ARTÍCULO

Un muestrario de cualidades ausentes

Alfaguara, Madrid
432 pp. 20 €
 

Una buena muestra de la extraordinaria importancia del nacionalsocialismo para la cultura occidental es la proliferación de ensayos, biografías y obras de ficción que se proponen narrar su origen, su auge y su caída y, en lo posible, comprender aquello que resulta incomprensible y que tal vez no sea más que el paroxismo de la condición humana, con su voluntad de poder, su determinación ciega y su obediencia servil. Puesto que uno puede ser aplastado por la ingente bibliografía sobre el tema (y por la extraordinaria brillantez de sus mejores ejemplos), tiene mérito que un escritor español relativamente joven se atreva con él.
Ignacio del Valle (Oviedo, 1971) lo había hecho ya en El tiempo de los emperadores extraños (2006), una de sus cinco novelas publicadas desde 1999. En la mayor parte de ellas, Del Valle practica ese género que los angloparlantes llaman thriller y los franceses polar y que nosotros debiéramos llamar tal vez «novela de suspense» o de «intriga». Los demonios de Berlín no es la excepción: una vez más, Arturo Andrade, teniente del servicio secreto falangista en El arte de matar dragones (2003) y miembro de la División Azul en el cerco de Stalingrado en El tiempo de los emperadores extraños (y ahora miembro de las temibles SS), debe resolver un misterio, que adquiere primero la forma de un asesinato en la Cancillería del Reich durante el asedio a Berlín; luego, la de la llegada a la ciudad de cuatro comandos del ejército estadounidense que Andrade debe localizar y anular (un misterio aparentemente conectado con el primero) y, después, la de una intriga acerca de la existencia del programa nuclear alemán y de la Sociedad Thule detrás del ascenso y la caída del pintor austríaco Adolf Hitler, y de una cinta cinematográfica que la Sociedad desea conseguir a toda costa.
Los demonios de Berlín sería pues, en principio, un thriller al uso, y debería ser evaluado en virtud de su capacidad para mantener en vilo al lector y conducirle hacia una resolución feliz del enigma y no por la sagacidad de las observaciones, la sutileza de la expresión o el ingenio de la forma, criterios todos que determinan tradicionalmente el valor en literatura y a los que cabría agregar la innovación, de la que esta novela carece por completo.
Sin embargo, el libro de Del Valle escapa, al menos parcialmente, de una evaluación estrictamente de género porque su autor se propone también ofrecer en él un retrato del cruento sitio de Berlín por parte de las tropas soviéticas, narrar las últimas horas del régimen y mostrar su funcionamiento, explicar su calculada barbarie incluso en el momento de su caída y ofrecer una explicación ética o moral de su ascenso. Para ello, Del Valle elige mostrar: Los demonios de Berlín está narrado de manera que la visibilidad de las acciones ocupe un lugar preponderante; su carácter visual vincula la escritura del autor con la realizada específicamente para el cine (El tiempo de los emperadores extraños tendrá pronto adaptación cinematográfica) y en sus mejores pasajes, que son los tiroteos y los combates cuerpo a cuerpo, de los que Andrade sale casi siempre triunfante a la manera de un Rambo español y sufrido, la escritura se acerca a la velocidad y a la espectacularidad de ese medio.
El problema es que (en general, y particularmente en Los demonios de Berlín) la descripción de cuadros horrorosos no despierta horror, la narración de una situación tensa no provoca tensión narrativa y la afirmación de que un personaje tiene miedo no lo genera. Tampoco las reflexiones de los personajes (que adquieren la forma de largas parrafadas) inducen al lector a la reflexión y, así, Los demonios de Berlín reivindica su condición de entretenimiento ligero allí precisamente donde parece fracasar en su propuesta. La novela pretende (y logra por momentos) ser un entretenimiento: impermeable al humor (excepto en los diálogos carpetovetónicos de sus personajes españoles, que oscilan entre lo escatológico y lo tópico), con abundantes dosis de acción espectacular, un misterio de corte policial que al final resulta pueril y una escritura rápida y algo torpe que estimula una lectura rápida que a veces permite pasar por alto la gran cantidad de repeticiones («sesenta metros de bronce y granito rojo coronados por una dorada figura que llevaba en la mano una corona de laurel y en la otra un estandarte coronado con la cruz de hierro»), errores («der Amis» por «die Amis», «Könisberg» por «Königsberg», «grüst» por «grüsst»), confusiones («Sajonia» por «Baja Sajonia») y cierta cursilería que afecta principalmente a los pasajes en los que se narra la relación amorosa de Andrade con Silke, un ama de casa alemana cuyo nombre, muy habitual en la actualidad, no fue prácticamente utilizado antes de la década de 1960, en el que es el principal anacronismo de la obra.
A favor de la novela puede decirse que la reconstrucción de la caída de Berlín es solvente y que hay una innegable ambición narrativa en el autor que lo hace destacar entre sus contemporáneos. Sin embargo, Los demonios de Berlín fracasa parcialmente como thriller y completamente como alta literatura (allí donde, por ejemplo, brilla Arturo Pérez-Reverte y destaca Ricardo Menéndez Salmón, por mencionar sólo dos autores), porque ésta requiere otras cualidades además de la ambición, y esas cualidades son exhibidas aquí en menor medida de lo que incluso un género como el thriller, destinado al consumo acelerado y al olvido eficaz, requiere.

01/11/2009

 
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