ARTÍCULO

La religiosidad de los españoles

 

La publicación de un libro colectivo sobre diversas manifestaciones del catolicismo español del período de entreguerras pretende impulsar en España la historia religiosa, una parcela demasiado tiempo descuidada o marginada por la historiografía española del siglo XX. Si para otras épocas de la historia es normal el estudio y la enseñanza de temas como el monacato, las cofradías, las nuevas órdenes monásticas, las instituciones eclesiásticas y religiosas del Antiguo Régimen, o la evolución de las mentalidades y prácticas a través, por ejemplo, de los estudios de los testamentos, al llegar a los siglos XIX y XX no ocurre lo mismo. La historia de las cuestiones religiosas, a excepción de las que tienen una incidencia directamente política (desamortizaciones, exclaustraciones, relaciones Iglesia-Estado, clericalismo-anticlericalismo), desaparecen de la investigación y de la enseñanza en las universidades. Se convierten en temas reservados a las facultades y centros eclesiásticos, a estudiosos clérigos o católicos, mirados siempre con cierto recelo desde la historiografía civil. La introducción firmada por los coordinadores, «La historia religiosa y su dimensión sociológica», es un excelente estado de la cuestión sobre la nueva historia religiosa, especialmente la francesa, sobre las razones del peculiar retraso o vacío español al respecto, y sobre las posibilidades de salir de este impasse. La publicación reciente de las actas de un encuentro entre historiadores franceses y españoles especialistas en historia religiosa, promovido por la Casa de Velázquez (L'histoire religieuse en France et en Espagne) expresa bien la distancia entre ambas historiografías a la vez que enseña los caminos y posibilidades de la nueva historia religiosa. El conjunto de trabajos publicados en Católicos entre dos guerras. La historia religiosa de España en los años 20 y 30, y agrupados en los bloques «Religión y acción política», «Nacionalismo, patriotismo y religiosidad», «Redes de sociabilidad devocional», «Jerarquía y centros de decisión» y «Religión y cultura», intenta plantear una serie de temas, unos más novedosos que otros, desde la perspectiva teórica y metodológica de la historia religiosa, aunque, como suele ocurrir en las obras colectivas, no todos los capítulos responden a esas promesas renovadoras. Siendo, por tanto, loable y muy de agradecer este esfuerzo por hacer avanzar la investigación de nuevos temas y métodos en historia religiosa que se promete en la introducción, hay que decir que no todos los capítulos se corresponden con ese impulso renovador. Pues no basta con el tratamiento de nuevos temas, como los agrupados en el atractivo bloque «Redes de sociabilidad devocional». Dentro de ese conjunto es interesante la contribución de Requena sobre una asociación devocional («La Obra del amor Misericordioso») impulsada, entre otros, por el dominico Arintero; así como el dedicado al culto a Cristo Rey junto al impulso de Pío XI a la Acción Católica, pero no aporta nada el hagiográfico capítulo «Santos, fundadores y escritores espirituales». Más interesantes, temática y metodológicamente, resultan los capítulos dedicados al estudio de la relación del mundo católico con el cine (Pablo Pérez López), centrado en un análisis de la critica de películas publicada en la revistas de las Congregaciones Marianas Estrella del Mar; y más en general el trabajo de Francisco Javier Caspístegui sobre la postura católica ante el creciente auge del ocio y los espectáculos de masas, en el contexto del cambio de modas y costumbres de los «felices años 20» que también llegan a la España de la época. Una posición católica muy recelosa y defensiva frente al cine y los bailes modernos, estrechamente ligada al rechazo de la mujer moderna, fuente de pecado, que contrasta con la asunción positiva del deporte masculino como un cauce y complemento más del asociacionismo católico. El libro se plantea deliberadamente más allá de la historia política y del estudio tradicional de la relación Iglesia-Estado pero, aun tratándose temas no estrictamente políticos, es arriesgado no contextualizarlos en una coyuntura política tan conflictiva y variante como la crisis social y política de la Restauración, la