ARTÍCULO

LUGARES DEL MUNDO

Pre-Textos Narrativa, Valencia, 1996
 

Acabo de hacer tres viajes de los que más me gustan, de los que sólo son posibles por el conducto de lo imaginario y, más que a países, ciudades o paisajes de alguna geografía estricta, llevan a lugares del mundo que alguien vive, disfruta o padece. Esos lugares se encuentran en el lluvioso Burdeos, donde el maquetista Mario Aller concurre al Gran Salón Internacional de Maquetismo, en la extraviada ciudad de Cuautla, en el México profundo, donde Arturo Picón Toledano pretende vender un cuadro y acaba matando a su amigo y socio León Aceves, y en la Rusia cercana y crepuscular, que ya perdió todos los mitos revolucionarios, donde un dentista avispado y socarrón asiste a un congreso de estomatólogos.

Los lugares del mundo adquieren en la ficción, cuando la ficción se adueña de ellos y sustituye como debe a la realidad, esa otra existencia, misteriosa e inaprensible, de quienes los pueblan con su vida y su mirada. El libro de Adolfo García Ortega ofrece, en este sentido, una propuesta ejemplar, bastante coherente, por cierto, con algunos otros antecedentes narrativos de su obra: recordemos Los episodios capitales de Osvaldo Mendoza o la novela Mampaso. El narrador conquista un territorio, un lugar, donde alguien vive, disfruta o padece, una historia, una aventura. Ese lugar marca, hasta límites insospechados, la atmósfera y el destino de lo que se cuenta. El narrador logra que lo que sucede sólo allí pudiera suceder, de modo que al lector no le queda otra alternativa que entregarse, por la vía de la seducción de esa atmósfera y ese destino, a la veracidad sin disyuntivas del relato.

De las tres historias que componen Los días rusos, «Regina Bras», «En otro mundo» y la que da título al volumen, yo he regresado con la satisfacción del viajero que disfrutó la prueba de su lectura después de habitar en esos inciertos lugares, entre las desazones, terrores, ironías y malevolencias de unos personajes que, más que tenerme de compañero de viaje, me tuvieron comprometido en lo más recóndito de ellos mismos.

No voy a decir que ahora Burdeos asalte mi memoria como una despiadada maqueta o que el México profundo se me revele como un sueño paranoico, o que Moscú sea esa ciudad de las piedras blancas donde una intérprete, cedida por la Academia Panrusa de las Ciencias Médicas, pueda llevarle a uno a los abrevaderos de la mismísima escuela retroparabólica. Pero ¿quién demonios me va a librar de alguna de esas suspicacias, cuando el tiempo me haga recordar aquellos lugares?

Mario Aller regresará de la Bienal con el corazón echado a perder, y su fugaz amada llegará a compadecerle porque su realidad está constituida por esa parcela pequeña –son sus palabras– de lo más pequeño, que es el pequeño oficio de hacer barcos muy pequeños, y penosamente convencido de que, como le dice su amigo Fondriani, el maquetismo es cosa de museo, una patraña melancólica, algo arcaico.

La melancolía será también la emoción del socarrón estomatólogo, que piensa que los días rusos no dan mucho de sí, aunque su diario corrobora lo contrario, y la inalcanzable intérprete de la Academia Panrusa, parece, en la mismísima despedida, el aliciente de un recuerdo que puede amargar su existencia al lado de su mamá, porque el estomatólogo es uno de esos hijos únicos incapaces de romper el cordón umbilical.

Arturo Picón dio con sus huesos en un presidio de la ciudad de México. Sus obsesiones, sus sueños, sus delirios, van y vienen sobre la tela maniáticamente preservada y escondida del cuadro que pretendió vender. Ese retrato de la niña Elisabeth Junice Saunderson, pintado por Drumond Brown en la primera década del siglo XIX , es como un talismán que, a la vez, contiene el veneno de la locura de su dueño, posiblemente porque el dichoso cuadro también tiene su historia y sus secretos.

Los viajes que he podido hacer en las páginas de este misterioso cuaderno de bitácora son, como puede apreciarse, absolutamente recónditos, quiero decir que nada de lo más exótico o aparente de esos lugares brilla en ellos en primer término. Sería tal vez más cierto afirmar que son viajes al corazón, a la mente y a la sensibilidad de algunos seres humanos que por esos lugares encuentran el espejo de su soledad o de su locura. Es la huella de ellos la que se imprime en mi memoria de lector, pero avalada por la atmósfera que alentó su desgracia y su mirada.

01/12/1996

 
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