ARTÍCULO

Arriba y abajo

 

LA EXCEPCIÓN AMERICANA

 

En 1729, Jonathan Swift avanzó una ponderada iniciativa para acabar con el hambre y la pobreza en Irlanda. Su propuesta, que él inmerecidamente calificaba de modesta, era un paradigma de eso que hoy tanto alaban las escuelas de gestión empresarial: pensar fuera de cacho. Lo más acertado, concluía Swift, era vender a los rorros de un año para su consumo como carne de mesa, lo que reportaría ganancias de unos ocho chelines anuales para las familias proveedoras y unas cincuenta mil libras en ahorros al fisco. Además, convenía no olvidar que esa mejoría económica serviría también de estímulo para el matrimonio, rémora del aborto y acicate para los valores familiares, aunando el buen sentido y la piedad cristiana. De paso, también reduciría el número de papistas irlandeses, lo que no era cosa baladí en un país donde la mayoría de los habitantes pobres se honraba en pertenecer a la iglesia de Roma.

La propuesta de Swift no se puso en práctica: ya se sabe lo que cuesta cambiar la inercia burocrática en política social. Por otra parte, la inesperada plaga de la patata ahogó toda ulterior discusión, pues estuvo a punto de resolver la cosa de forma aún más drástica y sin necesidad de proponer la quiebra del tabú alimentario intraespecífico.

Nelly Holland vivía en el fundo del tercer marqués de Lansdowne, en la parroquia de Kenmare, en el condado de Kerry, cuando el misterioso y fatídico hongo que destruía el tubérculo hizo su aparición en 1845 para sembrar el desastre hasta mediada la década de 1850. Para pagar los aumentos de rentas que los terratenientes habían impuesto en el país durante la primera mitad del siglo XIX , los campesinos irlandeses se alimentaban de patatas en desayuno, comida y cena. Cuando el salario era en especie, a cada jornalero se le daban de comer unos seis kilos y medio a lo largo del día y una familia de seis personas consumía dieciséis kilos de patatas, y poco más de nada, en el mismo tiempo. Así que la plaga se llevó al otro barrio a miles de irlandeses pobres y convirtió en una pesada carga a los restantes.

El administrador del marqués de Lansdowne, un señor de nombre William Trench, le hizo a su amo unas cuentas tan claras como las de Swift. La plaga le estaba costando unas 15.000 libras anuales en subsidios a los pobres de sus fincas, pero si el marqués les ofrecía pasaje gratis a Estados Unidos sus gastos no pasarían de 13-14.000 libras y por una sola vez. La perspectiva de ahorro inmediato y el alivio de futuras cargas conmovieron el ánimo del prócer, siempre dispuesto a buscar lo mejor para sus jornaleros, con lo que Nelly Holland y varios cientos más embarcaron rumbo a Nueva York. Sin saberlo –ah, las consecuencias inesperadas de nuestros actos con las que se adornan los sociólogos que torean de salón–, lord Lansdowne iba a contribuir decisivamente a la excepción americana.

Hay gentes a las que cuando oyen esto último se les hinchan las venas del cuello y comienzan a barbotar incongruencias sobre el Sacro Imperio Romano-Germánico. Conviene ser condescendientes con ellas porque, a menudo, los defensores de la tesis excepcionalista la convierten en una justificación a lo Bossuet de las aspiraciones americanas al dominio imperial y, así, lo que no ha sido sino resultado de procesos sobredeterminados, que decían antaño los cursis, es decir, algo debido a un sinfín de causas, y el efecto de varias decisiones acertadas en momentos cruciales nos lo venden como un designio de la providencia o un destino manifiesto cuando son más laicos.

Pero excepción, haberla, hayla. Estados Unidos ha sido la tumba de las tesis evolucionistas que veían la historia como una escalera coronada por el progreso ininterrumpido, el fin de la prehistoria, el socialismo, lo que fuere. En Estados Unidos no hay forma de enganchar esas imágenes a ningún período de su corta vida. Para Seymour M. LipsetSeymour M. Lipset. American Exceptionalism. A double-edged Sword, Norton, Nueva York y Londres, 1996. , su excepcionalidad radica en que Estados Unidos se ha definido desde sus inicios como un país de valores burgueses, claramente extraños a la economía moral, la deferencia hacia los poderosos y el dirigismo que han caracterizado a Europa hasta casi ayer y al resto del mundo hasta hoy. En definitiva, en haber sido un país exclusivamente burgués desde sus orígenes.

