ARTÍCULO

Crítica de cuatro libros que casi no he leído

Periférica, Cáceres
250 pp. 16 €
Trama, Madrid
Trad. de Auxiliadora Cabrera
78 pp. 12 €
Anagrama, Barcelona
Trad. de Albert Galvany
200 pp. 15 €
 

Dada la reticencia de muchos autores a que sus libros tengan tiradas modestas –muy modestas, como las que hoy son posibles gracias a la «impresión a pedido»–, resulta incomprensible no que haya pocos libros acerca de la industria editorial, sino incluso que esos pocos existan. ¿Quiénes los leen? ¿A quiénes les interesan? Confieso, como editor y como autor de uno que otro libro precisamente de ese género, que no lo sé. Los libros, examinados desde cualquier punto de vista –literario, económico, hedonista, estético, didáctico, y olvido adrede muchos otros, igualmente significativos–, son un misterio.
No es el caso de los productos electrónicos, que son transparentes como el agua clara. La electrónica, una de las ramas más sencillas de la técnica, aunque bastante más compleja que la economía, no esconde nada. Un libro en pantalla no tiene el mínimo misterio: todos sus aspectos han sido previamente barridos por el ojo avizor del técnico (hermano de leche del lector, que para leerlo viste los hábitos del técnico). No existen coincidencias inesperadas, nada en su aspecto es necesariamente novedoso, la página siguiente está debajo de la que uno lee (no detrás: lo inesperado acecha siempre detrás de un detrás; en la electrónica nunca hay un detrás) y la precedente está arriba, si bien se trata de un abajo y un arriba virtuales, una ilusión óptica.
Tengo a mi lado cuatro libros sobre los libros –¿no deberíamos llamar a los libros sobre los libros metalibros?–: uno, de Manuel Gil y Fco. [sic] Javier Jiménez, que me explica cómo sacar al libro de la crisis poniéndole cataplasmas; otro, de Constantino Bértolo, que intenta explicarme cómo he de leer un libro de manera políticamente correcta; un tercero, de Hubert Nyssen, que me supone profundamente interesado en su propia habilidad de editor; y un cuarto, de Pierre Bayard, que me explica cómo he de hablar de los libros sin leerlos. Salvo este último, que tiene ocasionalmente mucha gracia, los otros son libros francamente aburridos. Si no fuera porque me lo ha pedido Revista de Libros, no perdería un momento en reseñarlos.
Me reconforta Oscar Wilde que, según cuenta Pierre Bayard, sostenía que para criticar un libro no hacen falta más de seis minutos de lectura. Lector menos vertiginoso que Wilde, he pasado cuatro tardes en ello, luchando conmigo mismo para no hacer como Wilde: en su furia contra un libro, lo arrojaba contra las paredes, lo pisoteaba o, en uno de sus paroxismos de gula, lo manchaba de grasa o de mermelada.
Alentado por Pierre Bayard, no he leído estos libros en su integridad –ni siquiera el de Pierre Bayard–. Los he leído poco, pero los he anotado mucho.
 

 