dictadura primorriverista, y la Segunda República. Sabemos bien que los cambios de coyuntura condicionan e influyen decisivamente en los planteamientos no sólo políticos, sino pastorales, de la jerarquía, el clero y los laicos organizados. En su conjunto, las dos décadas de entreguerras no son precisamente un tiempo tranquilo. En la perspectiva de la nueva historia política se estudian algunos temas centrales de la cultura política católica, como los recurrentes problemas y dificultades de los católicos españoles por constituir un partido católico en el primer tercio del siglo XX (que sintetiza claramente José Leonardo Ruiz Sánchez), o la novedad importante que significa la trayectoria de El Debate (y el grupo de «Propagandistas» que lo impulsa) en la maduración de un partido católico durante la Segunda República (síntesis de Mercedes Montero); así como el recuerdo de la movilización y organización de los católicos en el terreno de la acción social y sindical. Pero todos estos temas ya eran más conocidos y han sido bastante estudiados por los historiadores españoles. Más interesantes y novedosos desde la perspectiva de la cultura política son la reflexión general sobre el surgimiento del concepto «religiones civiles» y «religiones políticas» en la filosofía política contemporánea (Francisco Javier Ortega), y los capítulos agrupados en el bloque «Nacionalismo, patriotismo y religiosidad». Ahora bien, el interesante estudio del hispanista francés Benoit Pellistrandi sobre «La realidad social y antropológica del catolicismo y los orígenes religiosos de la Guerra Civil» no se refiere tanto a la cuestión nacional, sino a la fuerte identidad católica cultivada en la vida parroquial, absolutamente incompatible con cualquier mediación liberal o laica, tal como se expresa en diversos textos pastorales que el autor analiza minuciosamente. Es interesante este recordatorio de la fuerte incompatibilidad o antagonismo entre cultura católica y cultura laica, y la necesidad elemental de su consideración por parte de los historiadores, si quieren entenderse «los orígenes religiosos de la Guerra Civil». Pero en este terreno sería preciso ir más allá del estudio del discurso pastoral para adentrarse en el terreno de la historia religiosa propiamente social, precisamente la principal aportación de la historia religiosa francesa. Es decir, sería preciso estudiar la realidad de la práctica religiosa, o la relación sociológica entre los pastores, el clero y el pueblo fiel, distinguiendo retrospectivamente, como hará la sociología religiosa posterior, entre los practicantes, los indiferentes y los militantes. Estudiar, en definitiva, el nivel y el grado de «descristianización» de la sociedad española o, según la terminología de la Iglesia, de «apostasía de las masas». Expresión que, por otra parte, era la justificación y el punto de partida de nuevas estrategias pastorales de reconquista. Es una pena que este enfoque más directamente social y sociológico esté casi ausente del libro que comentamos (hay que exceptuar el excelente capítulo de José Luis González Gullón sobre el clero de Madrid en tiempos de la República), pues la nueva historia religiosa francesa que nos sirve de modelo está desde sus inicios centrada, dentro de una perspectiva de historia «total», en el análisis de la relación dialéctica de la religión católica con los retos de la secularización. De ahí su interés por medir y valorar la práctica religiosa y analizar las viejas y nuevas estrategias pastorales. Para el conflictivo período de entreguerras importaría sobre todo profundizar en el estudio del peso real del factor religioso (católico) en el origen y desarrollo de la Guerra Civil. Un asunto muy «manoseado» desde el punto de vista retórico e ideológico (en torno a la famosa expresión de Azaña, «España ha dejado de ser católica»), pero poco estudiado en su realidad social y antropológica. Bienvenido sea, en todo caso, este intento de abrir caminos en la historia religiosa que permitan conocer mejor la historia social y política española del siglo XX. Seguramente la España de la Segunda República en conjunto era todavía más católica que laica, y la cruzada nacionalcatólica del primer franquismo contribuyó a afianzarla por la fuerza, desterrando cualquier vía o