ARTÍCULO

Foucault y su caricatura

Trad. Horacio Pons, Akal, Madrid
Ed. de Valerio Marchetti, Antonella Salmoni, François Ewald y Alessandro Fontana
Alianza, Madrid, 200 págs.
 

A la mayoría de la bibliografía sobre Foucault le pasa lo mismo que a la mayoría de la bibliografía sobre muchos clásicos del siglo XX : se trata, por regla general, de pesados volúmenes encaminados a mostrar que la obra del autor estudiado es sublime y su vida apasionante, que sus enseñanzas no han sido todavía debidamente aprovechadas y que casi todo lo que merece ser dicho lo ha dicho Foucault o puede inferirse de lo que dijo; además, el estilo literario procura imitar el del clásico correspondiente, con los resultados que cabe imaginar en casos así. El libro de Wilhelm Schmid cuya referencia tiene arriba el lector es un ejemplo muy característico; Schmid está convencido de que la noción del «arte de vivir» que aparece en los últimos libros y escritos de Foucault está llamada a ser la categoría básica de la teoría moral del futuro y tiene a bien dedicar cuatrocientas apretadas páginas a glosar la importancia de dicho concepto, con algunas excursiones por la obra de Hölderlin, Nietzsche y Heidegger y una conclusión más o menos teológica. A quien no haya leído a Foucault le conviene más leerlo directamente que dar un rodeo por la obra de Schmid (Foucault es más ameno y más fácil de entender). Por su parte, a quien conozca bien a Foucault esta voluminosa exégesis le dirá bastante poco.

Muy distinto, y no sólo por tamaño, es el libro de Julián Sauquillo. Aunque su autor no puede disimular que está de acuerdo con Foucault en prácticamente todo, lleva a cabo una exposición de conjunto muy fluida, informativamente rica y bien contextualizada en la historia de las ideas y en la historia general. El de Julián Sauquillo es un libro de introducción que no sepulta bajo la hojarasca hermenéutica de costumbre ni a Foucault ni al lector, que los deja respirar a ambos y que puede recomendarse a cualquier lector culto para que se entere ordenadamente de lo que escribió y creyó el filósofo francés. Trae un glosario muy útil (repare el lector, por ejemplo, en la voz «mayo del 68», que no tiene desperdicio) e instructiva bibliografía. Quizá sea una introducción demasiado foucaultiana, pero tampoco era cuestión de que Julián Sauquillo cambiara de personalidad para escribir este libro, que, por lo demás, también es útil para mentes menos foucaultianas.

La publicación de las clases de Foucault en el Colegio de Francia, y su traducción al castellano, progresan a un ritmo muy aceptable. Los anormales recoge, a partir de grabaciones magnetofónicas y con la ayuda de papeles inéditos, las lecciones pronunciadas entre enero y marzo de 1975. Los responsables de la edición han logrado componer un libro legible y un valioso testimonio de lo que debieron de ser excelentes clases magistrales. El contenido de las lecciones es del máximo interés: puede decirse que aquí están juntos el mejor Foucault y el menos bueno. Como estoy convencido de que el primero es más importante que el segundo, se me permitirá que deje lo bueno para después y comience con lo menos estimable. Todas las corrientes y estilos de pensamiento admiten que se les busque su caricatura (de hecho, en su fase de disolución o corrupción, acaban reduciéndose a ella); no es difícil, por ejemplo, ridiculizar a la filosofía analítica imaginando a un condenado a muerte que se pregunta si el nombre del líquido de la inyección letal es o no es el nombre de una clase natural, o quizás al paciente de una enfermedad incurable que duda sobre si las palabras con las que el médico lo ha desahuciado son un constativo o un performativo, o a alguien que delibera si la descripción definida «el tipo que me está poniendo la pistola en la sien» ha de tomarse en sentido atributivo o más bien en sentido referencial. Muchas bromas académicas, unas inocentes y otras pesadas (y casi todas, la verdad, un poco pueriles), se construyen a partir de este tipo de clichés. Ahora imaginémonos que se nos pide improvisar la caricatura del pensamiento francés de los años sesenta y setenta del siglo XX. Una manera rápida de salir del paso podría ser, quizá, imaginar la doctrina de alguien que defiende que la institución de la familia nuclear moderna tiene una genealogía esencialmente onanista, entendiendo por tal que la mayor parte de los hábitos familiares de la clase media europea contemporánea, la organización del espacio doméstico y las normas sobre la edad escolar están organizados precisamente para reprimir que los niños y adolescentes varones se masturben en la cama por las noches (y todo ello, ciertamente, sin que ya nadie se dé cuenta de ello, puesto que es esencial para que la represión sea más efectiva el que pase inadvertida, etc.). La verdad es que se trataría de una caricatura un poco burda, propia de alguien que no tiene mucha estima por el pensamiento francés y que además anda todo el día con pensamientos retorcidos.

