ARTÍCULO

La mirada española de los hispanistas

Debolsillo, Barcelona
Trad. de Ana María Pérez Martínez
704 pp. 9,95 €
 

En el primero de estos dos libros fascinantes, un hispanista holandés-estadounidense, catedrático en el Oberlin College, en el centro de Estados Unidos, interpreta las complejas relaciones intelectuales y emocionales entre varios estudiosos ingleses y norteamericanos, así como las características culturales del mundo hispánico que afectaron claramente a sus actitudes hacia la guerra civil española de los años 1936-1939. En el segundo de estos volúmenes, el hispanista británico más productivo de los últimos cuarenta años, en su condición de estudioso, profesor, escritor, editor y director de fundación –Paul Preston–, ha editado un texto definitivo de una de las obras maestras únicas de Herbert Southworth (la otra es su La destrucción de Guernica).
Comencemos definiendo el tema de Faber en sus términos más amplios: desde comienzos del siglo XIX hasta mediados del XX, prácticamente todos los hispanistas anglo-estadounidenses eran profesores de lengua y literatura, o críticos literarios, o aficionados con talento que habían vivido en la Península Ibérica o en Latinoamérica sin haberse especializado en ninguna disciplina académica concreta. La Guerra Civil española fue uno de los conflictos políticos-militares-ideológicos más dramáticos de la historia europea, pero la inmensa mayoría de los hispanistas antes de 1950 aproximadamente eran gente del mundo de la literatura, no historiadores o científicos sociales. La tarea que se propone Faber es relacionar el mundo intelectual-emocional de estos humanistas-hispanistas con la dureza y el sufrimiento y las cuestiones extraordinariamente políticas que se dilucidaron en la Guerra Civil.
Para Faber, todo hispanismo serio incluye «hispanofilia», el amor intuitivo por una cultura muy diferente de la del moderno mundo anglosajón; el «compromiso» con una interpretación seria de esa cultura, y «disciplina», en el sentido tanto de altos niveles de evidencias científicas como de tener muy presentes los intereses colectivos de una «disciplina» académica. Relaciona estos principios con un gran número de hispanistas en diferentes momentos del texto, pero se concentra en cuatro personas concretas: dos estadounidenses y dos ingleses. Los estadounidenses son Paul Patrick Rogers (uno de sus predecesores en el claustro del Oberlin College) y Herbert Southworth, el bibliotecario y periodista que se convirtió en uno de los gigantes de la investigación de la Guerra Civil. Los británicos son E. Allison Peers, catedrático en la Universidad de Liverpool, fundador y director durante años del Bulletin of Spanish Studies, y Gerald Brenan, que no fue profesor universitario por voluntad propia, sino autor del libro quizá más ampliamente respetado sobre los orígenes de la Guerra Civil, El laberinto español (publicado originalmente en inglés en 1943 y reimpreso constantemente desde entonces).
Como el hispanismo era una especialidad académica relativamente nueva y vagamente definida, no resulta sorprendente que los capítulos biográficos de Faber revelen grandes diferencias de enfoque por parte de las cuatro personas descritas. Paul Rogers, hijo de un ministro baptista de ideas progresistas, y criado en plena depresión mundial y en el auge del fascismo, se hizo inmediamente pro-republicano. En el verano de 1937, logró sortear desde Francia la política estadounidense de no conceder visados para viajar a España, haciéndose miembro de una delegación oficial del Comité Estadounidense de Ayuda a la España Republicana. Pero, aunque escribió opiniones muy favorables de su visita, y llevó un diario secreto, publicó únicamente unos pocos artículos y guardó virtualmente silencio sobre la guerra desde 1938 hasta los años setenta. Los motivos probables, aunque aparentemente no expresados con claridad, de este silencio fueron los efectos de la Guerra Fría y las purgas macartistas, así como un sentimiento muy extendido entre los universitarios estadounidenses de que el mundo académico debía evitar la expresión de opiniones políticas.
Herbert Southworth siempre abrigó simpatías izquierdistas, y dado que la Unión Soviética era la única gran potencia que defendió los derechos internacionales legítimos de la República, Southworth, sin llegar a ser nunca comunista personalmente, siempre defendió el papel soviético. Sin negar los excesos de los agentes soviéticos en España, su intelecto y sus emociones se movilizaron para poner al descubierto el aluvión de mentiras utilizadas por los generales insurgentes, la derecha monárquica, la Falange y los portavoces de la Italia fascista y la Alemania nazi para justificar la «cruzada» del general Franco. Cuando leyó los libros escritos por los partidarios de Franco, se armó de toda su experiencia como bibliotecario y bibliógrafo. Tal y como explican Faber y Paul Preston, creó virtualmente una nueva forma de investigación histórica: el análisis línea a línea de las tenidas por historias para mostrar los errores, las medias verdades, las citas incorrectas y los resúmenes engañosos, los prejuicios religiosos y políticos.