En la base de ese entramado ideológico, aunque Lipset no se esfuerce en dar detalles, se encuentra una expansión de la economía de mercado que, pese al Sur esclavista, no ha tenido parangón en otros países. No deja de ser chocante que fuera el desarrollo del mercado lo que acabase con las alternativas anarquistas y socialistasUna amplia discusión de la pregunta con que Werner Sombart titulara su libro de 1906 («¿Por qué no hay socialismo en Estados Unidos?») puede verse en Seymour M. Lipset y Gary Marks, It Didn't Happen Here. Why Socialism Failed in the United States, Norton, Nueva York y Londres, 2000. a su existencia y al tiempo legitimase la supremacía de las clases dirigentes que, según la falsilla, deberían haber sido sus primeras víctimas. En los dos libros que comentamos se apuntan explicaciones complementarias para esa paradoja: una es la vertiginosa movilidad social del país, y otra la capacidad de sus dirigentes para definir claramente sus objetivos y hacer que el resto de la sociedad los tuviera también por suyos. En la segunda mitad del siglo XIX , la abundancia de oportunidades y un liderazgo eficaz convirtieron a Nueva York en la capital del mundo que aún hoy es e hicieron de Estados Unidos, como gustan de decir franceses y afrancesados, la única hiperpotencia.

ABAJO...

Para Nelly Holland y los cientos de miles de irlandeses y europeos que emigraron a Estados Unidos hasta 1914, el país no era precisamente Jauja. Al avistar Sandy Hook tras una larga travesía, muchos pensaban lo mismo que David Levinsky. «"Así que esto es América", me dije en voz baja. La idea de lugar encantado que el nombre había siempre evocado en mí parecía ahora por completo justificada»Abraham Cahan, The Rise of David Levinsky, Penguin Books, Nueva York, 1993, pág. 87. . Pronto, sin embargo –para muchos nada más acabar los trámites migratorios–, la ensoñación se desvanecía y la mayoría tenía que instalarse en barrios como Five Points.

Five Points o Cinco Esquinas estaba en el Sexto Distrito electoral, al sur de la actual Canal St. y al oeste de Mulberry, justo en la encrucijada, que aún hoy existe, de Baxter y Worth St. En el extremo sur de Manhattan abundaban las malas vecindades, pero Five Points se llevaba la palma desde su primera población en la década de 1820. Tan mala era la condición de sus habitantes que servía de argumento a los defensores de la esclavitud. ¿Acaso se proponían los abolicionistas condenar a los negros a la suerte de los Five Pointers?

A partir de 1850 la zona quedó inundada por una riada de irlandeses que se convirtieron en la mayoría étnica del distrito. En 1855, un 52% de residentes en Five Points eran de esa nacionalidad. Entre los adultos, la proporción alcanzaba el 66%. Sin un céntimo, los irlandeses se agrupaban en los peores edificios, generalmente estructuras de madera en los que hasta doce personas se apiñaban en habitaciones de tres metros cuadrados con techos demasiado bajos para permitirles estar de pie, según informes del Departamento de Salud. En tales condiciones mal podía esperarse que las calles fueran un lugar ameno. La basura se tiraba directamente a la vía y llegaba a alcanzar alturas de hasta un metro, lo que sumado a la escasa higiene corporal que los habitantes podían permitirse generaba un hedor que ofendía a la mayor parte de los visitantes.

Las oportunidades de trabajo tampoco eran muchas, sobre todo por la nula cualificación de los irlandeses. Entre los hombres, un 89% eran trabajadores manuales sin educación formal. Otros buscaban un discutible futuro en la venta ambulante. Las mujeres, por su parte, se repartían entre costureras y sirvientas (48 y 25%, respectivamente) y muchas de las más jóvenes ejercían de prostitutas. La marginación social acompañaba a la económica y laboral. Ya fuese porque su número crecía imparable, ya porque representasen una amenaza a su mercado de trabajo, los irlandeses eran un continuo motivo de irritación para los nativos. Los más jóvenes de éstos se agrupaban en bandas siempre dispuestas a la pelea. Así surgen los Bowery B'hoys y sus G'hals, chicos y chicas en torno a los veinte años de complicados peinados y vistosas levitas y otras prendas coloristas, que se distinguían por sus mejores trabajos (carniceros, oficinistas, cajistas, si eran hombres, o sombrereras y dependientas entre las mujeres) y su inquina contra los extranjeros. Los disturbios de Astor Place en 1849 o los de los Dead Rabbits (Conejos Muertos) en 1856 son las cumbres de esa hostilidad permanenteUna descripción detallada, divertida y cargada de moralina de estas bandas hasta comienzos del siglo XX puede encontrarse en Herbert Asbury, The Gangs of New York. An Informal History of the Underworld, Paragon Press, Nueva York, 1990. La edición original es de 1927. .