*
 

«[...] somos de la creencia del valor insustituible del libro-cultura, pero no renunciamos a abordar el análisis de ciertas perspectivas del mercado editorial contando con esa otra dimensión insoslayable del libro-producto o libro-mercancía», aseveran Manuel Gil y Fco. Javier Jiménez (p. 9). Dejando de lado la barrabasada gramatical y la cursilería que caracterizan tanto ésta como casi todas las frases de la obra, señalo que el significado de esta frase en particular cambia radicalmente si sustituimos «libro-cultura» por «libro-producto» o «libro-mercancía», y viceversa. La apariencia de fair play intelectual se viene entonces abajo. No. Para Manuel Gil y Fco. Javier Jiménez el «libro-cultura» es un auténtico incordio. Servidores del sistema que llevó el noble arte de editar a la desastrosa situación actual, por ellos mismos denostada, estos autores confían en que con unos retoques el sistema volverá a funcionar bien. Ampulosamente, lo llaman «cambio de paradigma» y hasta citan a Thomas Kuhn, que nunca se refirió sino a paradigmas científicos.
«Nuestro estudio se centra, por tanto, en el mercado del libro, y nuestras herramientas serán las propias de la sociología, del estudio de mercados, del marketing y del estudio de tendencias y diseño de escenarios», dicen Manuel Gil y Fco. Javier Jiménez (p. 9 otra vez, incurriendo aquí en un error semántico). Óscar Tusquets condenó en público (en mi presencia) todo el marketing en bloque, con el simple enunciado: «El marketing nunca permitió innovar, sino dar al público lo que el público ya conocía». Pero Manuel Gil y Fco. Javier Jiménez dicen (p. 13): «Los best sellers internacionales de los últimos años, con cifras millonarias de ventas (Harry Potter, El Código da Vinci, Las crónicas de Narnia, La sombra del viento), se han convertido en fenómenos culturales de carácter pandémico». Llamar a estos éxitos «fenómenos culturales» y no «fenómenos empresariales» es, de por sí, parte del problema y una de las causas de la crisis que aqueja al libro desde mucho antes del descalabro de Wall Street de hace pocos meses.
En realidad, toda disquisición extracultural sobre lo que en la edición es un éxito desemboca fatalmente en alguna que otra receta para retocar y seguir igual. Y descartar a priori la única propuesta verdaderamente revolucionaria como respuesta a la pregunta de Lipovetsky (p. 45) –«¿la edición independiente, cómo?»: pues sacando al libro del circuito económico– es no querer cambiar, sino retocar y seguir igual. Manuel Gil y Fco. Javier Jiménez muestran la hilacha cuando (p. 55) denigran las subvenciones que permiten –es verdad: no siempre– la supervivencia del pequeño editor independiente. Y, sobre todo, cuando afirman (p. 56) que «la cultura no está reñida ni con el mercado ni con la rentabilidad». ¡Por supuesto que lo está! Hay que hacerse a la idea, por dolorosa que sea para estos autores: sólo es cultura cualquier actividad que no deje beneficios.
 

*
 

Constantino Bértolo ha escrito un libro seguramente muy valioso, aunque sólo sea porque hace pensar. Pero uno se dice a menudo, leyéndolo, que tampoco hay que exagerar. Hay muchos párrafos que, pese a mis denodados pero evidentemente raquíticos esfuerzos, me han hecho apuntar al margen: «¡La gallina!». Bértolo insiste en poner al lector frente a sus «responsabilidades como ciudadano» (p. 73), algo más bien incómodo cuando uno lee, porque una de dos: uno lee, o uno piensa en sus responsabilidades. Un poco más adelante (p. 78) y como quien no quiere la cosa: «[...] como ser social el hombre se construye con, entre o contra los otros, y en medio de un hábitat, una polis, que interviene en la organización, configuración y lectura de esa narración propia en la que el “yo” se reconoce y desde la que él mismo actúa sobre ese hábitat que si, por un lado, lo limita, por otro, lo alimenta, y que, en cuanto lector, no sólo dispone y predispone las lecturas a su alcance, sino que le transfiere, a través del proceso de socialización, pautas que no dejarán de afectar al “solitario” acto de leer, al componer una especie de poética de la lectura estrechamente ligada al entendimiento de qué sea la literatura y qué cabe esperar o encontrar en ella». Sí, estoy convencido, seguro: la gallina. Como acerca de otra obra apunta The Times Literary Supplement del 12 de diciembre de 2008 (p. 36): «Alguien leyó este libro y dio el visto bueno editorial, alguien lo repasó, alguien compuso la tipografía, diseñó la cubierta, leyó las pruebas: y, sin embargo, casi nadie puede entender lo que contiene». Por lo que a mí me toca, entre mis responsabilidades como ciudadano y mi lucha por seguir el razonamiento, surge en mí una suerte de indignación, algo así como una rebeldía ante la inculpación de la que soy víctima, aunque reflexiono y me digo que sí, seguro, soy culpable, por no ser capaz de entender, por sentirme profundamente inferior al nivel de discurso que Bértolo pone ante mis narices como quien dijera: «A ver si te atreves, forastero», con voz cavernosa y mirándome de reojo, a mí, que leo sin pensar en mí, como vivo, que soy hedonista nato y no tengo ínfulas de nada. Es que no me gusta mucho que pongan a prueba mis inferioridades con párrafos herméticos. Lo menos que se puede esperar de mí es que cierre el libro con alguna interjección contra la pedantería y ya no lo abra jamás, y eso sin sentirme culpable de nada.
–¿Y se lo dirías a Bértolo en la cara?
–No si viene armado...
 

