ARTÍCULO

La biología de la ontología y la ética

 

La obra reciente de Carlos Castrodeza presenta, a mi juicio, dos perfiles. Primero, la introducción en el panorama filosófico y del pensamiento nacional de las tesis sociobiológicas más recientes, concretamente la de autores como Ridley, Skyrms y Wright. El segundo, y probablemente más importante, es que se trata de un autor que está desarrollando tesis originales y arriesgadas sobre la naturaleza humana. Hablar sobre ella, lo que es y lo que la mueve, la ontología y la ética, es retomar la tradición filosófica por excelencia. Pero las fuentes de Castrodeza para sustentar sus planteamientos no son, en esencia, las que proceden de la citada tradición, aunque la considera, sino las de la ciencia. De física y biología se nutre para plantear la esencia de nuestra naturaleza y para justificar la vieja cuestión filosófica: ¿qué nos mueve a actuar? ¿De qué está hecha la voz de nuestras conciencias? El desarrollo y las consecuencias de sus tesis nos pueden parecer extremas (véase más adelante), pero son explicaciones al fin y al cabo, cuya verosimilitud se nos puede presentar poco probable, pero que parecen derivaciones lógicas de la evolución biológica en general y, en particular, la de nuestra especie. Los errores en sus conclusiones pueden derivar del insuficiente conocimiento de la biología y la genética del comportamiento y del conocimiento mismo. Ignoramos, por ejemplo, cuáles son las bases genéticas subyacentes a determinados comportamientos complejos, aunque es bien cierto el número creciente de estudios que muestran qué genes parecen intervenir en algunos de ellos, abriendo las vías para su disección genética. No obstante, conocer el número y tipo de genes que intervienen en un determinado carácter comportamental no presupone que estemos en condiciones de poder predecir la naturaleza de la correspondiente conducta, al menos al día de hoy y quién sabe si alguna vez. Castrodeza explica nuestra conducta dentro del sutil marco del juego de los genes, en una perspectiva nítidamente evolucionista, o al menos basada en una interpretación de la teoría evolutiva que considera a los genes como las unidades básicas de evolución.

En su Los límites de la historia natural , Castrodeza no nos puede dejar más claro lo que pretende si atendemos al título de las dos partes en que divide el libro. La primera la titula «Las bases naturalistas del conocimiento (los confines de la selección natural)», y la segunda «Comportamiento naturalista (la ética como etología)».

En La marsopa de Heidegger, Castrodeza es reincidente. Primero, nos dice, hablemos de ciencia, y luego hagamos una proyección hasta donde la ciencia nos permita en torno al comportamiento humano. Las tres partes en las que divide el texto las denomina «Consideraciones generales sobre el significado de la ciencia», «La física y la biología como pilares de la ciencia» y «Una hermenéutica científica del comportamiento humano», respectivamente.

¿Qué sostiene Castrodeza? A su juicio, la llave está en los genes y en cómo han evolucionado por selección natural. Los humanos somos robots orgánicos, eso sí, unos robots especiales (multiuso los denomina él) dada esa genuina propiedad de autoconciencia que nos caracteriza. Pero aun ella admite una explicación. Si tuviera que sintetizar en una frase lo que subyace en su obra, diría que Castrodeza cree haber dado con una explicación a la voz de nuestra conciencia, una genuina síntesis de ser y deber ser, haciendo añicos la supuesta falacia naturalista, que no comparte, y depositando más determinismo en nuestro comportamiento de lo que nos gustaría aceptar en primera instancia. Sólo por lo «antisistema» que es merece la pena considerarlo. Nietzsche gozaría con su lectura. El superhombre está a la vuelta de la esquina.

Puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que los dos libros de Castrodeza, y algún otro reciente del autor (Razón biológica: la base evolucionista del pensamiento), sintetizan el pensamiento evolutivo aplicado a la especie humana en su forma más nítida y extrema: somos meros receptáculos de replicadores ocultos (genes), cuya evolución por selección natural, es decir, mayor capacidad reproductiva de unas variantes, aparecidas por mutación, con respecto a otras, nos ha llevado al extremo en que nos encontramos. No hay concesiones al respecto, y el supuesto salto cualitativo de nuestra especie respecto de otras no debe entenderse de una forma especial. Hay muchas otras transiciones evolutivas repartidas a lo largo de la historia de la vida en el planeta que también merecen el calificativo de trascendentes. Ciertamente, nuestra especie ha descubierto una capacidad adaptativa nueva: la de simular el ambiente. Las especies responden por instinto, la nuestra lo hace con previsión de futuro, explorando posibilidades antes de que el «ambiente» específico se presente. Ese es su hallazgo y, al tiempo, su fatalidad. La anticipación requiere la conciencia de un «yo» referencial. Pero no se olvide: solamente respondemos al intento de nuestros replicadores por optimizar la respuesta frente al medio. El medio, en efecto, es mucho más que el ambiente físico. De hecho, en un mundo poblado biológicamente, bien puede decirse que el medio está más influido por otras entidades biológicas que por el medio físico propiamente, lo que es especialmente relevante en los organismos con niveles elevados de interacción social.

La ética se resume bajo el prisma de la segunda sociobiología o psicología evolucionista de forma sencilla: la mejor estrategia replicadora en sociedades animales con una elevada interacción social es aquella que promueve de forma óptima el engaño en los demás, sin ser detectado y, al mismo tiempo, la que percibe, del mismo modo, el engaño en los demás. En efecto, esto parece incompatible, en primera instancia, con la presencia de comportamientos altruistas, tan extendidos en nuestra especie. Pero somos meros albergadores de nuestros replicadores. Lo que ellos hacen, especialmente en seres que han «logrado» una autoconciencia, es una fina adquisición evolutiva que produce sociedades igualitarias, o con ideales crecientemente igualitaristas pero que, a pesar de ello, lo que siguen promoviendo es un firme afianzamiento de unos replicadores frente a otros, «sin darnos cuenta». Lo contrario sería conflictivo, porque la autoconciencia es un producto importante de anticipación adaptativa, pero conlleva el peligroso aditamento de «supervivencia» de esa unidad albergadora de replicadores como un todo (lo que se llamaría selección individual). Para evitar esa selección entre individuos que podría tener efectos negativos sobre los replicadores, una estrategia adecuada sería que los individuos como tales percibieran que no compiten entre ellos, o que unos no tienen más posibilidades que otros en el seno de determinadas sociedades. Todo depende del tipo de sociedad a la que se haya llegado. Los replicadores han inventado para sus contenedores la forma más sutil de practicar el engaño para optimizar su reproducción: engañar sin saberlo, es decir, autoengaño.

Cuando la autoconciencia aparece como un subproducto de la adaptación óptima de los replicadores, la clásica dicotomía entre biología y cultura desaparece, no sólo en nuestra especie, donde la ambivalencia es mucho mayor, sino en cualquier otra que haya desarrollado y evolucionado culturas en entramados sociales más o menos complejos. La cultura, al igual que la biología, está para optimizar los replicadores. Son ambas caras de una misma moneda. Por otro lado, la cultura humanista y la científica convergen, o al menos cabe una interpretación que identifica la aproximación científica y la humanista del comportamiento humano: solamente hay que fijarse en la evolución por selección natural de los replicadores (genes). Castrodeza comulga con Dawkins y la sociobiología de segunda generación (los llamados psicólogos evolucionistas).

01/03/2004

 
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