ARTÍCULO

La tolerancia y sus enemigos

Debate, Madrid
Trad. de Mercedes García Gamilla
236 pp. 19,90 €
Gota a Gota, Madrid
Trad. de Alberto Clavería Ibáñez
192 pp. 21 €
 

En la mañana del 2 de noviembre de 2004, Mohammed Bouyeri, un marroquí-holandés de veintiséis años, disparó al cineasta Theo van Gogh mientras iba en su bicicleta, descargó varias balas más sobre su cuerpo, ya en el suelo, y a continuación le segó la garganta con un cuchillo de grandes dientes, «como si rajara un neumático». El asesino no realizó ningún intento serio de escapar. Lo que sí hizo, en cambio, fue garabatear una nota que dobló con cuidado y que clavó en el cuerpo ensangrentado con una navaja más pequeña. La carta, cuyo contenido no fue hecho público a una sociedad aterrorizada durante varios días, llamaba a una guerra santa contra los infieles.
La misiva de Bouyeri no se dirigía a su víctima, famoso por haber tildado a los musulmanes de «jodedores de cabras», sino a Ayaan Hirsi Ali, una hermosa mujer de origen somalí que había colaborado con Van Gogh en una película de diez minutos de duración, Sumisión, que arremetía contra el tratamiento que el islam dispensa a las mujeres. Bouyeri acusaba a Hirsi Ali de ser una herramienta de «sionistas y cruzados» y la títere del conciliábulo judío que gobernaba en Holanda.
Tomando como punto de partida este relato de terrorismo político-religioso, Ian Buruma se embarca en una fascinante muestra de periodismo de investigación históricamente informado. Señala que los holandeses contaban con una larga tradición de acoger inmigrantes. La presencia de una tolerancia religiosa había atraído a judíos y hugonotes ya en los siglos xvi y xvii y, más tarde, a molucanos y surinameses procedentes de las antiguas colonias holandesas tras la Segunda Guerra Mundial. Este último grupo tuvo dificultades de integración durante el declive económico de los años setenta, pero en la actualidad, a pesar de que quizá hasta un treinta por ciento de los surinameses se encuentran oficialmente en paro, ya han dejado de estar considerados como «un problema. En casi todos los casos hablan holandés, despuntan en el fútbol y, por regla general, parecen estar incorporándose a la clase media a un ritmo constante. Al igual que los indios occidentales en Gran Bretaña, no son bien recibidos en todas partes, pero siguen siendo reconocidos como una parte exótica pero esencial de la cultura nacional». Los trabajadores turcos también parecen estar integrándose lentamente dentro de la sociedad holandesa. A menudo forman parte de la pequeña burguesía de Amsterdam, donde son propietarios de tiendas de comestibles y de pizzerías. Algunos mantienen vínculos con el crimen organizado, pero muy raramente con el islam radical. Quizá su historia de pertenecer a un gran imperio –como los chinos– y su conexión con una Turquía profana los protege de los sentimientos de humillación que a menudo se erigen en el preámbulo de la violencia.
Éste no es el caso de los trabajadores marroquíes, que llegaron a Holanda durante la misma época que los turcos y los surinameses. Los marroquíes son, en su mayor parte, bereberes, no árabes, llegados desde aldeas remotas de las montañas del Rif. A menudo analfabetos, la primera generación de inmigrantes tuvo como destino los trabajos más duros y sucios del país. Muchos de sus hijos varones «acaban fácilmente en un mundo sórdido sin salida plagado de violencia de bandas y pequeños crímenes». Para explicar su alienación, que en el caso de Mohammed Bouyeri se tradujo en un asesinato con la mayor sangre fría, Buruma acude con demasiada facilidad a lo que podría denominarse la tesis de la victimización. La sociedad holandesa –sostiene– no es receptiva a los intentos de la segunda generación de inmigrantes para integrarse: «Cualquier cosa puede desencadenar una atmósfera de violento resentimiento y autodestrucción: una oferta de trabajo cancelada, una beca no concedida, demasiadas puertas cerradas delante de tus narices. Esto le pasó a Mohammed Bouyeri [...]. Inseguro del lugar al que pertenecía, se perdió en una causa asesina». Sin embargo, miembros de los otros grupos de inmigrantes –judíos, molucanos, surinameses e incluso turcos musulmanes–, aun después de décadas, si es que no siglos, de discriminación, no han acudido a la violencia de inspiración religiosa para manifestar su desagrado con la sociedad que los acogía.