instrumento secularizador. Pero, paradójicamente, en el seno del mundo católico –en contacto con los catolicismos europeos– fue abriéndose tempranamente camino una cierta aceptación de la secularización «buena», el consagrado principio conciliar de «la autonomía de lo temporal».Así se inició en los últimos años del franquismo un proceso de secularización de las costumbres y valores, paralelo a la renovación postconciliar, y cada vez más lejano de los valores del nacionalcatolicismo. Un proceso desarrollado aceleradamente en el último cuarto del siglo XX al compás de la transición de la dictadura a la democracia. Precisamente la supuesta o real secularización de la sociedad española de finales del siglo XX es el tema de fondo del ensayo de Amando de Miguel Los españoles y la religión. Como parte de su oficio, aun no habiéndose dedicado específicamente a la sociología de la religión, polemiza Amando con su colegas sobre el significado y los límites de las estadísticas sobre la práctica y la identidad religiosa de los españoles: en suma, sobre la evolución de la España católica en el último cuarto del siglo XX. En el libro de Amando de Miguel, en su estilo ensayístico habitual, bastante «políticamente incorrecto», se solapan, por tanto, la reflexión y la interpretación «libre» del sociólogo (que recuerda los datos estadísticos) y el polemista político obsesionado por la conspiración, en este caso «secularizadora», del «pensamiento dominante», a cuya «cruzada anticatólica» dedica un capítulo. Según esta perspectiva, presente en todo el libro, la secularización de la sociedad española sería más un deseo y un proyecto de ese «pensamiento dominante» que una realidad social. Una sociedad cultural y moralmente más religiosa y católica que lo que sugieren la estadísticas o lo que desearía el «pensamiento dominante» y su proyecto laicista. Una Iglesia aún socialmente influyente, renovada orgánicamente, más eficaz en el cumplimiento de sus tareas pastorales de lo que las críticas laicistas y progresistas, fuera y dentro de la Iglesia, sugieren. Llama la atención la descalificación tan rotunda del catolicismo progresista y de la «teología de la liberación». Es este tono polémico, defensivo, bastante reiterativo, el que domina la reflexión del «Evangelio de Amando», según el sugestivo subtítulo del libro. Pues, en efecto, es en buena medida un manifiesto o panfleto contra la «cruzada anticatólica del pensamiento dominante», y un alegato sobre la vitalidad y potencialidad del catolicismo español. Pero, más allá de la polémica política y mediática sobre la vitalidad religiosa o la secularización de la sociedad española en la transición, y sobre el ajuste del pacto constitucional (el Estado aconfesional y los acuerdos con la Iglesia de 1976-1979) con la situación actual de la sociedad española, lo que se necesitan son estudios sociológicos serios sobre la realidad del catolicismo español y los cambios profundos en la segunda mitad del siglo XX. Los sucesivos informes Foessa, que tan bien conoce Amando, registraron desde el principio la profundidad y la aceleración de esos cambios, pero aún faltan estudios concretos como el que, por ejemplo, ha esbozado recientemente Francisco Carmona sobre la evolución de la religiosidad de la juventud española en la segunda mitad del siglo XX (capítulo que forma parte del Informe de la Fundación Santa María sobre Jóvenes 2000 y Religión). Más allá de la coyuntura política y de las políticas de los gobiernos de la transición, la secularización de las costumbres y valores, aparte del descenso de la práctica y la identidad católica, es un hecho difícilmente contestable, tal y como el propio Amando reconoce en varios apartados de su ensayo.Tras el boom de la sociología religiosa pastoral de los años sesenta y setenta, la sociología de la religión en España es en la actualidad una parcela muy poco cultivada. Pero sólo desde ella, tal y como nos muestran los estudios clásicos de González Anleo, Díaz Salazar, Pedro Blasco, o los más recientes de José Casanova o de Francisco Carmona, podrá plantearse de manera más ajustada y menos polémica la religiosidad de los españoles y el mito o la realidad del proceso de secularización.

 

01/11/2006

 
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