Parecía que estuviesen así dadas todas las condiciones para un brote de radicalismo, pero no llegó. Ante todo, por razones económicas, pues una parte significativa de los Five Pointers consideraba que sus miserables condiciones de vida eran más llevaderas que las que habían dejado atrás. La combinación de trabajo duro y privaciones, por despiadada que fuese, alimentaba las esperanzas de mejora entre la primera generación de inmigrantes irlandeses. Pocos sentían nostalgia del país natal. «Comemos cada día como en casa por Navidades», escribía una sirvienta. Muchos veían el fruto de sus esfuerzos al poco de llegar. Nelly Holland, que se había quedado viuda y con dos hijos a cargo al llegar a Nueva York, había conseguido ahorrar en 1860 unos 3.200 dólares de hoy. Nada para grandes celebraciones, pero sin duda bastante mejor que la segura muerte de hambre que aguardaba en la finca de los Lansdowne ocho años antes. Un repaso a las cuentas bancarias de muchos irlandeses arroja un balance similar.

Pero el gran cambio llega con la guerra civil. Muchos habitantes de los Five Points hubieron de alistarse en la marina o el ejército de la Unión, no sin antes haber dejado constancia de su escasa afición por esos menesteres con los disturbios contra el reclutamiento de 1863, los peores que conociese la ciudad hasta entonces. La mengua demográfica, a su vez, mejoró las posibilidades de trabajo de los que se quedaban y propició fuertes aumentos salariales en el boom económico de la guerra. En el curso de una sola generación, entre 1855 y 1880, la población de irlandeses en Five Points se redujo a la mitad. Muchos se desplazaron a mejores vecindades, hacia el Village y la calle Catorce. En 1890, sólo un 10% de los Five Pointers provenía de Irlanda.

Otras razones sociales y étnicas frenaron el posible flujo radical. Con las mejores oportunidades de trabajo vino también una mayor integración y un incipiente control del aparato político. Desde 1870, los irlandeses de segunda generación se hacen notar en Tammany Hall, con el consiguiente acceso a cargos electivos, escalones de la burocracia urbana y otras esferas de influencia. Otros se convierten en empresarios. Finalmente, la necesidad de agruparse para defender lo ya ganado o abrir nuevas oportunidades les llevó a buscar en la solidaridad étnica su mejor instrumento de acción colectiva. En la década de 1870 había ya en Nueva York al menos dieciocho fraternidades irlandesas con fines benéficos o sindicales. Semejante barrera identitaria impedía que conflictos y políticas radicales se formulasen en una arena abierta a otras nacionalidades.

La historia de los irlandeses se ha repetido en otros ciclos de la vida neoyorquina y en el resto de la nación. Tras el desplazamiento hacia arriba de los irlandeses, los italianos invadieron Five Points desde 1880; polacos, rusos y judíos de la Europa oriental se instalaron en otros lugares (Hell's Kitchen, Lower East Side); y los chinos, valga la redundancia, poblaron Chinatown. Todos ellos pasaron por estadios semejantes de asimilación a la vida nacional, como hoy lo hacen chicanos y demás latinos, diversos grupos del sur y el sudeste asiático y hasta los rusos, que han vuelto a emigrar en cantidad. Como es bien sabido, con la muy localizada excepción de la agitación wobblie en la segunda década del siglo XX , ninguno de esos grupos se ha identificado con causas radicales y parece poco verosímil que éstas puedan cuajar en una economía que, como la americana, está masivamente empeñada en desplazar a trabajadores por tecnología y tiene índices bajísimos de sindicación. Un ejemplo reciente y llamativo. La campaña a favor de un salario digno para los trabajadores subalternos, en su mayoría inmigrantes, que se desarrolló en el curso 2000-2001 en algunas universidades de la Ivy League, partió como iniciativa exclusiva de grupos de estudiantes y sólo fue adoptada tarde y con desgana por los que deberían ser sus beneficiarios.