Pero la naturaleza imita al arte: «[L]a caza de la masturbación no me parece el resultado de la conformación de la familia restringida, celular, sustancial, conyugal. Lejos de ser el resultado de la constitución de esta familia de un nuevo tipo, me parece que la caza de la masturbación fue, al contrario, su instrumento» La cursiva es mía., dice Foucault en Los anormales, pág. 242, y lo dice de un modo que no es incidental ni anecdótico En la pág. 230 puede leerse lo siguiente: «Es muy posible (bueno, es lo que supongo) que, históricamente, la gran familia relacional, esa familia hecha de relaciones permitidas y prohibidas, se haya constituido contra el fondo de la prohibición del incesto. Pero yo diré que la pequeña familia afectiva, sólida, sustancial, que caracteriza a nuestra sociedad, y cuyo nacimiento, en todo caso, presenciamos a fines del siglo XVIII, se constituyó a partir del incesto acariciador de las miradas y los gestos alrededor del cuerpo del niño. Este incesto, este incesto epistemofílico, este incesto del contacto, la mirada, la vigilancia, fue la base de la familia moderna».. De las tres formas de «anormalidad» que se propuso tratar Foucault en sus lecciones de 1975, la tercera corresponde al onanismo, una práctica que en los siglos XVIII y XIX se consideró tan peligrosa para los niños varones que sus padres acabaron estableciendo en casa un régimen de inspección nocturna histéricamente escrupuloso; hasta entonces, las viviendas burguesas eran amplias y estaban habitadas por gentes con grados de parentesco diversos y por criados, pero la obsesión antimasturbatoria hizo aconsejable vivir en pisos pequeños, reducir la familia a padres e hijos y prescindir de un servicio doméstico poco de fiar en tareas de vigilancia. Foucault no es muy explícito sobre la cronología: cabe suponer que esto ocurrió más o menos a lo largo del siglo XIX, lo cual es mucho suponer. El juicio que ha de dársele a una tesis como ésta depende esencialmente de quién la sostenga y cómo; si la afirma alguien en un cóctel académico parodiando a los colegas postestructuralistas, no hay nada que discutir, pero si la afirma Foucault en serio, entonces sí que hay unas cuantas cosas que preguntarse.

De entre los grandes pensadores de todos los tiempos, Foucault no ha sido el único en sostener tesis absurdas. Resulta difícil encontrar un clásico de la historia de las ideas que haya escrito solamente páginas sensatas; de ordinario, quien no se arriesga a decir insensateces no llega a pensar nada que merezca la pena. Además, escarbar en la obra o en la vida de los grandes espíritus para hallar motivos de desprestigio es una tarea tan mezquina y resentida como fácil de ejecutar: está al alcance de cualquiera que desee llamar la atención y no tenga otra manera de hacerlo. Pero lo que sí importa en estos casos es la relación que guarda lo mejor de un clásico con lo peor: llama la atención que se compongan de materiales muy parecidos.

Lo más valioso de las lecciones de Foucault está probablemente en su explicación del paso del monstruo «natural» al moral y jurídico. Foucault quiere explicar «cómo, a partir de cierto momento, la división entre los actos lícitos y los actos ilícitos se vio obligada a duplicarse con una distribución de los individuos en normales y anormales» (pág. 84). A la psiquiatría del siglo XIX –tanto a la científicamente rigurosa como a la más o menos chapucera de los peritajes psiquiátrico-legales– se le presenta una ocasión única para hacerse valer como la disciplina que explica lo que las demás no pueden. La responsabilidad penal moderna se había construido a partir de la noción del interés; el criminal es alguien que ha preferido entregarse a su propio interés egoísta antes que aceptar los términos de un pacto social en el que, en realidad, tendría que estar más interesado por la cuenta que le trae. El crimen es, entonces, una especie de irrupción de la brutalidad natural en medio de un cuerpo social que había renunciado al estado natural (pág. 87). Considerado como efecto de los intereses aberrantes del criminal, el crimen resulta inteligible (de otro modo no lo sería), pero además el crimen es punible porque la imposición del castigo pone de manifiesto que la conducta criminal no era en realidad de interés para quien se condujo así, ni lo es tampoco para quien tenga la tentación de imitarlo: «el interés de un crimen es su inteligibilidad, que es al mismo tiempo la posibilidad de castigarlo» (pág. 108).

