ARTÍCULO

Convivencias mitificadas

Pre-Textos, Valencia
Trad. de Isabel Sancho
248 pp. 18 €
 


Los paralelos históricos suelen inducir a error. Pero haberlos, haylos. Uno de los mitos más arraigados en sociedades satisfechas de sí mismas es el de la convivencia pacífica, cuando no fructuosa, de grupos humanos de culturas diferentes. Así, es una convicción ampliamente defendida en España que judíos, musulmanes y cristianos vivieron aquí juntos y en buen entendimiento en la época del califato de Córdoba. Que tanto el judaísmo como el cristianismo fueran considerados por el Corán religiones a lo sumo toleradas; que la Reconquista se haya caracterizado por el odio y la crueldad de los cristianos contra musulmanes y judíos; que ese largo proceso histórico comenzado en el siglo VIII desembocara primero en la expulsión o conversión forzada de los judíos y poco después en la expulsión de los moriscos; que la obra del Santo Oficio se prolongara durante varios siglos, y que el fascismo español invocara hasta anteayer como archienemigo «la conjura judeo-masónica», no parecen mellar el mito de la edad dorada. Sigue hablándose de una idílica triple raíz de España, como si el Concilio Iliberitano de principios del siglo IV no hubiera sido el primer caso institucionalizado de racismo biológico, y como si entre los primeros pogromos no hubiera que contar los del siglo XIV en Andalucía.

Por eso, el estupendo, aunque no del todo hilvanado, libro de Enzo Traverso, que estudia otro caso de convivencia mitificada –el de los judíos y los alemanes entre el siglo XVIII y la Segunda Guerra Mundial–, debería suscitar mucho interés en el público lector español.

Está por verse. País desde hace siglos casi exento de judíos y cultural y socialmente aislado del mundo por la dictadura franquista durante cuarenta años históricamente cruciales del siglo XX, España cobró conciencia de la tragedia mal bautizada como Holocausto sólo en la década de 1980. Pero el exterminio no nació de la noche a la mañana –como tampoco fue inesperada la expulsión de 1492–, sino que fue el desenlace de lo que podría llamarse «una larga contradicción». Lo primero que surge con claridad del libro de Traverso es que el antisemitismo alemán moderno fue conformándose prácticamente al mismo tiempo y con el mismo ritmo que la asimilación y emancipación de los judíos. La Aufklärung –la Haskalah, en hebreo–, es decir la Ilustración, uno de cuyos objetivos era la incorporación de la cultura judía a la cultura alemana (y la de ésta a aquélla), y una de cuyas primeras manifestaciones fue la traducción del Pentateuco al alemán, precedió en una década a la Revolución Francesa. Pero ya en 1812, año de la emancipación de los judíos de Alemania, el país fue sacudido por una ola de pogromos y el más feroz antisemitismo genético salió a flote.

Sin embargo, generaciones de intelectuales alemanes judíos que consideraban su obra profundamente alemana fueron sistemáticamente «excluidos de este mundo que, después de haberlos perseguido durante siglos, engendró por un momento el sueño ilusorio de su posible aceptación (más exactamente, de su asimilación), y acabó por expulsarlos y exterminarlos», dice Traverso en la introducción. La riqueza exuberante de dicha obra nunca fue el resultado de un diálogo de dos culturas, la judía y la alemana, sino el de un monólogo judío: los judíos no encontraron interlocutor válido entre los alemanes, y ese supuesto diálogo fue siempre asimétrico: los judíos se creyeron incorporados a la cultura alemana, pero los alemanes hablaban con ellos en tanto que judíos. 

