ARTÍCULO

Testimonios de la autofagia

Seix Barral, Barcelona
192 pp. 17,50 €
 

Hace unos años, en un articuento titulado «Autofagia», Millás describía la obsesiva empresa de un escritor empeñado en tragarse (literalmente) su obra completa. «Tengo que tragarme todo lo que he vomitado», proclamaba. Y, preguntado sobre si volvería a escribir, contestaba que «ningún escritor debería producir más de lo que estuviera dispuesto a comerse». Como es habitual en el autor valenciano, el surrealismo no contraviene la consecuencia con que se comporta el personaje. Su conducta tiene, como pasa con la autofagia celular, una cierta finalidad higiénica que contribuye a frenar el proceso de corrupción que desemboca en la muerte. Por eso, para este escritor, la autofagia implica naturalmente el cese de la producción literaria.
La realidad, sin embargo, no suele ceñirse a esa lógica. Pocos autores han sabido resistirse a la tentación de devanar la misma madeja una y otra vez. La verdadera autofagia literaria suele adoptar la forma del autoplagio o, cuando menos, la de un práctico reciclaje, pero rara vez desemboca en el silencio. Se trata en realidad de una forma autárquica de gestionar el agotamiento para obtener los beneficios de la longevidad creadora. Y la longevidad puede ser una manera de mantener posiciones en las trincheras del sistema literario o la manifestación de una ciega necesidad. Pero difícilmente puede figurar como valor literario.
Desde hace bastante tiempo, la literatura de Millás se encuentra cómodamente instalada en unas coordenadas en las que apenas se perciben desplazamientos. Interpretar este hecho como signo de fidelidad a la propia identidad o, por el contrario, utilizarlo para argüir una actitud conformista depende de criterios tan escurridizos como insoslayables en la función de la crítica. El dilema se vuelve aún más peliagudo cuando, como es el caso de nuestro autor, el inmovilismo no cede a la desidia o el desaliño sino que, por el contrario, suele instalarse en el territorio de la decencia.
Lo que sé de los hombrecillos acredita una vez más la capacidad de su autor para clonarse con naturalidad bajo la asistencia del decoro. La peripecia de su protagonista, un catedrático de economía recién jubilado, reúne todas las obsesiones habituales del autor sin olvidar casi ninguna: la dislocación de la rutina por la irrupción de lo extraordinario, la importancia de los sueños y las experiencias visionarias, la figura del doble (lo que permite inscribirse en una prestigiosa tradición que reúne a Stevenson, Meyrink o Borges), los mundos paralelos y sus interferencias en la vida doméstica, a menudo iluminadoras o terapéuticas. Sin embargo, lo que verdaderamente le otorga un aire familiar no son estas preocupaciones, sino el molde que las contiene. La existencia de un mundo paralelo que acoge a una sociedad de pequeños humanoides permite conferir al relato esa consistencia de hipótesis extraña, tan habitual en Millás, que, al confrontarse con el mundo real (o instalarse en él), se convierte en una forma de desentrañar sus mecanismos ocultos.
Esos hombrecillos que se aparecen caprichosamente ante el morigerado catedrático son los heraldos de esta otra realidad cuyo funcionamiento no llega a comprenderse del todo, si bien su comportamiento gregario y básicamente instintivo, similar al de ciertos insectos, sugiere una hegemonía de la materia y la biología sobre la racionalidad o las convenciones artificiales de la comunidad. El acceso a ese mundo –cuyas calles y plazas recuerdan, por cierto, a la Praga de Kafka– tiene lugar de la mano de un individuo concreto, una réplica diminuta del viejo profesor que otros hombrecillos «fabrican» a partir de minúsculas muestras de órganos y tejidos procedentes del modelo original. El resultado es una especie de Doppelgänger, un híbrido entre la criatura de Frankenstein y un Mr. Hyde diminuto y amoral que entabla una relación, no se sabe si de mutualismo o parasitaria, con el profesor jubilado. Ambos viven interconectados mental y físicamente, lo que permite que cada cual pueda acceder a las experiencias sensoriales del otro y, en consecuencia, disfrutar de nuevas formas de placer. Es precisamente esto último lo que se convierte en el motor de un juego de reciprocidades y extorsiones que arrastran al respetable economista a todo tipo vicios y abyecciones para acabar, justo al borde de la disipación irreversible, con un retorno al orden.
El narrador, que es el propio protagonista de ese descenso a los abismos, no emite ningún juicio moral sobre su conducta, sino que se limita a describirlo con desapasionada pulcritud. Puede decirse que su lucha se sitúa al margen de lo ético, tal vez en el espacio en que el ser racional se enfrenta a las demandas primarias del instinto. «No estoy dimitiendo de na-da, sino descansando de todo», se dice el protagonista cuando apenas es ya una bestia que se excita con sus propios olores y secreciones. Señalar la existencia de esa dimensión premoral del individuo, proponer al lector el reto de reconocer su presencia subterránea bajo los límites e inhibiciones impuestos por las convenciones sociales: tal es la preocupación central de la novela y, desde luego, la coartada que respalda el minucioso relato que la sustenta.
Resulta ocioso advertir que, tras más de cien años de psicoanálisis, no hay que buscar la principal virtud de este libro en la novedad de su mensaje. Y aunque ello no sea censurable, sí suscita objeciones la falta de arrojo o de ambición del autor para examinar las implicaciones y consecuencias de esa idea. No son precisamente síntomas de valentía moral el llevar a un personaje hasta la degradación absoluta pero luego salvarlo, limitar las consecuencias de sus actos gracias a su privilegiada situación económica y social, o dese-char los posibles daños a terceros generados por su comportamiento. Millás nos asoma a un precipicio, pero el vértigo que podemos sentir está siempre controlado por la certeza de que una mampara transparente nos permite contemplar un experimento controlado del que al final resultan ilesos tanto el sujeto analizado como el observador.
Ese mismo conformismo se extiende a la forma de articular el relato, tal vez de forma aún más notable por efecto de la autofagia de la que hablábamos al principio. Resulta excesivamente plana la conversión del relato en ejemplo ilustrativo, la sustitución del personaje por el estereotipo. Las hechuras de informe kafkiano explican el sometimiento a la estricta linealidad narrativa, pero no justifican la simplicidad con que las acciones del protagonista se encadenan en un crescendo tan lógico como previsible. Es indudable que el buen oficio de Millás, unido a su proverbial ingenio, otorga al relato un aspecto de aseada solvencia que acoge destellos puntuales (por ejemplo, la capacidad para crear y mantener sugerentes redes semánticas que conectan esferas tan dispares como la economía y la biología). Pero también es cierto que esas son las virtudes que quedan cuando se detrae de la lectura su naturaleza de auténtica experiencia.

01/09/2011

 
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