Buruma parece justificar los sentimientos de victimización de Mohammed Bouyeri y de otros musulmanes. Escucha atenta y comprensivamente a los hijos de inmigrantes que expresan unas quejas que podrían aplicarse a la mayor parte de los inmigrantes no musulmanes de las sociedades industriales. Aquéllos se lamentan del «Estado holandés, que nos permite venir aquí sin explicar cómo funcionan las cosas» y de la falta de respeto por los trabajos extenuantes de sus padres. Muchos muestran una extraordinaria comprensión de las «razones» que empujaron a Mohammed Bouyeri a matar a Theo van Gogh. Los más politizados se permiten un tercermundismo izquierdista, con un odio especial a Estados Unidos e Israel, los más satánicos e imperialistas de los países infieles. Al igual que Bouyeri, suelen ser defensores de las teorías conspiratorias antisemitas, como fue el caso de una de las predilectas de Bouyeri: que fueron los judíos quienes organizaron los ataques terroristas del 11 de septiembre. Una buena parte de Holanda se sintió escandalizada al ver cómo jóvenes musulmanes de la pequeña localidad holandesa de Ede bailaban de alegría inmediatamente después de la caída de las Torres Gemelas.
Buruma acierta al señalar que el islamismo moderno atrae a aquellos que se sienten desplazados, ya sea en los suburbios de Amsterdam o de París, pero su aplicación para el atractivo del islamismo –que la «sociedad profana radical del Amsterdam posterior a los años sesenta [...] resulta desestabilizadora para el hijo confundido de un inmigrante de las remotas zonas rurales de Marruecos»– resulta tanto condescendiente como poco convincente. Auspicia (y malinterpreta) tanto a los musulmanes como a los judíos cuando afirma que las comunidades inmigrantes se dividen entre aquellas «que tienen la educación, la inteligencia, las conexiones sociales y la ambición de abrirse camino como individuos e integrarse, y las más vulnerables que necesitan una identidad colectiva a la que aferrarse. Éste ha sido el caso de los judíos». Buruma suele estar en lo cierto al criticar la obsesiva alusión holandesa a los judíos y al Holocausto cada vez que surge el tema de la discriminación, pero comete el mismo error al equiparar la situación de los anteriores inmigrantes judíos con las de los norteafricanos en la actualidad. Su objetivo deseable de impedir que asesinen futuros Mohammed Bouyeris puede lograrse únicamente cuando los inmigrantes renuncien a su victimismo y a los resentimientos que alimenta. Es la combinación de los sentimientos de victimización (ya sean merecidos o no) y del islam radical (no del islam como tal) lo que hace que la situación en Holanda y Europa sea tan peligrosamente explosiva.
Buruma insinúa que tras el 11 de septiembre los holandeses marginaron y discriminaron incluso a marroquíes bien educados y «prometedores», como Mohammed Bouyeri, que realmente querían amoldarse. Una devota estudiante que había emprendido una carrera jurídica se lamentaba de que no podía trabajar para el ayuntamiento si llevaba su pañuelo. Sin cubrir su cabeza se sentía «mentalmente desaparecida». Buruma comenta: «Se trataba de una frase extraña e inquietante, “mentalmente desaparecida”, algo peor que ser ignorada o tratada con indiferencia. Es como si, haciendo un esfuerzo mental, la sociedad aparenta que ni siquiera existes». Mi opinión es que la prohibición de un pañuelo musulmán (o, si se quiere, de una kippa judía) en instituciones públicas difícilmente resulta equiparable a una «desaparición mental». Ni tampoco la supuesta negativa a aceptar «a un musulmán ortodoxo como un conciudadano libre de un país eu­ropeo» explica, al contrario de lo que piensa Buruma, que «las personas abracen a veces grandes causas revolucionarias, o se embarquen en una misión para extender la palabra de Dios». Buruma siente una compasión comprensible por los «oprimidos», pero tiende a aceptar sin cuestionársela su sensación de haberse convertido en víctimas.
El autor incluso equipara –a pesar de las diferencias evidentes en el empleo de la violencia– el fundamentalismo musulmán con la postura de los críticos rigurosos del islam, como Hirsi Ali. Esta última hizo gala de un «fundamentalismo ilustrado» que motivó sus películas anticoránicas. Según Buruma, sus películas son ineficaces y poco sensatas, ya que corrían el riesgo de ofender a una minoría «vulnerable». Si el autor creyera realmente en esta postura intelectualmente indefendible, debería abstenerse de criticar a Hirsi Ali e incluso a Mohammed Bouyeri, ya que ambos son también representantes de minorías asediadas.
