ARTÍCULO

Los Borja

Planeta, Barceona, 1998
416 págs.
 

En el casillero narrativo a Manuel Vázquez Montalbán le faltaba llenar el destinado a la novela histórica. Desde la novela de ideas hasta el género negro, el escritor barcelonés no se privó de hacerlo todo con irreprochable talento, inteligente ironía y ánimo siempre desmitificador. Ya no hablamos de su poesía y de su dedicación al ensayo –en donde incursiona desde la sociología hasta la estética, pasando por la gastronomía y el urbanismo–. Todos sabemos ya que no habrá año en que el autor de El pianista no nos ofrezca un libro, algún texto de contenido imprevisible. Ello indica algunas circunstancias: que el autor es uno de los más prolíficos de la cultura española de las últimas décadas; y que gracias a esta ingente capacidad de producción, está metido en un mercado que demanda constantemente sus productos. La novela histórica está pasando un buen momento, por lo menos en cuanto a sus posibilidades de inserción en el mercado editorial. Yo dividiría a los consumidores de este género en dos grandes grupos: los que se conforman con los escenarios de época y exigen una verosimilitud histórica, y los que aceptando los escenarios, buscan en el pasado una respuesta a las incógnitas del presente y además no transigen con nada que no sea la verosimilitud novelesca. El mercado exige novelas que entretengan al público y Manuel Vázquez Montalbán lo satisface con una novela histórica para los que no transigen con el cartón piedra al uso. En esta dinámica habría que insertar su última novela O César o nada, además de las exigencias morales y políticas que siempre se impone el escritor.

De todas las posibilidades que tenía ante sí Manuel Vázquez Montalbán a la hora de novelar una familia, los Borja (los italianizados Borgia), tan estigmatizada por el maniqueísmo, optó por el camino de la comprensión histórica, por el paisaje turbulento de una lucha que se dirimía en varios frentes: el individual, el social, el que enfrentaba a las agonizantes ciudades-estados con el nuevo orden de los Estados-nación, el religioso, el moral y el ético. El panorama no era alentador, toda vez que el romanticismo había demonizado a los Borja como unos envenenadores de tomo y lomo, crueles hasta la saciedad y obsesivos en sus apetitos sexuales. Frente a esta marca, no eran más prometedora las teorías apologistas, inclusive por encima de los documentos que daban cuenta cabal de los desmanes varios en que se empeñaron los componentes de la estirpe valenciana.

Es cierto que el autor de El estrangulador no priva a sus lectores de la mecánica intrahistórica que anima la construcción de sus criaturas de ficción; ahí tenemos en diez capítulos todo el devenir familiar e individual de un apellido tocado con la ambigua suerte de la macrohistoria. Pero el riesgo de la crónica escandalosa estaba a un paso. Ese peligro lo conjura Vázquez Montalbán con una visión que nos recuerda la historiografía marxista cuando analiza el Renacimiento. El resultado es una novela dialéctica, una reconstrucción en la cual no se sacrifican las evidencias personales (el nepotismo devastador de los Borja, esa especie de caciquismo que trató Pío Baroja en su César o nada), las ambiciones dinásticas o simplemente mezquinas.

Personajes históricos como Maquiavelo, Savoranola (metáfora desgarrante entre la intolerancia y la lucidez), los mismísimos componentes de los Borja, encadenados todos en un engranaje que los abocaba a las decisiones más aberrantes a la vez que los instalaba con pena y gloria en la inmortalidad, todos ellos están tratados con la ironía, el rechazo y la comprensión que se merecen.

Manuel Vázquez Montalbán es demasiado inteligente como para despachar el asunto con una novela sobre los Borja con época al fondo. El escritor catalán escribió la mejor novela que se podía escribir sobre una cuestión tan manoseada por la facilidad de criterios históricos y legendarios. Puso el rigor de la novela a secas en los diálogos y en la descripción de los caracteres, y, sobre todo, puso la tensión y la decisión conjetural que todo novelista de ley ha de poner cuando el tema que tiene entre manos tiene la aparente solidez o la escondida fragilidad de las tramas capitales de la historia.

01/12/1998

 
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