ARTÍCULO

Ópera y prisa

Debate, Madrid, 224 págs.
 

El último libro de Álvaro del Amo es una muestra de propósitos, sin más. La impresión de apresuramiento que trasciende de sus páginas hace del libro un montón de ingredientes echados a la olla al buen tuntún. Como si urgiera escribirlo y terminarlo rápido, a toda costa. Como si la voluntad, el empeño y tener oficio bastasen para hacer literatura. El apresuramiento que emana de toda la novela se manifiesta en el diseño de los monólogos y memorias más sujeto a la necesidad perentoria del escritor de justificar su historia en vez de contarla. La novela no avanza bajo su propio influjo, si no que todo ha sido previsto y conformado apenas unas páginas antes, quedando a la vista la intervención interesada del autor para facilitar el argumento. Incluso los personajes, cuyo escenario en cambio queda en general bien pintado, zozobran por la falta de rigor psicológico con que en ocasiones actúan, piensan o sienten.

El punto de partida es la desaparición de Luis Danvila, quien no regresa de su habitual semana operística en Berlín, adonde año tras año acude con la precisión de un reloj suizo y la cotidianidad predecible y contemplativa de un hombre gris. Su propio cavilar, unido a las especulaciones de los compañeros de trabajo y a las vicisitudes de Roa, el vagabundo expatriado, antiguo crítico musical, con quien traba amistad en la ciudad alemana, distinguen tres focos de narración. Pero lo que en teoría debía haber servido para lograr una visión panorámica que integrara el núcleo central de la novela, se convierte en su principal defecto. El grupo de amigos que esperan a Luis Danvila en el trabajo aporta poco, a penas un par de pinceladas para fijar la pobreza afectiva del protagonista y su conducta tan intachable como insulsa; a la vez, la repetitiva aparición en torno a una mesa de comida no ayuda a hacerlo más atractivo. Por otro lado, la entrada en escena de Roa, motivo de la prolongación vacacional de Luis Danvila, y que parece va a dar sentido y unidad al relato, se eclipsa por la atención desmesurada que se dedica al matrimonio Celia-Julio Castillo, cuando éstos vienen sólo a explicar en parte la situación del vagabundo. Se crea de esta forma un segundo frente dentro de la novela, una escisión casi violenta, que se percibe aún más por la minuciosidad con que se aborda. El triángulo que forman el matrimonio junto al padre de ella, don Agustín, nos aleja de la historia por la sobreabundancia y excesivo tratamiento, no siempre adecuado, que se le confiere. Y porque ya en su origen surge más atractiva y apasionada que el resto de la novela, en general de tono melifluo y blando, sin arranques de fuerza.

Para evitar la fragmentación, la historia exigía un compromiso mayor de las partes en el todo. La novela se dispersa por la peculiaridad acotada de los tres mundos entre sí, ajenos y remotos aunque coincidan en el punto RoaDanvila. Es cierto que el retrato de personajes alcanza cierto logro, sobre todo en Roa y el padre de Celia, pero los vínculos de unión resultan insuficientes para formar un puente narrativo que se echa en falta. Así, a rachas la novela te envuelve para romper luego el hechizo de manera abrupta e insensible. Los rizos estructurales son excesivamente amplios para la breve extensión de la novela y aunque la lectura es fluida (sólo la tozudez demostrada en encerrar monosílabos entre comas nos disturba) el ritmo general queda sometido a ese desajuste, provocando una sensación incómoda. A ello contribuye la continua repetición de imágenes sin sentido poético excusable o necesidad estilística alguna, la insistencia en determinados aspectos nada trascendentes y las revelaciones inútiles por cuanto ya estaban captadas de antemano.

No pasa inadvertida la intención de crear un mundo a imagen de las representaciones operísticas, un mundo trágico e imponderable que se ajusta al esquema autor-obra-público-actores, y a los distintos grados de implicación existencial de la música para un melómano. En ocasiones la acción parece transcurrir sobre el escenario de un teatro, en especial en los momentos álgidos de la historia de Celia, Julio Castillo y don Agustín. En otras asistimos sentados en el patio de butaca, papel que corresponde a Luis Danvila, deseoso de que la ópera invada la realidad pero incapaz de hacer algo por su vida. Este aspecto podría ser el más laudable de la novela, en él se demuestra ambición creativa y eso, dados los tristes tiempos que corren para la literatura, es algo de agradecer. Sin embargo, no termina de cuajar debido a la falta de motivos evocadores y al descuido formal. La última sensación que nos queda a este respecto es difusa. Más aún cuando la ópera, en torno a la cual gira la novela, termina por ceder su aparente posición protagonista a la soledad y al desencuentro, verdaderos pilares de la historia.

El interés final se reduce a saber qué ocurrirá en el desenlace del trío afectivo que forman Celia, don Agustín y Julio Castillo. Las figuras de Luis Danvila y Roa se difuminan hasta casi extinguirse. Pero el triángulo que formaban aquéllos, a pesar de permitir una tensión auténtica que facultara la irrupción de un hecho culminante y definitorio, se diluye también en humo escaso y sin cuerpo. Los sentimientos cambian a velocidad vertiginosa, por orden del autor y no por el convencimiento de los personajes. No se formalizan situaciones contextuales claras con las que identificar sus variaciones. Todo se nos cuenta, nada transcurre. La prisa, una vez más, aparece para devorar la historia.

01/05/2000

 
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