ARTÍCULO

Cuentos ejemplares

Cátedra, Madrid, 354 págs.
Huerga & Fierro, Madrid, 119 págs.
 

La Generación del 50 o del Medio Siglo ha sido, sin duda, una de las más espléndidas de la literatura española del siglo XX . Su narrativa, definida habitualmente como «realismo social», tal vez no ha sido valorada aún en todo su alcance, en lo que supuso de visión de la realidad, de renovación técnica y de retórica original. Modas y tendencias posteriores, por desgracia, se encargaron de descalificarla de modo arbitrario y sólo en los años recientes parece recuperarse el prestigio y el lugar que le corresponde a este grupo de excelentes novelistas y narradores.

Medardo Fraile (Madrid, 1925) está considerado dentro del grupo como el narrador esencial. A la dignificación del cuento como género, acorde con el empeño generacional de todos, justo es decirlo, por otorgarle su estatuto de grandeza literaria, ha dedicado su vocación y su reflexión teórica casi exclusivas desde sus primeras publicaciones hasta hoy. Su importancia, por tanto, es innegable en la historia del cuento español y su presencia ineludible en las antologías de todas las épocas. Y como sucede muchas veces con la poesía, sólo en esas antologías encuentra el lector ejemplos de su obra, pues sus libros de cuentos son hoy de muy difícil acceso. Por eso, estas nuevas entregas no sólo son oportunas y necesarias para difundir la obra de un narrador ya clásico en vida, sino para corroborar su tenaz fidelidad a la maduración del cuento y su estilo personal inconfundible.

Cuentos de verdad, antología de todos sus libros, que recoge el título del publicado en 1964 (Premio de la Crítica en 1965), es una pauta imprescindible para conocer la evolución del autor a través de unos textos que son formas ejemplares de concebir el cuento como perspectiva de la realidad y como territorio de indagación técnica. Así, son, de una parte, «cuentos de verdad», en el sentido que Medardo Fraile les daba en el prólogo del libro citado, porque expresan su identidad con el ser humano y con su peripecia existencial cotidiana, cuentos, como escribe el autor, que se acercan a la confidencia fugaz, angustiosa o ilusionada, y al último reducto humano de esperanza, de euforia o de frustración colectiva.

Una confidencia angustiosa o ilusionada que es capaz de crear personajes complejos, no tipos, con una simple mirada que se expresa a media voz. Ahí están para demostrarlo Fermín Ulía, Martita y Flora, Lucio, Rosita, Jacobo, Lebrillán o Frasquito, que tienen por su identidad verdadera casi más de personas que de personajes literarios, pues su soledad soportada en la esperanza representa a la soledad de los demás. Pueden parecer a veces seres indefensos, tímidos incorregibles, víctimas sociales, gentes con noble fondo y mala suerte o inocentes perseguidos por la fatalidad, cogidos todos en las redes de la hipocresía ajena, pero no es así, sólo son hombres y mujeres en dialéctica consigo mismos y con la realidad y que no cesan de buscar la vida, el amor y la felicidad sin descanso.

De otra parte, los cuentos de Medardo Fraile consiguen la esencialidad imprescindible que identifica a un buen cuento. Y no se trata de la extensión, los hay de dos páginas y de veinticinco, sino de esa atmósfera especial y sugerente que con una ráfaga, la mirada del narrador aludida anteriormente, crea los ambientes y la totalidad de la existencia humana sin el acarreo de los elementos accesorios que necesitan las novelas para completar su trama. Un texto breve, por ejemplo, que es en apariencia una mera presentación de un grupo de personajes, logra, sin descripciones ni explicaciones, tan sólo con las connotaciones implícitas, transmitir la totalidad del ambiente, ya sean los rasgos espaciotemporales y sociales, o ya sean el movimiento de la acción y la individualidad de los personajes.

La obra de Fraile, no obstante, presenta una clara evolución que puede delimitarse en un cambio evidente hacia 1970. En sus tres primeros libros –Cuentos con algún amor, A la luz cambian las cosas, Cuentos de verdad– el autor se adscribe al realismo objetivo. El narrador observa a las personas desde fuera y las convierte en personajes –viejos, jóvenes, niños-que soportan la soledad como pueden. Esta primera etapa nos ha dejado piezas magistrales como «Una camisa», «Un juego de niñas», «La presencia de Berta», excelente por el juego de puntos de vista entre un joven y una niña de un año, «Noche para estar solo», «Ojos inquietos» o «El rescate», estremecedor relato sobre la soledad de un viudo que quiere cobrar mendigando el dinero que le robaron y llevó a la muerte a su mujer.

A partir de Descubridor de nada y otros cuentos el tono y la técnica de los cuentos cambian. El autor conserva su actitud realista y testimonial, pero introduce otros elementos en los relatos de distinta caracterización, como el sueño, la reflexión o el recuerdo. Esto es así porque el narrador cambia el punto de vista, ya no es el observador desde fuera, sino el personaje, hombre o mujer, que toma la palabra para desvelar su interioridad desde el temor, el desasosiego, la nostalgia o la sensación de impotencia, o adopta la forma de la oralidad coloquial para transformar el tono, por momentos, en ironía crítica o en humor negro. Véanse, igualmente, textos magistrales como «Monólogo de los sueños», «Señor Otaola, Ciencias», «La conferencia», «Cloti» o «Zarabanda».

Ladrones del Paraíso, selección de cuentos inéditos y otros ya publicados, certifica el buen hacer de Medardo Fraile. Sus personajes inolvidables –Claudina, Basilio Tavero, Lino Santos o Rufo– tienen el mismo carácter de personas, aunque parezcan tipos de víctimas sociales, ladrones de buen corazón y loca cabeza, chorizos de noble fondo y mala suerte o inocentes gafes. Siguen siendo cuentos esenciales que no responden a una tendencia única: son realistas, muy irónicos –véase «Anfibología»–, pero a veces se rodean de elementos fantásticos –véase-«El preso»–. Tampoco responden a una técnica preconcebida, a un tipo de discurso narrativo, de punto de vista y de narrador: unos se cuentan desde fuera de modo omnisciente –«Operación La Mancha» o «Decapitado»– o con un narrador observador –«Claudina y los cacos» o «Tregua»–; otros, desde dentro, con un narrador periférico, el de «Murió en tierra de nadie», con un narrador testigo, el de «Aberraciones», o con un monólogo, el de «Defensa».

01/04/2000

 
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