ARTÍCULO

Una cumbre de la literatura

Acantilado, Barcelona
Trad. de Roberto Bravo de la Varga
1.662 PP. 48 €
 

El 15 de julio de 1927 una multitud enardecida prendió fuego al Palacio de Justicia vienés tras conocer que tres miembros de una organización de extrema derecha que el día anterior habían asesinado a un niño en un enfrentamiento con socialdemócratas habían sido liberados. En la revuelta murieron ochenta y nueve manifestantes y cinco policías y más de mil personas resultaron heridas, pero el saldo más notable de los disturbios de ese día fue la manifestación de que acababa una época y comenzaba otra cuya característica más relevante iba a ser la radicalización de las opiniones políticas, en una espiral de violencia que desembocaría en la anexión de Austria al Reich alemán de Adolf Hitler en 1938. La literatura carece de importancia frente a la muerte de un niño, pero la muerte de un niño no necesariamente carece de importancia para la literatura. Alrededor de esa muerte absurda, y de los hechos trágicos que desencadenó, Heimito von Doderer edificó una obra que constituye la mejor descripción, al tiempo que el broche definitivo para toda una época. A la altura de los más grandes libros de la modernidad, Die Dämonen. Nach der Chronik des Sektionsrates Geyrenhoff (Los demonios. Según la crónica del jefe de sección Geyrenhoff) narra las peripecias de casi cien personajes cuyas vidas confluyen en aquel incendio. Una crónica extraordinaria que Acantilado pone a disposición de los lectores españoles, a punto ahora de descubrir a uno de los autores más relevantes y más injustamente desconocidos de la literatura centroeuropea.

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Franz Carl Heimito Ritter von Doderer nació el 5 de septiembre de 1896 en Hadersdorf, en las afueras de Viena, como el menor de los cinco hijos de una de las familias más ricas del Imperio Austrohúngaro; su estrambótico nombre fue producto de un viaje a España durante el cual la madre se enamoró del diminutivo del nombre «Jaime», cuya grafía germanizó. Von Doderer fue un alumno mediocre y tuvo una carrera militar breve y no muy honorable: en abril de 1915 se incorporó como voluntario y, tras recibir la instrucción militar, fue destinado a la Galitzia Oriental y después a la Bucovina como oficial de infantería; apenas medio año después fue hecho prisionero por el ejército bolchevique e internado en un campo de prisioneros en Siberia, y allí comenzaron realmente sus problemas. En abril de 1918, y en el marco del acuerdo de paz de Brest-Litowsk, el escritor y el resto de los prisioneros fueron liberados y comenzaron el viaje de regreso a Austria en tren. A consecuencia de la guerra civil rusa, sin embargo, sólo pudieron llegar hasta Samara y, al no poder continuar el viaje, decidieron volver a Siberia, donde fueron alojados en un campo en las afueras de la actual Noosibirsk y, más tarde, ante el avance del Ejército Rojo, en Krasnojarsk. Von Doderer sólo pudo regresar a Austria dos años después de terminada la guerra, en 1920, cuando la situación económica de su familia se había resentido ya gravemente. De Siberia, Von Doderer se trajo la decisión de convertirse en escritor y sus primeros textos fueron publicados póstumamente con el título de Die sibirische Klarheit (La claridad siberiana). En 1923 publicó su primer libro, un volumen de poemas, y al año siguiente una novela; ninguno de los dos interesó mucho al público, pero en 1929 el escritor comenzó la redacción de una novela que tituló provisionalmente Dicke Damen (Señoras gordas) y que, tras veinticinco años de trabajo, acabaría convirtiéndose en uno de sus libros más importantes, Los demonios. En 1933, mientras trabajaba en la obra, Von Doderer se afilió al Partido Nacionalsocialista, una decisión influida principalmente por el hecho de que una hermana y varios amigos suyos lo habían hecho previamente, y en agosto de 1936 se estableció en Dachau, cuyo campo de concentración parece haberle pasado inadvertido. Allí, Von Doderer renovó su carnet del partido y solicitó el ingreso en la Reichsschrifttumskammer, la Cámara de Escritores del Reich, pero, a la vez, comenzó a distanciarse del nacionalsocialismo, en un proceso de gradual desencanto que culminó con su conversión al catolicismo en 1940; pese a ello, el escritor nunca abandonó oficialmente el Partido, y sólo hacia 1945, después de la derrota alemana en la guerra, admitió públicamente su «error». En 1938 había publicado su novela Ein Mord der jeder begeht, publicada en España en 1995 con el título Un asesinato que todos cometemos, y en 1940 había sido llamado a filas como oficial de reserva y destinado a la fuerza aérea, para la que llevó a cabo tareas de oficina en Breslau, varias localidades francesas, Kursk, Viena y Oslo. Tras el final de la guerra y su regreso a Viena, en mayo de 1946, Von Doderer se esforzó por no ser implicado en los crímenes del nazismo, lo que consiguió definitivamente en 1947: su adhesión al nacionalsocialismo parece ahora más el gesto desesperado de un oportunista que el producto de una adhesión real a ideas políticas o estéticas. En 1948 tenía acabada su primera gran obra, Die Strudlhofstiege oder Melzer und die Tiefe der Jahre (Las escaleras de Strudlhof o Melzer y las profundidades de los años), publicada en España por Destino en 1981, pero ningún editor interesado: a sus cincuenta y dos años de edad, Von Doderer seguía siendo un desconocido, una situación que cambió lentamente con la publicación de esa novela en 1951 y, especialmente, con la de Los demonios en 1956, Die Merowinger oder die totale Familie (Los merovingios o la familia total) en 1962 y Die Wasserfälle von Slunj (Las cataratas de Slunj) al año siguiente. Tras tres matrimonios heterodoxos –en la mayor parte de los cuales no compartió el hogar conyugal–, una larga relación con Dorothea Zeemann, trece años menor que él, y dos guerras mundiales a sus espaldas, murió el 23 de diciembre de 1966 en Viena.

