ARTÍCULO

Humildad rebelde

Siruela, Madrid
Trad. de Juan de Sola Llovet
338 pp. 23,90 €
 

Un aura de excentricidad envuelve al suizo Robert Walser (Biel, 1878Herisau, 1956), poeta, novelista, y prolífico maestro de la prosa breve que, a pesar de su prestigio como escritor de culto, no deja de ser un clásico por descubrir. Los intentos de apoderarse de su personalidad y de su trayectoria chocan contra una valla de paradojas erigida por él mismo y coronada con la advertencia: «Nadie tiene derecho a comportarse conmigo como si me conociera». Por cierto, ni el propio autor pretendía saber quién era. Robert Walser desarrolló una enorme energía para no acomodarse en una existencia estable ni adoptar una identidad definitiva. Su mayor secreto, sin embargo, lo depositó en una caja de zapatos. Su contenido tardó dieciocho años en descifrarse. Como resultado aparecieron entre 1982 y 2000 seis tomos de Microgramas cuya primera entrega se nos presenta ahora en la pulida y empática traducción de Juan de Sola Llovet, gracias a la cual podemos apreciar el verdadero alcance experimental de su autor.
Cuando a los diecisiete años Robert Walser vio frustrada su anhelada carrera de actor no tuvo reparos en anunciar a su hermana que tal vez se convertiría en un gran poeta. Curiosa profecía, ya que posteriormente rehuyó la fama y todo tipo de grandeza. Prefirió interpretar papeles que oscilaban entre la sumisión galante de un paje del Rococó, la subversividad de un vagabundo romántico a imagen del modelo literario creado por Joseph von Eichendorff y la pedantería de un oficinista mediocre del siglo XX –figuras que pueblan también su obra–, mientras las revistas literarias más importantes de la época publicaron sus pequeñas historias cuajadas de juegos de palabras y chispeantes de ironía. Accedió a los círculos literarios de Múnich,Viena y Berlín gracias a promotores tan influyentes como Frank Wedekind, Peter Altenberg, Franz Blei, Max Brod y Christian Morgenstern. Entre 1907 y 1909 la reputada editorial de Bruno Cassirer publicó las tres novelas Geschwister Tanner (Los hermanos Tanner, Siruela, 2000), Der Gehülfe (El ayudante, Siruela, 2001) y Jakob von Gunten (Siruela, 1998 y 2003). El entonces desconocido Franz Kafka se contaba entre sus primeros lectores y no extraña que el joven doctor en Derecho se mostrara especialmente receptivo a este tipo de humor satírico, surgido del tedio melancólico. No obstante, tras una breve estancia en Múnich (1905) y varios intentos de establecerse como literato urbano en Berlín (entre 1905 y 1913), Robert Walser volvió para siempre a Suiza. Cambió el atuendo del flâneur de los bulevares por las botas del caminante de montaña, sin dejar de cultivar la «literatura de café», es decir, la pequeña forma de prosa aforística nacida a principios del siglo XX junto al folletín, vinculada a nombres como Karl Kraus,Alfred Polgar, Peter Altenberg o Franz Hessel. Contrapuso la imagen del hombre natural al intelectual del salón, pero describió paisajes y escenas del campo con la misma elegancia empleada en sus retratos de la vida social de la ciudad. En ambos casos se consagró a los objetos corrientes, a los gestos inadvertidos y a la gente sencilla. Dotado de una locuacidad rebosante que llegó a ocupar miles de páginas impresas, desplegó un microcosmos de fenómenos vistos desde abajo, desde una perspectiva que aumenta el tamaño y altera las proporciones. En los Microgramas Robert Walser precisamente echa en falta esta actitud en su colega Albert Steffen, aduciendo un argumento que se nos antoja extremadamente moderno: «Lamento la ausencia de las cosas pequeñas, de lo cotidiano, cuyo movimiento refleja la imagen del mundo, pues, ¿no es cierto, señor mío, que hoy por hoy nos hemos convertido todos en seres insignificantes?».
