dios (ellos mismos cuerpos-arma contra el cuerpo que de­sean destruir), sofisticados técnicos invisibles que manejan la muerte desde lejos y minimizan (paradójicamente) el número de víctimas para adecuarse a la «opción cero muertos».
El cuerpo del enemigo muerto es un documento frágil que nos transmite información sobre su verdugo. Pero no sólo: también esos documentos paradójicamente vivos cuya rotundidad nos llega a través de instrumentos diversos (desde la fotografía más o menos «exhibicionista» a los informes de la medicina forense, pasando por los testimonios de los supervivientes, la crónica periodística o la literatura) nos revelan desde su espantosa realidad al primitivo que todavía llevamos dentro y con el que la Ilustración no pudo acabar. Los conflictos bélicos del siglo xxi y el terrorismo de matriz religiosa han venido a ilustrar con su irracional brutalidad la falta de resistencia del antiguo contrato civilizador ante la orgía de violencia de toda guerra. Los encapuchados de Abu Ghraib, la cabeza de Daniel ­Pearl o los cuerpos mutilados de Darfour proclaman que el monstruo sigue dentro de nosotros con la misma contundencia con que lo hicieron el cadáver destrozado e insepulto de Héctor o los bóxers decapitados por los japoneses en Tungshung. Somos como matamos. 

01/12/2007

 
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