ARTÍCULO

Ocasos

 

Según las palabras del propio autor, el propósito de este ensayo es analizar «cómo la novela europea del siglo XX abordó el impacto emocional de la historia». La historia entendida como una fuerza ciega que ha dejado de estar puesta al servicio del bienestar y el progreso humanos (de la construcción de un sentido narrativo nítido), para pasar a convertirse en un tsunami de acontecimientos aleatorios, de saltos locos y actuaciones imprevisibles provocadas por la paranoia del poder. Lo que al autor interesa en primer lugar es rastrear la huella que la Historia deja en la ficción literaria o, por decirlo de otra manera, de qué modo se construye (y se socava) la articulación narrativa de la Historia.
Para ello, Luis Gonzalo Díez pone a dialogar y a discutir entre sí diferentes novelas clave, maravillosas todas, como, entre otras, La marcha Radetzky de Roth y El Gatopardo de Lampedusa, La guardia blanca de Bulgákov y La conciencia de Zeno de Svevo, en las cuales, sin forzar las coincidencias más de lo razonable, sí podemos detectar la presencia de motivos recurrentes, como el que se trata de obras dominadas por las decadencias familiares y el protagonismo del fin de raza. Lo que aproxima a obras y autores tan dispares –y en ocasiones opuestos– es, en palabras del autor, la presencia de «las zozobras de un personaje elegíaco dominado por la oscura melancolía de la extinción». Personajes nihilistas, románticos, utópicos, verdaderos hombres sin atributos que hacen suyas, encarnándolas, todas las contradicciones, tensiones y fracturas del laberinto de la historia reciente europea.
El autor está convencido de que «el espíritu profético de la novela del XIX cede su lugar al espíritu elegíaco de la novela del XX [...]. Si el XIX alumbró porvenires, el XX enterró pasados». Del «romanticismo irónico» de Roth al «moralismo trágico» de Sebald en Austerlitz, la literatura moderna alumbra un mapa de fisuras, de arritmias y conmociones que ayuda a entender –y hasta cierto punto, a sanar– la herida del tiempo dejada, según la expresión de Zola que el autor se complace en repetir, por «el gigantesco tajo de la era contemporánea». La imagen aún potentísima del duelo –dos figuras enfrentadas al amanecer en la profundidades de un bosque– le sirve como metáfora y sismógrafo para registrar una serie de convulsiones de la sensibilidad a través –y ahí reside uno de sus mayores aciertos– de cierto número de criaturas literarias convertidas en síntomas de determinadas mutaciones morales. Los duelos pueden ser físicos o mentales: está el duelo entre Naphta y Settembrini en La montaña mágica de Mann, de consecuencias mortales, o el duelo dialéctico (pero no por ello menos virulento) entre Konrád y Henrik en El último encuentro de Sándor Márai, en cuyo análisis sobre el ajuste de cuentas alcanza el autor alguna de las mejores páginas de su libro.
Pocos reparos pueden ponerse a un texto tan lúcido, riguroso y sereno como éste. Si acaso, algún leve error de apreciación, como emplear el dudoso calificativo de «prestigiosa» para la revista divulgativa y más bien reaccionaria Reader’s Digest. También hay un error de atribución a los dos personajes antes citados de La montaña mágica, Naphta y Settembrini, cuando el autor subraya «el contraste intelectual y moral entre el jesuita y el italiano, entre la vocación de verdad y vida del primero y la decisión por la nada y la muerte del segundo»: esto está mal, ya que es justo al revés. Y cuando Luis Gonzalo Díez se adentra en los autores que han descendido hasta el mal absoluto y han mirado de frente los horrores del Gulag y el Holocausto, se queda algo corto al tratar con parquedad algunos pocos títulos de resplandor luciferino y dejar casi fuera una novela tan sombría y crucial como el Doctor Faustus de Thomas Mann, para la que sólo tiene una breve alusión. Y, por último, sorprende un poco que ni siquiera mencione un ensayo tan categórico como es El anillo de Clarisse de Claudio Magris, con el cual mantiene algunos parentescos.
Fuera de estos reparos, fácilmente subsanables en futuras ediciones, este ensayo constituye un acierto indudable. Elegantemente escrito, rigurosamente planteado y convenientemente incisivo, con sus conclusiones de una suave melancolía, Los convencionalismos del sentimiento constituye un bello ejemplo de ensayo literario esclarecedor, ejecutado con esmero clásico y a contracorriente de modas.

01/05/2010

 
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