De una manera llamativa, su caligrafía se adaptó a esa perspectiva humilde. El legado de los Microgramas consiste en 526 pequeñas hojas recortadas por él mismo y cubiertas de minúsculas letras escritas a lápiz, cuyo tamaño va de uno a tres milímetros. Su aparente ilegibilidad, reforzada por la morfología de la escritura Sütterlin, hizo suponer al albacea Carl Seelig que se trataba de una caligrafía secreta, inventada por el autor en la fase inicial de su enfermedad mental para esconder sus pensamientos a los demás. Sólo a finales de los años sesenta Jochen Greven consiguió rebatir esta mistificación. Demostró que los papeles contenían borradores de algunos textos ya publicados, así como obras enteras entonces desconocidas, por ejemplo, la novela Der Räuber (El bandido, Siruela, 2004), además de numerosas microhistorias y reflexiones escritas en Berna entre 1924 y 1933. La última fecha coincide con el enmudecimiento del escritor, que se produjo, como es sabido, a raíz de su traslado de la clínica psiquiátrica de Waldau, donde ingresó en 1929, al manicomio de Herisau (Appenzell).Varios indicios apuntan a que Robert Walser recurrió mucho antes de 1924 a las «lapicerías», técnica peculiar que ya había atribuido al protagonista de su primera novela, Simon Tanner. En una carta de 1927 el autor explica que empezó a «lapicear» alrededor de 1917 para liberarse del «tedio de la pluma». Obviamente, el material influyó de una manera determinante en el proceso de escribir: «A mi juicio, con la ayuda del lápiz, podía jugar, componer mejor». De hecho, en los Microgramas reina una despreocupada libertad digresiva y asociativa que supera incluso las conocidas oscilaciones entre géneros, estilos y entonaciones de la prosa walseriana. Las palabras fluyen como las de una écriture automatique, inspiradas y dirigidas por el reducido tamaño del papel y las características que presenta.
Gran parte del encanto de «las regiones del lápiz» se basa en las particularidades estéticas de la escritura. A lo largo de los años el autor reutilizó toda clase de soportes: anuncios recortados de revistas, tarjetas y correspondencia tanto privada como comercial, sobres con matasellos, etc., yuxtaponiendo su micrografía a los signos anteriores como en un palimpsesto. Los collages resultantes constituyen verdaderas obras de arte, afines a aquellos cuadros de Kurt Schwitters u otros artistas del movimiento dadaísta que redescubrieron la expresividad gráfica de las letras y la belleza sorprendente del objet trouvé. Es de lamentar que este efecto estético se pierda en la versión impresa.También hay que sospechar que se haya escapado alguna relación semántica entre los textos al ordenarlos por grupos temáticos, una decisión tomada por los editores Benhard Echte y Werner Morlang ante un legajo de papeles desmadejados. El presente volumen, que recoge las hojas de la productiva fase 19241925, ofrece observaciones cotidianas; historias de amor; poemas interpolados; retratos; ensayos y cartas ficticias; comentarios acerca de actos culturales, así como parodias literarias que muestran a Robert Walser como lector compulsivo, capaz de desarticular y de burlarse tanto de la literatura canónica como de la subliteratura. Muy útiles resultan las anotaciones del traductor para entender los referentes del autor. Todo se basa –he aquí las paradojas de la humildad– en un sustrato autobiográfico. Cualquier ocurrencia parece digna de incorporarse en este universo del yo, en este flujo de pensamiento a punto de derramarse si no estuviese limitado por el formato del papel. Algunos pasajes provocan la sensación agobiante de un alpinista al borde del abismo que se aferra desesperadamente al hilo de su escritura para no caer en el vacío del mutismo. Por otro lado, el secreto de este microcosmos desbordante permanece incógnito. Se precisaría un lector omnisciente que pudiera recorrer todas las hojas, reconociendo el ensamblaje de los distintos textos y estableciendo las correspondencias entre los mismos para descubrir la gran obra en los fragmentos que Robert Walser pretendía escribir, el «libro redactado en primera persona, variadamente cortado en trozos o descosido».

01/03/2006

 
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