ARTÍCULO

No tan majos

Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, Cádiz, 406 págs.
Ed. Luis Fernández Cifuentes
 

Según nos cuenta Luis F. Cifuentes, profesor en Harvard, en el excelente estudio introductorio de esta nueva edición de Los majos de Cádiz (1896), parece ser que Armando Palacio Valdés se mostró siempre inseguro sobre su auténtica calidad literaria. Por un lado, se ufanaba del éxito con que se acogieron sus novelas y de la nombradía que obtuvo dentro y fuera de España; por otro, era inevitable que se comparase con Galdós y que cotejase su propio estilo con aquel tan distinto hacia el que se encaminaba la literatura europea (naturalismo, espiritualismo, decadentismos del fin de siglo...: «Derramo la vista por Europa», dice en el prólogo de esta novela, «y no veo en la pintura y en la poesía más que escenas lúgubres y prosaicas, no escucho sino acentos de muerte», pág. 72). Aún con más motivo, después de ciento tres años de la primera salida al público de Los majos de Cádiz, resulta forzoso interrogarse por la vigencia del escritor asturiano y por la oportunidad de que se reediten algunas de sus veintitantas novelas. Palacio es ya un autor muy estudiado y el interés crítico no ha decaído. En cambio, sí ha menguado su estimación literaria y la curiosidad de los lectores. Por decirlo con claridad, Armando Palacio Valdés está ya enterrado en el panteón de los literatos que tuvieron fama en su tiempo, pero que quedaron pronto fosilizados en la memoria colectiva. No hemos perdido la costumbre de citarle en un discreto segundo lugar –el que tuvo siempre– cuando enumeramos a los novelistas del realismo, pero hemos perdido la costumbre de leerle, a no ser que tengamos un motivo especial.

Y lo cierto es que hay un motivo especial para leer Los majos de Cádiz, al menos desde la Andalucía donde ahora se reedita, y por ello hemos de agradecer la recuperación –con un meritorio acercamiento crítico, en absoluto complaciente– que han hecho de esta novela el profesor Cifuentes y la editorial universitaria gaditana. Dentro de una colección de libros que pretende reunir textos esenciales para comprender la identidad histórica de Cádiz, la presencia de esta obra se justifica de largo, porque supone el fin de más de un siglo de fascinación foránea hacia la ciudad de Hércules, tal vez la última gran evocación costumbrista de un territorio único donde se cruzaban los caminos de Europa y América. Es por eso mismo una novela crepuscular, que leída en Cádiz dos años antes de la pérdida de Cuba, tuvo que sonar a despedida.

Desde finales del XVIII la imaginación de la burguesía norteña –Norte de Europa, Norte de España, Norte moral tanto como geográfico– creó una imagen estilizada del Sur ardiente, elevada a su más alta cota en el costumbrismo decimonónico. Cada lugar, cada cosa, poseía su propio rincón en ese mapa del exotismo: Sevilla y Ronda, Cádiz y Granada, el bandolero y la cigarrera, el vino y la guitarra, el toro y el cante, y, claro, los amores apasionados que estallaban en sangre derramada por las navajas a la luz de la luna. La urbe gaditana ocupaba un lugar específico en el estereotipo, reiterado en decenas de evocaciones literarias: el mar, la luz y el comercio ultramarino, más tarde el Carnaval y siempre la opulencia y refinamiento de una ciudad cosmopolita en contraste con el majismo del pueblo... Poco importa que esa mirada costumbrista no fuese, según explica Cifuentes, «más que una variante, con frecuencia estilizada, de una etnografía colonial» (pág. 17).

A primera vista, Los majos de Cádiz forma parte desde su título de esa evocación. Palacio Valdés multiplica sus iconos en escenas que acuden puntualmente a la cita contratada con el lector: el flamenco, la taberna, la manzanilla, el Carnaval, la boda festejada en las ventas de Puertas de Tierra... El argumento refuerza esa ilusión: nos cuenta el amancebamiento de una hermosa y enamorada tabernera, Soledad, con un majo de nombre Pedro Velázquez, pagado de sí mismo, jaranero y de genio violento, que ha seducido a la joven para luego maltratarla y humillarla. A la luz de la tradición, lo lógico hubiera sido que el amor de Soledad y Velázquez progresase hasta un final destructor, pero no es así. La crisis se produce a la mitad de la novela, cuando el majo la emprende a golpes en público con la tabernera. Entonces las posiciones se invierten: ella lo abandona, mientras que Velázquez se descubre enamorado y se humilla para conservarla a su lado. Ahora es él quien ofrece una imagen patética y Soledad se nos presenta como frívola y cruel. Esta segunda crisis, que amaga con terminar a navajazos, acaba por resolverse, y los protagonistas, que han ido cargándose de sentido moral y buen juicio, se emparejan con otros personajes secundarios en un sorprendente desenlace matrimonial, abandonada la mala vida y las pasiones innobles. «No se puede llamar amor lo que he sentido por ese hombre...», dice Soledad, «era una locura, un antojo por cosas agrias, como solemos tener las mujeres. El amor debe ser algo más dulce, más tranquilo» (pág. 398).

Ocurre entonces que el majismo de Palacio Valdés resulta de cruzar el costumbrismo romántico y su carga de violento color local con los postulados de la novela realista, que hacen de ésta la crónica de una evolución moral de los personajes. La combinación apenas resulta sostenible para la técnica novelística del asturiano, tan fría y desmayada como pulcra y bien construida. Esta obra nos cuenta, de hecho, la desmajización –permítaseme la palabreja– de los majos mentados en su título, el abandono de las señas que los definen como tales, en favor de unos valores netamente burgueses. En conclusión, es como si Carmen la cigarrera y don José decidiesen casarse y abrir una mercería. ¿Para qué morir por una ciega pasión?

Estos crepusculares majos, como indica el editor, están en el punto de transición entre el andalucismo decimonónico y la reacción regeneracionista contra tal estereotipo de la que son ejemplo los ensayos de Ortega o las campañas antiflamencas y antitaurinas de Eugenio Noel: una reacción que lleva implícita una desvalorización del Sur, incluso aunque lo libere de la mirada colonial. El costumbrismo del asturiano es, por ello, costumbrismo a medias tintas, porque evoca el final de un Cádiz colorista en el último estertor del comercio con Ultramar, pero también porque en definitiva eso era Palacio Valdés: un novelista de medias tintas, irritado porque los demás artistas de su tiempo prefirieran los extremos, como lo habían hecho los románticos de quienes adoptó la evocación de una Andalucía pintoresca que, entre sus manos, se disuelve sin dejar rastro.

01/12/2000

 
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