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Heimito von Doderer ha sido uno de los principales novelistas de la posguerra, al tiempo que el escritor más influyente de su generación. Su extraordinario virtuosismo técnico y su gran poder de observación –muchas de sus obras están basadas en sus diarios, los deslumbrantes Tangenten (1964)– lo sitúan en la órbita de escritores como Lev Tolstói, James Joyce, Marcel Proust, Andrei Bely, Alfred Döblin, John Dos Passos, Louis-Ferdinand Céline o el también austríaco Robert Musil, con el que ha sido comparado en ocasiones. Al igual que libros como Guerra y paz, Ulises, En busca del tiempo perdido, Leningrado, Berlin Alexanderplatz, Manhattan Transfer, Viaje al fin de la noche y El hombre sin atributos, Los demonios se ocupa de toda una época y construye un mundo narrativo que, como tal, se resiste a ser evaluado en términos de calidad, de la misma forma que no pueden evaluarse con esos criterios un atardecer o el llanto. La sola contemplación de la complejidad del mundo narrado por Von Doderer lo sustrae de cualquier juicio estético, y, sin embargo, debe decirse que Los demonios es un libro de una calidad tan extraordinaria que su inclusión en la lista antes mencionada no la desmerece.
La novela narra las conversaciones, las borracheras, las fiestas, las peleas y las excursiones de un grupo de jóvenes que coinciden en el barrio vienés de Döbling –donde el escritor vivió tras independizarse de su familia– entre los meses de marzo y julio de 1927; de esa época proviene el diario que escribe el jefe de sección Geyrenhoff, quien años después completa sus notas con los apuntes de sus amigos, todos miembros del círculo de Döbling: el «maestre de caballería» Eulenfeld, el historiador René von Stangeler y su novia, Grete Siebenschein, el vitalista Imre von Gyurkicz, el escritor Kajetan von Schlaggenberg y su hermanastra, a la que todos llaman «Renacuajo». A ellos se agregan a lo largo del libro personajes provenientes de todas las clases sociales: entre otros, la prostituta Anny Gräven, la librera Malva Fiedler, el príncipe Alfons Croix, el policía Karl Zilcher y Leonhard Kakabsa, un obrero que descubre la belleza de la inteligencia, «y no [la de] la posición económica, que entonces ya no estaba vinculada con ésta, más bien al contrario», en una gramática del latín que compra por casualidad un día. Leonhard es hermano de Ludmilla, la doncella de Friederike Ruthmayr, viuda del padre biológico de Renacuajo y futura esposa del jefe de sección, relacionada a su vez con el consejero de la Cámara Levielle, quien, por su parte, es el patrono en la prensa de Kajetan y el responsable de las penurias económicas de su hermana, etcétera. Von Doderer recurre a la ausencia aparente de ilación como elemento articulador de su narración, puesto que, como afirma su narrador, «no habría más que tirar de un hilo cualquiera del tejido de la vida para que éste la recorriera por completo». Las vidas de sus personajes se cruzan, se reúnen brevemente y se apartan en una extraordinaria muestra de maestría narrativa que se proyecta sobre la convicción de que «es imposible precisar exactamente y con carácter general el punto donde acaba el entorno inmediato de una persona [...] y comienza el de su época». Así, la verdadera protagonista de Los demonios es la sociedad vienesa y la época que la hizo posible, en cuyo seno latía «aquello que carecía aún de forma, y que permaneció vuelto sobre sí mismo mientras los hechos seguían su curso» hasta que «se hizo digno de un nombre, de uno verdaderamente terrible: salió a la luz, chorreando sangre».
Aunque Claudio Magris ha reprochado en una ocasión a Von Doderer la ausencia de lo demoníaco en su obra, el mal se encuentra presente en ella al menos en dos ocasiones: en el proceso de brujas sobre el que escribe Stangeler y en las circunstancias que suponen el final de una época feliz. Lo demoníaco aquí es «aquello que carecía aún de forma» pero ya estaba presente en la sociedad sobre la que Von Doderer escribe. En la página 1.266 de esta novela lo llama «una segunda realidad, que se levanta al lado de la primera» y cuya sustancia son los «programas políticos» y la «sexualidad degenerada». En esa «segunda realidad» dominada por lo ideológico, Von Doderer intuyó el abismo terrible en el que toda Europa iba a precipitarse en pocos años: «Los pobres muertos del año 1927 [...] fueron los primeros en entrar en un bosque enorme que hoy ya no podemos ver por la altura de sus árboles», escribió.

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La obra de Von Doderer es uno de los grandes libros de la modernidad europea y su publicación en español es un pequeño milagro literario por el que debe agradecerse a Acantilado y a Roberto Bravo de la Varga, autor de una excelente traducción apenas afeada por algunas erratas. Así como el período de las recepciones, la conversación erudita y la inocencia indiferente terminó en Austria con el incendio del Palacio de Justicia vienés el 15 de julio de 1927, quien lea Los demonios comprobará que una época de su vida como lector, esa vida secreta y casi clandestina que todos tenemos, habrá terminado tras su lectura. Los demonios y sus casi mil setecientas páginas requieren que ese lector no esté tan dispuesto a leer un libro como a penetrar en un mundo, pero quien lo esté saldrá con la sensación de haber ascendido a una montaña desde la que se contempla un paisaje extraordinario.

01/03/2010

 
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