E. Allison Peers fue un hombre de orígenes modestos, sensibilidad religiosa e instintos políticos conservadores, pero también democráticos. Durante los años republicanos previos a la guerra favoreció por regla general el programa de los partidos conservadores sobre el de los republicanos de izquierda, pero al mismo tiempo admiraba a Manuel Azaña personalmente más que a ninguno de los dirigentes lerrouxistas y de la CEDA. En los primeros estadios de la Guerra Civil tendió a favorecer a Franco debido a la indignación que sintió ante la quema de iglesias y el asesinato de sacerdotes y monjas. Durante la mayor parte de la guerra mundial esperó que la dictadura de Franco evolucionara hacia un régimen democrático más civil, aunque no específicamente democrático, y su antifranquismo pasó a estar en relación proporcional con las simpatías pronazis del dictador, con las ejecuciones políticas ininterrumpidas tras la Guerra Civil y con la evidencia cada vez mayor de que Franco no devolvería nunca la autonomía a Cataluña y el País Vasco, las acciones de la República que Peers más había admirado.
A Gerald Brenan, hijo desafecto de un oficial militar de carrera, tampoco le gustaba la arquitectura gris y la vida por regla general poco estética de la Inglaterra industrial urbana. Tras la Primera Guerra Mundial estaba buscando un lugar donde vivir, donde sus modestos ingresos fueran suficientes sin un trabajo asalariado y donde la atmósfera social adoleciera de menos inhibiciones que en Inglaterra. Encontró ambas cosas en Andalucía, compró una casa en la pequeña localidad de Yegen, se trajo su biblioteca desde Inglaterra, disfrutó de las compras y de estar de palique con sus vecinos, mantuvo diversas relaciones carnales con atractivas compañeras (criadas que buscaban su compañía de buen grado) e invitó a sus amigos de Bloomsbury a visitarlo durante largas temporadas en su casa.
Acabó admirando enormemente la lengua, la vitalidad y la dignidad de carácter de los trabajadores españoles, lo que a su vez le hizo estudiar a los anarquistas y a simpatizar con las demandas de una reforma agraria. Durante los cinco años de la República se mostró decididamente favorable a los programas económicos y sociales de la izquierda democrática, y en los primeros meses de la Guerra Civil escribió numerosas cartas y artículos de periódico defendiendo a la República frente a las acusaciones de barbarie e incompetencia, así como condenando a la derecha por apoyar una sublevación militar y por las crueles represiones de las clases trabajadoras.
Tras regresar a Inglaterra en octubre de 1936, pasó la mayor parte de los seis años siguientes estudiando historia española con objeto de comprender los múltiples problemas políticos, sociales, económicos y religiosos de los que había sido realmente consciente, pero que no había intentado previamente dilucidar en detalle. Según Faber, fue el primero de los hispanistas en insistir en que las causas de la guerra no fueron cuestiones de «carácter nacional» sino problemas «específicos y contingentes», muy especialmente la falta de tierra para los campesinos en la mitad meridional del país. Al mismo tiempo, la España que había aprendido a amar, con sus campesinos, obreros y mujeres de extraordinaria personalidad, era «la otra» frente a la insípida clase media de Inglaterra. Atribuyó la «autenticidad» de España al mismo tiempo a la influencia de los carlistas y los anarquistas (las respectivas fuerzas de derecha e izquierda que se situaron más lejos de la aceptación del capitalismo y la democracia modernos), y quería que España permaneciera de ese modo como la alternativa que le permitiera escapar de su propio entorno cultural y de clase.
El Laberinto contiene una rica combinación de moderna historia factual y laica junto con una valoración emocional y estética de esa España premoderna que se había convertido en su utopía personal. Esto hizo, a su vez, que en sus posteriores libros, La faz de España y Al sur de Granada, la nostalgia de la España premoderna, y el deseo específico de volver a vivir allí sin ser visto por Franco como un enemigo, su autor se mostrara menos favorable de lo que lo había sido hacia la República. Cuanto más supo, asimismo, del abandono del arte religioso, así como de la violencia anticlerical, menos favorablemente recordó los años previos a la guerra y menos enérgicamente criticó a la dictadura existente.
