ARTÍCULO

Quimera de la felicidad

Destino, Barcelona, 366 págs.
Premio Nadal 2002
 

Los primeros episodios de Los estados carenciales tienen lugar en una pintoresca academia fundada por un mecenas llamado Viliulfo, nombre extravagante para el Platón que organiza reuniones mayéuticas en medio de la jungla de cemento madrileña y no en un jardín ateniense. La narración se inicia con la llegada a ese centro de autosuperación de Ulises, un pintor treintañero separado de su mujer, Penélope, el cual se encarga, además, del hijo de ambos, Telémaco. Hay que tener mucho valor, y no poca seguridad en sí mismo, para empezar una novela con el reto de manipular una tropa semejante, marcada en su onomástica por tan llamativos estigmas clásicos.

Pero aún hay más. Cada uno de los quince cortos capítulos de la primera parte de la obra se encabeza con una cita clásica, nada menos que de Aristóteles, Aulo Gelio, Séneca, Ovidio, Diógenes Laercio, Madame de Châtelet, Valerio Máximo, Chamfort o el Cicerón de La naturaleza de losdioses y Cuestiones tusculanas. Esos cortos capítulos funcionan como una especie de glosa libre del pensamiento correspondiente. El suscrito por Plutarco, por ejemplo, se titula «Quince años no tiene mi amor», con lo que la autoridad del historiador griego se trivializa al pasarla por el cedazo de la popular cancioncilla de El Dúo Dinámico.

Y no acaba ahí la cosa. La novela consta de tres partes y un apéndice. Éste es un tratado, una «Eudemonología», cuyos pensamientos aforísticos cierran una especie de camino de perfección del autoconocimiento en sendas jornadas que se titulan «Lo que representamos», «Lo que tenemos» y «Lo que somos». En una nota se aclara que esas partes se corresponden con los tres puntos que conforman La suerte de los mortales, de Arthur Schopenhauer.

He dado todas estas referencias inexcusables de Los estados carenciales porque en ellas está algo que para mí cuenta mucho en la creación literaria y que tengo como lo más notable de la novela: la voluntad de riesgo que asume Ángela Vallvey. ¡No es nada atreverse con semejante despliegue culturalista y salir del empeño sin lesiones graves! Ello se debe al buen tino para manejar esa sustancia intelectual con distanciamiento: la autora aplica dosis proporcionadas de ironía, de crítica, de ternura, y de un buen conocimiento de la situación de las personas en la sociedad urbana de la última revolución tecnológica. Esos referentes clásicos, unidos por su contenido moral, van a parar a situaciones actuales cuyo denominador común se descubre a lo largo de la novela: la soledad.

Los estados carenciales es una novela de la soledad más que de aquello que parece tratar en apariencia: la búsqueda de la felicidad. La variopinta nómina de individuos, o más bien siluetas representativas de situaciones personales conflictivas, que escuchan con fe y disciplina a Viliulfo intentan averiguar cómo ser felices, y ello se recalca un número de veces incluso excesivo. Ya puede suponerse el fracaso de tal propósito, que no es un fracaso abstracto, sino mostrado en unas experiencias vitales concretísimas. Una corriente senequista parece discurrir en el fondo del conjunto de esas vidas, pero tiene más fuerza el pesimismo del pensador alemán que no por casualidad alienta la obra en conjunto.

He ahí el fondo de la novela: una visión corrosiva del mundo contemporáneo, apresado mediante unas instantáneas que fijan más que el drama, la vulgaridad del existir corriente. En ese terreno se mueve con mucha soltura Vallvey porque sabe presentar el sustrato de dolor y sinrazón sobre el que se construye la realidad humana de nuestros días. Los seres que desfilan por la academia tratan de solventar pequeños problemas, pero encierran un mundo de claudicaciones y dolor. Sin que ello adopte hacia afuera la forma de la tragedia. Esta lección no viene de la cultura clásica manoseada en el libro, sino de otro sitio: no es casual (nada hay fortuito en esta novela muy intencionada en sus menores detalles) que casi la única referencia a un autor reciente remita al norteamericano Carver.

Esa primera parte de Los estadoscarenciales resulta redonda, pero no ocurre así con su diseño completo. La parte siguiente se centra en Penélope. Quiere romper el ritmo y el clima alcanzados antes, pero no tiene efectos positivos, pues produce un salto demasiado abrupto y resulta pegadiza, aunque muestre el desparpajo de la escritora para referir un disparate de muchos quilates, la liposucción del monte de Venus de un personaje secundario. La tercera parte mezcla el modelo homérico con el joyceano y se salda, siempre en tono satírico, con los arrumacos de Ulises y de Penélope en la cama.

El diseño firme y claro de Los estados carenciales se resiente de un desarrollo un poco desequilibrado. Quizás porque Vallvey está mejor dotada para lo coral que para lo individual. Es un reparo, de todas maneras, de entidad menor al lado de lo que supone globalmente la novela: un testimonio de actualidad sentido y lúcido; una concepción culta del relato puesta al servicio de un vivificante postmodernismo burlesco; una capacidad de mezclar registros verbales muy notable; una historia que apela a la reflexión del lector. Sale así una novela fresca y novedosa entre nosotros, muy meritoria, y que no dejará indiferente al lector. La aceptación o rechazo estarán muy condicionados por la postura previa acerca de este modo de novelar. Creo obligado advertirlo para, a continuación, recomendar su lectura.

01/04/2002

 
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