... Y ARRIBA

La casa de Richard y lady Bellamy en Eaton Square no hubiera podido subsistir con esplendor sin Rose, sin Hudson el mayordomo, sin la cocinera Bridges y sin el resto de los sirvientes, pero los habitantes de los pisos de arriba también tenían sus habilidades. Eso, sin embargo, se le pasa por alto a Sven Beckert en su estudio, por otra parte muy bien trabajado, sobre la burguesía neoyorquina en la segunda mitad del siglo XIX.

Las gentes con capital en la Nueva York de la época eran, sin duda, una minoría. En 1856, tan solo unas 9.000 personas, alrededor del 1,4% de la población, contaban con un patrimonio superior a 10.000 dólares, pero entre todas controlaban alrededor del 71% de la riqueza mueble e inmueble. El dinero más antiguo se había hecho, como en Boston y en Filadelfia, con el comercio derivado sobre todo del algodón del Sur esclavista y la banca y los seguros que lo financiaban. La década de 1850 vio emerger a otro importante grupo de capitalistas: antiguos artesanos que se habían aupado al rango de empresarios manufactureros. El dinero nuevo sacaba su fuerza y sus beneficios de todo ese gentío que emigraba por millares cada año y cuyos pasos acabamos de seguir. Dinero viejo y nuevo se miraron al principio con desconfianza. Poco a poco, sin embargo, fueron creando lazos comunes e intereses compartidos, a menudo mediante enlaces matrimoniales. La creación de vecindarios exclusivos hacia el norte de Manhattan les llevó a compartir la intimidad que suele seguir a la cercanía y la fundación de clubes, iglesias o sinagogas les proveía de lugares para encuentros relajados. En lo ideológico, ambos sectores comenzaron a verse como los legítimos dirigentes de la ciudad y a defender la convergencia natural entre los intereses del trabajo y los del capital.

Esta difícil entente pasó su peor momento inmediatamente antes de la guerra civil. Comerciantes y financieros neoyorquinos defendían mayoritariamente las políticas del partido demócrata que dominaba el Sur plantador y esclavista, y cuya tendencia a no trabar los flujos internacionales de capital y a mantener bajas las tarifas aduaneras coincidía sin esfuerzo con sus propios intereses. Por el contrario, los industriales tendían a alinearse con los republicanos. En vez de hacia el Sur, ellos preferían mirar hacia el Oeste y hacia un futuro de industrialización doméstica, sustitución de importaciones y exportación de productos agrícolas, cuyos destinos claves eran las grandes urbes y los granjeros libres. El Sur, por rico que fuera –y lo eraHay un largo debate en el que no podemos entrar sobre la verdadera economía del Sur. Todo parece apuntar, sin embargo, que los cálculos de R. Fogel sobre su dinamismo, incluyendo la no tan mala situación de los esclavos negros, son bastante exactos, aunque choquen con la posición políticamente correcta de que la economía esclavista era muy parecida a la de los campos de concentración o la del archipiélago Gulag. (Véase Robert Fogel, Without Consent or Contract. The Rise and Fall of American Slavery, Norton, Nueva York, 1989; Robert Fogel y Stanley Engerman, Time on the Cross. The Economics of American Negro Slavery, Norton, Nueva York, 1974). –, no ofrecía alternativa a esos millones de consumidores, pues una parte importante de su población, ante todo los esclavos, tenía un techo de gasto relativamente muy bajo.

Sin embargo, la burguesía neoyorquina no tardó en identificar dónde residían sus intereses colectivos una vez estallada la contienda. La secesión era un ataque directo a su base de poder y el mayor peligro en ese momento. De triunfar, hubiera creado una barrera a la expansión territorial de la Unión hacia el Oeste y hubiera sido un alarmante competidor militar en el subcontinente. Con la excepción de algunos perdedores, la burguesía selló pronto el fin de sus antiguas rencillas; se convirtió al unionismo; canalizó la financiación de la guerra a través del Comité de Defensa de la Unión; e impulsó numerosos cambios de perspectiva. De todo ello, Sven Beckert concluye que «la guerra fue revolucionaria porque acabó por destruir la institución social clave de los estados confederados –la esclavitud– y con ella el poder político nacional de los esclavistas. Pero la guerra fue igualmente revolucionaria porque facilitó cambios en los negocios, las políticas y las ideas de la élite económica de la ciudad» (pág. 115).