*
 

Hubert Nyssen tiene un solo defecto: se cree tan buen editor como Gallimard (me refiero a Gaston, el abuelo). A partir de ahí el libro se escribe solo. Como Supermán, «Nyssenman» sale al camino no ya para enderezar entuertos, sino para buscar aplausos. Inspirado únicamente por la causa justa –¿la edición?, ¿la cultura?–, «Nyssenman», sin ahorrar el mínimo autoelogio, sale siempre airoso de las infinitas justas con que el azar o la necesidad han tenido la delicadeza de sembrar su camino. El libro, me perdonaréis, no da para más comentarios, por bonitas o exitosas que sean las producciones editoriales del autor.
 

*
 

Pierre Bayard es un tipo interesante, como lo demuestra de entrada la lista preliminar de abreviaturas usadas a lo largo de su libro y que incluye LD (libro desconocido), LH (libro hojeado), LE (libro evocado) y LO (libro olvidado). [No aparecen en la lista LL (libro leído) ni LP (libro prescindible), con lo útil que podrían ser.] La tesis de su obra es que ser culto, mucho más que haber leído libros, es saber dónde colocarlos en una hipotética biblioteca mundial.
Mi experiencia le da la razón. No sé si comparativamente he leído muchos libros, pero me consta que, por ejemplo, he leído cuatro veces Los hermanos Karamazov y, sin embargo, soy incapaz de resumir de manera fidedigna su trama. He leído siete veces Guerra y paz y, sin embargo, si la resumiera en unas cuartillas, éstas serían poco atendibles. En cambio sé perfectamente que estas dos novelas no deberían archivarse en una biblioteca muy lejos una de otra.
La obra de Bayard es un libro de tipo LL que cae rápidamente en la categoría LE y que pronto caerá, sin dudas, en la de LO. Reflexionando en medio de su lectura (en un tren de alta velocidad donde me dieron ganas de anunciar por la megafonía: Para leer sin molestar a quienes hablan por el móvil, por favor salga a la plataforma), de pronto tuve una iluminación: lo que Bayard dice que pasa con los libros, me pasa a mí con casi todo en la vida. Por ejemplo, con los viajes. ¿Cuántas veces recorrí Roma a pie? Viví más de nueve años en esa ciudad y puedo decir, ante cualquier auditorio, que la conozco muy bien pero la recuerdo mal. Lo mismo se aplica a Nueva York, donde viví casi cinco años; a París, donde viví once años; a Londres, donde viví año y medio; a Barcelona, donde viví trece años; a Madrid, donde vivo desde hace dieciocho años.
¿Y las ciudades que visité a fondo, sin haber vivido en ellas? De todas las ciudades que he hollado guardo un recuerdo impreciso, sería incapaz de dibujar un plano siquiera aproximado de ellas.
Lo inquietante es que sería capaz de hablar con aplomo de ciudades en las que nunca estuve. Y recuerdo entonces una frase de Canetti, que no quería visitar ciertas ciudades de las que tenía su propia idea, para no alterar esa imagen imaginaria que llevaba en su mente. Puede que me equivoque, pero diría que mencionaba, por ejemplo, Samarkanda.
Tal vez yo podría escribir un libro titulado Cómo hablar de los viajes que no se han hecho.