Buruma pinta un retrato poco halagüeño de una sociedad holandesa. La tilda de tan «confundida» como sus extremistas musulmanes y en exceso admiradora de políticos contrarios a la corrección política como Pim Fortuyn, «un populista que jugaba con el miedo de los musulmanes al tiempo que presumía de mantener relaciones sexuales con jovencitos marroquíes; un reaccionario que denunciaba el islam por ser un peligro para las libertades holandesas» y que exigía –de forma muy poco realista– que las fronteras de Holanda se cerraran a los inmigrantes extranjeros. Buruma también reconoce, sin embargo, el fracaso de los políticos holandeses convencionales a la hora de enfrentarse a la criminalidad y la inseguridad cada vez mayores, una gran parte de las cuales se atribuía a inmigrantes recientes, a pesar de que, o quizás porque, se prohibió a los periódicos escribir sobre el origen étnico de los criminales. Buruma brinda un brillante análisis de Fortuyn, que se radicalizó por la intolerancia de los jóvenes inmigrantes hacia los homosexuales y las mujeres: «La ponzoña de Fortuyn surge más del hecho de que él, y millones de personas más, no sólo en Holanda, sino en toda Europa, se han liberado dolorosamente de las restricciones de sus propias religiones. Y aquí estaban estos recién llegados inyectando de nuevo religión en la sociedad. El hecho de que muchos europeos, incluido Fortuyn, estuvieran menos liberados de ansias religiosas de lo que po­drían haber imaginado provocó que la confrontación con el islam resultara mucho más dolorosa».
Buruma es también extraordinariamente perspicaz en relación con Theo van Gogh, el alma gemela y consejero informal de Pim Fortuyn. Theo procedía de una distinguida familia de artistas (su tatarabuelo era el hermano del pintor Vincent), socialistas y activistas de la Resistencia holandesa. Van Gogh pasó a ser más conocido como un vulgar provocador verbal ávido de publicidad que como cineasta. Su sello de identidad era el abuso de numerosos grupos. Se refería con frecuencia a los musulmanes como miembros de una «civilización atrasada», definía a los defensores judíos de la tolerancia hacia los inmigrantes musulmanes como colaboradores nazis y y tildaba a Jesús de «ese pescado podrido de Nazaret».
Lo que acabó con la vida de Van Gogh no fueron, por supuesto, ni las represalias judías ni cristianas por sus insultos gratuitos, sino la hostilidad musulmana. Es posible que Hirsi Ali fuera el blanco predilecto de Bouyeri, pero después de haber denunciado en público los peligros del extremismo musulmán, estaba siendo protegida constantemente por la policía. Tras la muerte de Van Gogh, Hirsi Ali –al igual que Salman Rushdie– se vio obligada a vivir de manera clandestina. Se convirtió en la voz crítica del islam más prominente de Holanda y, con la muerte de Oriana Fallaci, quizás en la más famosa de todo el mundo en la actualidad. Fue elegida miembro del parlamento y se afilió al partido conservador holandés. Repitió en innumerables ocasiones a los medios de comunicación y a los televidentes europeos en directo que el Corán era el origen del violento abuso islámico de las mujeres. Su argumento de que el propio islam suponía una seria amenaza impactó a muchas personas de diferentes religiones en Holanda, un país que se enorgullecía de su tolerancia y que se había convertido en un modelo de multiculturalismo europeo.
Hirsi Ali afirma que «los occidentales que se dedican a ofrecer bienestar público, o ayuda al desarrollo, o que representan intereses minoritarios, han hecho un pacto satánico con los musulmanes». Buruma se muestra de acuerdo en que el Estado de bienestar europeo ha creado una dependencia que impide la integración: «A los inmigrantes parece irles mejor en el sistema más duro de Estados Unidos, donde existe una menor tentación de explotar al Estado. La necesidad de valérselas por uno mismo fomenta un tipo de integración exigente». Podría añadirse que los inmigrantes hechos a sí mismos que alcanzan un cierto grado de éxito e independencia no poseen la sensación de victimismo que ha contribuido a fomentar ciertas oleadas de violencia en Europa. Por el contrario, se identifican con la sociedad que los ha acogido y le están agradecidos.