Sin embargo, ciertos crímenes son casos singularmente crudos de recaída en la brutalidad; no cabe explicarlos en virtud de un interés egoísta anterior al contrato social, porque hace saltar por los aires a toda noción de interés. No son inteligibles ni tampoco, por tanto, punibles; carecen de razón en el sentido más pleno. El hallazgo de un tipo peculiar de razón que explique esas conductas y que diga qué hacer con ellas es el triunfo reservado a la psiquiatría: «si puedo analizar un crimen sin razón, seré reina» (págs. 114115). El éxito del saber psiquiátrico permitió, según Foucault, restablecer el orden que la anormalidad monstruosa había subvertido y lo hizo solapando dos nociones de lo normal: «la norma como regla de conducta y como regularidad funcional; la norma que se opone a la irregularidad y el desorden y la norma que se opone a lo patológico y lo mórbido» (pág. 151) Es perceptible, desde luego, la huella de uno de los mentores fundamentales de Foucault, Georges Canguilhem, a cuya obra clásica, Le normal et le pathologique, se había referido ya en la pág. 54.. El lector no debería saltarse en ningún caso las páginas en las que Foucault compara la imagen jurídico-moral del monstruo con la percepción de la figura del rey en los meses anteriores a la ejecución de Luis XVI (págs. 9093); antes de la revolución, el soberano y el criminal se hallaban «fuera de la ley», el uno por encima y el otro por debajo, pero con el terror este esquema queda inservible: el antiguo soberano se reinterpreta ahora como un monstruo, y la discusión de 1792-1793 sobre el proceso al rey se parece a las de la segunda mitad del siglo XIX sobre la monstruosidad del criminal marginal.

Según Foucault, la categoría del «anormal» es el resultado de fundir tres grupos de muy distinto origen: el monstruo humano, el «incorregible» (que designa al individuo gravemente inadaptado a «técnicas disciplinarias» como el ejército, la escuela o el taller de los siglos XVII y XVIII ) y, finalmente, el onanista del que ya se ha hecho mención. El segundo de los grupos no fue objeto de atención separada durante las lecciones, mientras que del tercero quizá sería mejor olvidarse. Sobre el asunto de los niños onanistas, alguien podría decir que la tesis de Foucault es disparatada porque no se atiene en absoluto a los hechos. Es cierto: buscar la consistencia de lo que se afirma con aquello que se cree justificadamente es una máxima muy recomendable para no creer tonterías (o al menos para no decirlas). Sin embargo, no es una máxima con valor absoluto y además es casi seguro que Foucault le tenía poco aprecio; quizá sea mejor juzgar a Foucault con categorías epistemológicas que le resulten más próximas.

Decir que la tesis sobre el onanismo no resulta verdadera es provocar demasiado pronto a quienes afirman que la verdad es una mera construcción a partir de intereses inconfesables. Pero, ¿qué pasa si se pregunta, por ejemplo, por qué se consideran dignas de estima las ideas de Foucault sobre la elaboración psiquiátrica de la anormalidad? Una buena respuesta a esta pregunta es que, gracias a lo que Foucault cuenta y razona (gracias, por tanto, a una articulación feliz de historias y argumentos), el lector de Foucault ve cosas que antes no veía, o quizá ve las cosas de manera distinta y mejor. No se trata, entonces, de refutar o falsar ciertos enunciados que uno tenía por verdaderos antes de leer Los anormales, porque no está nada claro qué enunciados serían ésos. Se trata, por un lado, de prestar atención a hechos que uno seguramente no estaba dispuesto a creer merecedores de atención y, por otro, de ver juntas o relacionadas entre sí cosas que uno no estaba acostumbrado a ver juntas. Lo que muestra Foucault sobre el modo en que los psiquiatras inventaron la anormalidad es, entonces, una visión coherente y creíble o, si se prefiere, una manera valiosa de agrupar y ordenar creencias. Tiene éxito porque reordena lo que uno creía haciendo muy difícil volver al estado anterior; la vuelta atrás se consideraría una pérdida injustificable. A continuación, y pasando al caso menos feliz, cabría preguntar qué tipo de visión es la correspondiente al origen onanista de la familia, o qué agrupaciones y ordenaciones de creencias son las que produce. Y lo que uno ve en el cuadro foucaultiano de la masturbación infantil son masas y figuras mal resueltas, huecos arbitrarios y pintura que se ha derramado fuera del cuadro. Uno puede hacer el esfuerzo de reordenar sus creencias conforme a lo que Foucault propone, pero enseguida volverá al estado en que se encontraba anteriormente, sin echar de menos nada. El estilo de los dos cuadros es parecido, pero el primero es muy bueno y el segundo, muy malo.

Los clásicos verdaderamente importantes son aquellos que permiten lecturas muy distintas de las que ellos habrían previsto, recomendado o imaginado y de las que su entorno más inmediato hizo canónicas. Es, desde luego, imposible predecir durante cuánto tiempo va a seguir siendo alguien un clásico, pero lo que sí cabe es mostrar en qué condiciones merecería dejar de serlo. Foucault tuvo la mala suerte de vivir en un clima cultural que le incitaba demasiado a parecerse a su propia caricatura. Esto les ha ocurrido en mayor o menor medida a todos los clásicos, y a Foucault quizá más de la cuenta. Adviértase, sin embargo, que sólo sobrevive en el canon de los clásicos aquel cuyas caricaturas logran ser olvidadas.

01/03/2003

 
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