Y como con las ciudades, igualmente con la gente. Puedo hablar largamente de mis compañeros de primaria, de mi primera novia, de mis amigos de juventud, de mis maestros, de cientos de funcionarios que sólo vi una vez, de los camareros de varios restaurantes... Pero, salvo un puñado de ellos, ¿podría afirmar que los conozco? Ni siquiera puedo afirmar que los recuerdo en todos sus detalles. Recuerdo tal o cual conversación con ellos, pero nada de lo que dijimos y escuchamos. Y es más: ¿puedo afirmar que conozco en detalle a mis amigos actuales, a mi mujer, a mis hijos y nietos hoy? Hmmm... Y también en este caso, el vértigo se produce cuando pienso en que sería capaz de hablar de gente que nunca he conocido: Cómo hablar de personas que no se han conocido, otro hipotético libro mío.
Puede que mi experiencia sea la de muchos: leer, como viajar o como conocer gente y como casi todo en mi vida, es para mí como moverme en un medio fluido que va abriéndose a mi paso y cerrándose detrás, sin que yo deje rastros de estela. El fenómeno me parece estar ligado a una cuestión de memoria. Y hay casos escalofriantes: tres veces abordé la lectura de The Thin Man, de Dashiell Hammet, convencido de que nunca lo había leído, y sólo me percaté del olvido una vez leídas las primeras cincuenta páginas. Al parecer, según cuenta Pierre Bayard (p. 67), el fenómeno preocupó en su día a Montaigne, que escribió así: «Más de una vez he vuelto a coger como nuevos y desconocidos para mí libros que había leído minuciosamente y emborronado con mis notas unos años antes».
Vale muy mucho la pena leer (o no leer) este libro de Bayard, no sólo por lo que dice, que a menudo no parece tener mucho sentido, sino por lo que provoca. No obstante, me es imposible pasar por alto el defecto más importante de esta edición: el texto, que está plagado de frases y palabras torpemente o mal traducidas, aliñadas en algunos casos por erratas que no mejoran las cosas. Es verdad que, si el lector se atiene a la receta central de Bayard, ni unas ni otras tienen la mínima trascendencia, pues nadie perderá tiempo leyendo esta obra. No me queda otro remedio que dar algunos ejemplos al azar. En la página 11 el traductor cae en el vicio de decir «soy requerido» por «se requiere de mí»; la primera palabra de la página 12 no es «impresiones» sino «imprecisiones»; en la página 13 el traductor menciona «el discurso sustentado» en lugar de, por ejemplo, «el discurso formulado»; en la página 15 se habla de la imagen ideal «que se procura con frecuencia», cuando debería decir «que suele darse»; en la 23 dice «con el fin de “ser informado”» en lugar de “informarse”; en la misma página dice «no importando» en lugar de «aun si»; en la 29 se dice que el Ulises de Joyce es una «readaptación» de la Odisea, cuando el francés dice «une reprise» –como también habría podido decir, sirviéndose del inglés, «un remake»–, o sea, si se quiere, una «adaptación»; en la 37 se habla de «extracción» cuando lo que se quiere decir es «muestreo». Se podría seguir cotejando el texto de Bayard hasta el final, pero para muestra basta este botón. Sí hay que señalar que a lo largo del libro se habla muy insistentemente de personas cultas, de lectores cultos, pero prácticamente nunca se los llama así sino «cultivados», traducción literal del francés «cultivés», pero en francés no hay otra palabra para decir «culto». En español las perlas, como las patatas, pueden ser cultivadas. Muy excepcionalmente lo es una persona, por culta que sea...

01/05/2009

 
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