No fueron pocos ni faltos de genio. Karl Marx, Georg Lukács, Karl Kraus, Kurt Tucholsky, Herbert Marcuse,Theodor W.Adorno, Ernst Toller,Walter Benjamin, Alfred Döblin, Stefan Zweig, Arthur Schnitzler, Jakob Wassermann, Theodor Herzl, Martin Buber, Hannah Arendt, Joseph Roth, Franz Kafka, Elias Canetti, Jean Améry, Norbert Elias, Sigmund Freud, Albert Einstein, Arnold Schönberg, Gustav Mahler... No son sino un puñado: para muestra basta un botón. Cuando se habla del florecimiento de la cultura austroalemana anterior a Hitler, no es posible omitir el peso pesado de la aportación judía.Y, sin embargo, todos ellos fueron social y culturalmente marginados, aunque a ellos mismos les costara creerlo. Dice Traverso: «El ardor con el que los intelectuales y los artistas judíos se identificaban con la tradición alemana era a menudo "el producto [aquí cita a Isaiah Berlin] de un sentimiento de insuficiencia de parentesco y de un deseo de hacer olvidar el foso; no obstante, cuanto más infranqueable era el foso, más se exasperaba el deseo de llenarlo o de hacer como si no existiese"».Y agrega Traverso, más adelante: «La influencia que ciertos intelectuales judíos asimilados como Marx o Freud ejercieron sobre la cultura de sus contemporáneos fue indiscutiblemente enorme, pero sobre todo gracias a la universalidad de su mensaje, que borraba, a los ojos de la mayoría, su judeidad». Los ojos de la mayoría –y los de todos– padecían de una peligrosa miopía: a lo largo de toda su trayectoria, la cultura germanojudía sufrió la amenaza de la persecución antisemita.

Traverso introduce una taxonomía con la que no hay por qué estar necesariamente de acuerdo. Clasifica a los judíos alemanes en judíos parias y judíos parvenus. El concepto no es nuevo, y ya en 1904 Max Weber había hablado de «pueblo paria». Hannah Arendt, en su ensayo de 1944 «El judío como paria: una tradición escondida», utiliza ambos términos, paria y parvenu. Pero el mero título del ensayo de Arendt da la pauta de una discrepancia con el uso que del término hace Traverso. Hablar del judío como paria no implica taxonomía alguna. Lejos de ser excluyente, el término tal como lo emplea Arendt (y antes Max Weber) es incluyente: se refiere a los judíos, no a un sector de la población judía.

En cuanto a la aplicación del término «paria», vale la pena citar aquí a Fritz Stern, quizá la máxima autoridad en historia alemana moderna, que, en su ensayo de 1977 «El peso del éxito: reflexiones sobre los judíos alemanes», dice: «Después de 1918 los alemanes experimentaron una serie de descalabros, de los que no entendieron ni uno, todos los cuales les resultaban más mortificantes aún porque les hacían sentirse tratados como los parias morales del mundo». Los alemanes; no los judíos alemanes.

También vale la pena recordar que hasta la militancia sindical estaba vedada a los judíos, a menos de que renunciaran a su identidad.Y merece la pena recordar, sobre ello, que también en el marco sindical socialista de Lituania los judíos tenían la militancia prohibida.Allí recurrieron a la fundación de un sindicato socialista exclusivamente judío, el celebérrimo Bund, una suerte de «sionismo sindical» para los judíos no sionistas que, exactamente como sus correligionarios alemanes, no querían abandonar la militancia socialista ni la tierra en que habían nacido y en la que se habían educado; ni, tanto menos, dejar de ser judíos.

No resulta fácil señalar lo que los judíos alemanes tenían en común, más allá de ser judíos y expresarse en alemán. Salvo, como dice Traverso, el haber terminado todos marchándose de Alemania, «en el mejor de los casos en tren o en barco, hacia un exilio francés o americano; en el peor, en vagones de animales, hacia Auschwitz y Treblinka».

Dos palabras acerca de la edición de esta obra, particularmente importante para el lector español. La traducción no es impecable, entre otras cosas por el abuso de ciertos términos (como incluso, cuyos sinónimos sintácticos no faltan en español). Pero, aparte de las no escasas erratas y de que la ortografía de las numerosas referencias bibliográficas a pie de página no parece haber sido verificada, hay algunos gazapos notables. Cuando el autor cita a Canetti (página 113) la traducción pone «Quiero contribuir a que se les pueda agradecer cualquier cosa», en lugar de «Quiero contribuir a que se les tenga algo que agradecer». En la página 185, refiriéndose al abogado Huld en El proceso, de Kafka, se le hace decir a Traverso «tenía en sus manos las llaves de su salud», cuando seguramente debería decir «tenía en sus manos las llaves de su salvación». Por otra parte, es de agradecer que el libro tenga un índice onomástico, pero no es de agradecer que éste sea tan pobre.También se agradece la bibliografía, aunque está lejos de ser completa (falta, por ejemplo, Léon Poliakov, muy citado en la obra).

La presentación física del libro es muy atractiva, la elegante composición tipográfica induce a la lectura y el lector inteligente puede suplir sin mayor dificultad las deficiencias aquí mencionadas.

De lectura altamente recomendable.

01/11/2005

 
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