ARTÍCULO

Nihilismo radical

Alfaguara, Madrid, 1997
344 págs.
 

Hay escritores todoterreno que circulan con fluidez por las más variadas extensiones y escritores que tienen como propicia una determinada medida. Manuel Vicent pertenece a esta segunda clase y obtiene sus mejores aciertos en las distancias breves no por falta de aliento sino porque éstas reflejan mejor su visión sintética, plástica y poemática del mundo. Ello se nota en sus novelas, cuya trama se moldea con la adición de escenas o estampas de configuración un tanto independiente. Al contrario, los artículos, reportajes y narraciones van como anillo al dedo al talante peculiar del escritor. Como éste, además, tiene una evidente inclinación no a las interpretaciones globales del mundo, sino a la captación de fragmentos, recortes o secuencias aisladas de la realidad, resulta que su narrativa se muestra en toda su eficacia y posibilidad cuando historias sueltas se encadenan en una serie continuada. Como si tras fragmentar el mundo con un calidoscopio, se ofrece el calidoscopio al observador para que éste recomponga la imagen unitaria.

De ahí que resulte una experiencia estética unitaria y muy valiosa la recopilación de escritos que en varias ocasiones anteriores ha llevado a cabo Vicent, ya sean reportajes viajeros (Ulises, tierra adentro, 1986), artículos periodísticos (La carne es yerba, 1985), propiamente relatos (No pongas tus sucias manos sobre Mozart, 1983) o textos a los que con dificultad se les puede describir con una etiqueta definitoria (Crónicas urbanas, 1983). Vuelve ahora a recoger una selección de trabajos suyos en un volumen de discutible y peligroso título, Los mejores relatos, que, por su generosa amplitud, sirve a la maravilla para representar la novela del mundo –del mundo del fin de siglo y de la España postmoderna– que Vicent viene escribiendo por entregas desde hace más de un cuarto de siglo. Y es que él, que tan remiso se muestra por desgracia a la novela, al final, en sus narraciones va haciendo la comedia humana satírica y feroz de nuestro tiempo con personajes múltiples que tienen un único destino: mostrar el desbarajuste, la estupidez mental, la ordinariez moral de nuestro tiempo. Cuarenta y cinco «relatos» integran el tomo que comentamos. Tengo una reserva a la compilación, extensible a otros libros que está publicando la editorial Alfaguara con el mismo plausible y afortunado criterio de juntar narraciones desperdigadas (ya han aparecido las completas de Ignacio Aldecoa o Juan García Hortelano): no figura ni la fecha ni el lugar de la primera y posteriores salidas de los relatos, dato paratextual –como dice la crítica académica– muy conveniente y que ayuda a leer con orden y mejor sentido la selección. Una simple nota informativa final (bien poco molesta para quien no repare en detalles, aunque importante) permitiría saber la trayectoria de los textos, que antes han estado en publicaciones periódicas y también en alguno de los títulos citados.

Así podríamos abordar con rigor el primer aspecto llamativo y peculiar de las narraciones de Vicent. Pero, aun sin esa noticia exacta, debe anotarse una novedosa contribución del escritor, el carácter misceláneo de sus relatos que, sin dejar de ser cuentos literarios, son a la vez crónica, reportaje y artículo. Ha sabido crear Vicent una forma propia que subsume en una sustancia nueva dos impulsos se diría que irreconciliables: el periodismo y la lírica. Nada, por supuesto, que tenga que ver con la llamada prosa poemática o con un puro embellecimiento de la elocutio en detrimento de los contenidos. Al revés, acuña un algo distinto y original que mezcla la sorpresa de la forma y la contundencia informativa de la anécdota. Respecto de la forma, no hacía falta el apasionado alegato del prólogo de Juan Cueto contra quienes hablen del estilo «brillante» del valenciano. Nadie que lo haya hecho habrá querido decir otra cosa que lo obvio: la hermosura en el decir, la imagen inesperada, el adjetivo insólito, son un valor intrínseco en una prosa que busca la sonoridad, que se llena de figuras de dicción y de pensamiento. Un yo omnipresente –que podemos identificar con el autor real, más que con un autor implícito– acentúa la subjetividad de la mirada y facilita la explosión poemática, cuando se produce.

En cuanto a los contenidos, el hallazgo de Vicent está en darles una consistencia testimonial y crítica sin renunciar a una poderosa imaginación, a un aliento hiperrealista y a los aludidos recursos estilísticos. Con frecuencia su forma consiste en un reportaje que, en lugar de seguir la senda del verismo del «new journalism», se dispara hacia lo onírico, lo absurdo, lo esperpéntico. Se trata de otro modo de subjetivismo que se apoya en la percepción de contradicciones comunes, de paradojas sociales, de provocaciones algo escatológicas, a veces. Tiende nuestro narrador a la deformación, al expresionismo, a la hipérbole, a la sátira feroz, pero todo ello no surge de un escritor intrínsecamente visionario –no lo es, aunque guste de pesadillas y visceralidades propias de un repertorio psicoanalítico–, sino de una percepción directa, cotidiana de la vida. Diría, si el término no tuviera tan mala fama, que Vicent es autor costumbrista, de un costumbrismo moral que para nada anula la perspicacia de la observación crítica.

El conjunto de la vida contemporánea cae bajo una lente testimonial y deformadora. Imposible enumerar aquí las anécdotas que sostienen el radical nihilismo de Vicent, valdría la disparatada historia del abuelo abandonado por la familia en fechas vacacionales –en Seres o enseres– para señalar una de las actitudes del libro, la denuncia de la impiedad. Lo mismo que, en Amor y otros muebles, la peripecia de la pareja que se queda sin televisor diseña un retrato estremecedor de la incomunicación, signo de este tiempo. O que el enérgico grito del protagonista de No pongas tus sucias manos sobre Mozart dice mejor que muchos estudios las contradicciones y mala conciencia de cierto izquierdismo de buena fe. Cuenta a cuenta se hila un largo rosario de situaciones y comportamientos que tienen un primordial valor sociológico y con unas y otros se levanta una alegoría irrefutable del caos que nos rodea. Que es tal cual se dice, pero que no nos llega de modo aséptico: para Vicent el ser humano es un animal dañino y tal certeza alimenta la hoguera de una implacable misantropía.

01/10/1997

 
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