Lo cierto es que, a partir de la Segunda Guerra Mundial, tanto Peers como Brenan abrigaron dudas cada vez mayores sobre si la democracia española era una solución deseable, o incluso posible, para España. En sus visitas al país en la posguerra, ambos seguían buscando lugares «sin estropear», y quejándose de las carreteras para los coches y las hordas de turistas. Mi impresión, y quizá la del autor, aunque no se refiere al tema claramente, es que además de su gran erudición y de su profundo amor por el arte religioso español, también compartían sencillamente el deseo común de muchos miembros de las clases medias de los países industriales de encontrar algún lugar premoderno en el que vivir felizmente, disfrutando también de los servicios de campesinas sanas y atractivas a las que no les hacía mella la superioridad económica de sus vecinos anglosajones o del norte de Europa.
Nos ocupamos ahora de la edición de Preston de El mito de la cruzada de Franco: se trata de un libro único, que constituye nada menos que un estudio enciclopédico de la literatura de la Guerra Civil hasta aproximadamente 1960. Vino motivado principalmente por el firme deseo de exponer las mentiras, las interpretaciones engañosas y los errores editoriales garrafales en que incurrieron los escritores nacionalistas españoles. Pero también incluye comentarios detallados de parte de la literatura republicana atacada por esos autores, así como una gran cantidad de información sobre la historia editorial, las diversas traducciones, condensaciones y censuras que se produjeron; más la influencia en la radio, la televisión y las versiones cinematográficas de novelas en diversos idiomas por parte de autores con puntos de vista muy diferentes.
Southworth, en contraste con muchos de los autores que estaba criticando, leyó realmente los libros en cuestión. (Copias de la mayor parte de ellos se encontraban en su biblioteca personal, depositada en la actualidad en la sección de Colecciones especiales de la biblioteca principal de la Universidad de California en San Diego). La mayor parte del tiempo estaba escribiendo bien para alabar o para señalar críticas negativas de pasajes específicos de libros o artículos concretos. Esto significa que la mayoría de los lectores, con excepción del puñado de estudiosos que también han leído toda, o casi toda, la misma literatura, han de tener una fe inquebrantable en la competencia intelectual y en la honestidad del autor. Utilizando los excelentes subtítulos e índice de la edición de Preston (y leyendo su prólogo, su ensayo biográfico y sus notas), pueden localizarse rápidamente el autor y el libro sobre los que se quiera una información fidedigna. En mi experiencia personal a lo largo de varias décadas, utilizando El mito (y también su libro sobre Guernica) igual que me valdría de una enciclopedia, siempre he encontrado información relevante. Y he de añadir que en los casos en que los poderosos sentimientos personales de Southworth distorsionan su juicio (en mi opinión, al referirse a Burnett Bolloten y Hugh Thomas, entre otros), su propio estilo pone al lector en guardia contra esas distorsiones.
Southworth tenía también un mordaz sentido del humor, con un ejemplo del cual concluiré esta recensión. En 1961, la España oficial celebró el 25° aniversario de la Cruzada del general Franco, y entre los numerosos actos hubo una serie de conferencias laudatorias organizadas por el profesor que ocupaba la cátedra de Cultura Militar, General Palafox, en la Universidad de Zaragoza. Poco después se publicaron las conferencias junto con una bibliografía preparada por el mismo catedrático. Incluida en la bibliografía se encontraba la siguiente entrada: «Peter Merin, Spanica zwischen todnu Gebriet». No existía ningún libro con ese título. Según la explicación ofrecida por Southworth (pp. 504-508), el inexistente texto fue recogido originalmente en 1940 por un autor falangista, fue copiado en 1952 por el conocido escritor Eduardo Comín Colomer en la bibliografía de uno de sus libros, y volvió a ser incluido por el titular de la cátedra de Cultura Militar, Palafox.
Lo cierto es que sí existe el libro, pero había sido copiado incorrectamente. Como los autores no llegaban a ver nunca muchos de los títulos que citaban, se cometían numerosos errores. En 1937, un escritor alemán llamado Peter Merin publicó un libro titulado Spanien zwischen Tod und Geburt (España entre la muerte y el nacimiento). Según Southworth, «es un buen estudio a favor de los republicanos», y ésta no es más que una de las muchas referencias que encontramos en El mito de la cruzada de Franco a obras que habían sido recogidas por autores franquistas como favorables a Franco cuando, en realidad, eran antifranquistas, o viceversa.

Traducción de Luis Gago

Este artículo ha sido escrito por Gabriel Jackson especialmente para Revista de Libros

01/02/2010

 
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