Tal visión optimista, para Beckert, se agota pronto. Tras el fin de la guerra, las cosas se resituaron en el caleidoscopio social. En la década de 1870 muchos obreros, fundamentalmente entre los especializados, formaron sindicatos y organizaron huelgas, desbordando el marco paternalista anterior y alimentando la aprensión de que su desenlace pudiera asemejarse a la Comuna parisina de 1871. El crack bursátil de septiembre de 1873 y una subsiguiente depresión económica que, con altibajos, duró veintitrés años hicieron el resto. Según la tesis de Beckert, el antiguo optimismo empresarial y la perspectiva de unas relaciones interclasistas armónicas se vinieron abajo para ser sustituidos por el darwinismo social; una visión de la pobreza como lacra individual y una concepción cada vez más restringida de la democracia, a la que se sacrificaron las expectativas de las mujeres y los esclavos recién liberados. Surge así un conjunto de políticas cada vez más conservadoras. Al tiempo, la burguesía neoyorquina empezó a cultivar gustos y actividades que la colocaban al margen –o por encima, según otras lecturas– del resto de las clases sociales. Mejores y más fastuosas mansiones, coleccionismo de obras de arte, matrimonios con aristócratas europeos, exquisitos banquetes y caros restaurantes, afición a la música y la ópera formaban una red de intereses múltiples aunque no por ello desconectados. Un mundo, en fin, bastante parecido al de Edith Wharton o al de John Singer Sargent. La burguesía neoyorquina y, con ella, la del resto de la nación había optado por un modelo de capitalismo competitivo y confrontacional que, en el fondo, reflejaba una cierta crisis permanente de legitimidad.

Más que la opción de la burguesía, sin embargo, esa conclusión parece ser la opción de Beckert por concebirla según la falsilla progre, a lo Hofstader, a lo Hobsbawm, a lo Skocpol. En suma, la burguesía yanqui tuvo buenos principios, especialmente en los tiempos en que iba a sotavento del cambio económico, con su matizada oposición al esclavismo y a la economía plantadora. Luego, ya es otra historia. Beckert se va del bracete con Tocqueville, que una vez más acredita servir para un roto y para un descosido, y predica que la promesa emancipatoria inicial de Estados Unidos se convirtió en su contrario una vez que los grandes negocios se impusieron y la burguesía decidió hacer rancho aparte.

Entramos así en el versátil campo de las preferencias. A Beckert, como a los progres que le inspiran, le va más el mundo del pequeño capital que el de las empresas globales. Tal es su gusto y hay que respetarlo. Lo que es menos respetable, empero, es su visión unilateral de la burguesía neoyorquina y americana en general. Es posible que los capitalistas americanos conociesen una crisis de legitimidad tras la guerra civil, pero eso no es notable. Al fin y al cabo, las crisis de legitimidad no son fases sucesivas, sino una condición permanente de toda hegemonía, que implica por definición la existencia de algún grado de oposición. Lo que importa explicar, por el contrario –y Beckert no lo hace–, es por qué los capitalistas americanos, pese a la presunta crisis, no acabaron ni han acabado todavía en el mismo basurero de la historia en que se codean la aristocracia francesa del Antiguo Régimen, el partido comunista soviético y las comunas del frente de Aragón. O por qué fueron capaces de pasear con éxito a Teddy Roosevelt con su activismo progresista a comienzos del siglo XX o a Franklin Roosevelt tras la depresión del 29 o a Reagan en los años ochenta y de conseguir que una mayoría de americanos no pertenecientes a la élite hiciesen suyas esas políticas. En la realidad, la burguesía americana ha mostrado hasta hoy mayor capacidad de adaptación que todos los radicalismos que florecieron en aquellas tierras durante la misma época, pero, si se toman al pie de la letra las hipótesis esencialistas de Beckert, nada de eso puede explicarse. Tal vez a Harvard, donde profesa, el eco de las aspiraciones y de las oportunidades de movilidad percibidas por la gente de los pisos bajos llega bastante más amortiguado que a Wall Street.

01/10/2002

 
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