La serie de entrevistas con Nicolas Sarkozy en La República, las religiones, la esperanza, es sorprendentemente interesante y reflexiva. Sarkozy, el actual ministro del Interior y el candidato conservador más destacado a la presidencia de Francia, sigue la tradición tocquevilliana que postula que las religiones y especialmente la esperanza que ofrecen (la palabra «esperanza» se repite innumerables veces en el texto) son indispensables para una existencia social saludable. Las opiniones del ministro del Interior sobre la necesidad social de la religión se ven apoyadas, extrañamente, por filósofos libertarios que defienden que la esperanza es el cemento de la sociedadMichel Onfray, Cynismes: Portrait du philosophe en chien, París, Grasset, 1990, p. 55; Emil Cioran, Le crépuscule des pensées, trad. de Mirella Patu­reau-Nedelco, París, L’Herne, 1991, p. 98 (hay edición española, El ocaso del pensamiento, trad. de Joaquín Garrigós, Madrid, Taurus, 1995).. Los libertarios sostienen que desesperar (désespérer) significa destruir ilusiones creadas por la sociedad. Así, no fue para ellos ninguna sorpresa que el ministro del Interior francés haga doblete como ministro de Cultos para garantizar la práctica de las grandes religiones monoteístas en la laica república francesa.
Aunque estas entrevistas tuvieron lugar antes de los disturbios del otoño de 2005, Sarkozy ya había reconocido que los métodos de integración ha­bían dejado de funcionar, y le preocupaba que jóvenes «desesperados» en los guetos franceses hubieran adoptado una «religión» de «violencia, drogas y dinero». En este contexto, resultaba razonable que el ministro del Interior reforzara la práctica religiosa, incluida la de los musulmanes, de los que sólo el quince por ciento son practicantes en Francia: «El componente musulmán de Francia es una rea­li­dad. Tenemos que integrarlo, es decir, aceptarlo». Insiste en que los musulmanes deben poder practicar su religión con la misma libertad que los miembros de otros cultos. Sin embargo, la libertad religiosa islámica no significa que el ministro de Cultos se muestre dispuesto a tolerar a los extremistas: «Reivindico la posibilidad de que el Estado expulse manu militari a cualquier imán que se manifieste apelando al odio a los judíos, a Occidente o a las sociedades modernas». Sarkozy arguye que el derecho a llevar el velo no es absoluto y debe estar sometido a las leyes y tradiciones laicas de la República. Una ropa adecuada es un signo de respeto: cuando se entra en una mezquita, uno se saca los zapatos. Cuando se entra en un colegio público [francés], uno se quita el velo. La República debería respetar todas las religiones, pero sus tradiciones laicas deben también respetarse. Sarkozy pretende evitar que los extremistas saquen partido de «el humus de la humillación» para atraer a los jóvenes, como Mohammed Bouyeri, «carentes de equilibrio y de puntos de referencia». En 2003 supervisó la creación del Consejo Francés del Culto Musulmán con objeto de «modernizar» la fe islámica. Sarkozy defiende que la representación oficial de los musulmanes constreñirá al islam radical. Un islam que es públicamente reconocido y apoyado será socialmente más saludable que una fe subterránea que queda confinada a mezquitas improvisadas en garajes y sótanos. Insiste en que los imanes que predican en Francia deberían ser educados por las instituciones y universidades francesas.
Aunque cree ser un representante de la tradición republicana igualitaria, Sarkozy se ha convertido –de un modo algo incongruente– en un defensor de la discriminación positiva. Su justificación es plausible: «Muchos de nuestros compatriotas musulmanes o de origen musulmán tienen la impresión, no siempre injustificada, de que hacerse un sitio es para ellos más difícil y azaroso que para cualquier otro francés». Aun así, la discriminación positiva corre el riesgo de agravar los resentimientos étnicos que son ingredientes indispensables de la violencia de los guetos de inmigrantes. También constituye una ruptura con respecto a las anteriores políticas republicanas que se basaban en la aculturación gradual, y no en medidas legales especiales, para asimilar nuevas oleadas de inmigrantes.
Quizás el «conservador» Sarkozy reconoce mejor que el «progresista» Buruma los retos históricos sin precedentes planteados por la integración de millones de musulmanes. Aunque nos brinda una versión convincente del asesinato de Van Gogh, la solución propuesta por Buruma para acabar con la violencia islámica –que las sociedades de acogida occidentales pasen a ser más tolerantes y logren que los musulmanes ortodoxos se sientan a gusto– es algo superficial. Las sociedades occidentales contemporáneas cuentan con sus propias tradiciones –libertad de expresión e igualdad sexual, por ejemplo– que también deben valorarse. Sarkozy es más consciente de la necesidad de fomentar un islam modernizado que asimile los derechos humanos y no contribuya a los sentimientos de victimización que existen entre un gran número de inmigrantes musulmanes y sus hijos. 

Traducción de Luis Gago

01/04/2007

 
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